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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Catulo César trasladó todo su ejército al campamento en las afueras de Verona antes de que Boiorix hubiese hecho cruzar su último carro por diversos puentes tambaleantes e iniciado la marcha cuesta abajo hacia las feraces llanuras del Padus. Al principio, el cónsul se había empeñado en presentar batalla a los cimbros junto al lago Benacus, pero Sila, ya bien afirmado en su papel, no se lo consintió, sino que le hizo enviar mensajes a todas lás ciudades y pueblos desde Aquileia hasta Comun y Mediolanum al oeste, para que la Galia itálica más allá del Padus fuese evacuada por todos los ciudadanos romanos, los habitantes con derecho latino y los galos que no deseasen confraternizar con los germanos. Los refugiados debían dirigirse hacia el sur del Padus y abandonar a los cimbros la región de la Galia itálica más allá del Po.

– Se verán como cerdos en un campo cubierto de bellotas -dijo Sila con la seguridad que le confería su experiencia de haber vivido más de un año entre los cimbros-. Cuando vean los pastos y la tranquilidad que existe entre el lago Benacus y la orilla norte del Padus, Boiorix no podrá mantenerlos unidos y se dispersarán en mil direcciones. Ya veréis.

– Lo pillarán y lo asolarán todo -dijo Catulo César.

– Exactamente… y se olvidarán de lo que tenían que hacer, es decir, invadir Italia. ¡Animaos, Quinto Lutacio! Al fin y al cabo es la región más gala de la Galia Cisalpina y no cruzarán el Padus hasta que la dejen más monda que una osamenta de pollo. La población habrá huido antes de que lleguen y se habrá llevado lo más valioso. Y la tierra aguantará y la recuperaremos cuando llegue Cayo Mario.

Catulo César hizo una mueca, pero no dijo nada. Ya sabía la dureza de las réplicas de Sila y, además, no ignoraba lo implacable que era. Frío, inflexible y resuelto. Un extraño amigo intimo de Cayo Mario, aunque fuesen cuñados. Bueno, lo fueron. ¿Habría eliminado Sila también a aquella Julia?, se preguntaba Catulo César, que en las muchas reflexiones que se hacía sobre Sila acababa de recordar aquel rumor que había circulado entre los hermanos Julio César y sus familias por la época en que Sila había surgido de la oscuridad a la vida pública al casarse con Julilla, en el sentido de que el dinero para sus aspiraciones políticas lo había conseguido asesinando a su… ¿madre… madrastra… querida? Bien, cuando regresaran a Roma ya se ocuparía él de averiguar lo cierto de aquel rumor. Oh, no para utilizarlo descaradamente o en seguida, sino para reservarlo para el futuro, cuando Lucio Cornelio aspirase a ser elegido pretor. No le privaría de la alegría de ser edil, y que se gastase una buena suma. Si, pretor; cuando quisiera ser pretor.

Una vez que las legiones se instalaron en el campamento en las afueras de Verona, Catulo César decidió que lo primero que tenía que hacer era comunicar por correo urgente a Roma el desastre del Athesis, porque si no lo hacía, se maliciaba que Sila lo haría a través de Cayo Mario. Por consiguiente, era importante que llegase primero su versión. Estando los dos cónsules en campaña, el despacho al Senado había que dirigirlo al portavoz de la cámara. Así fue como Catulo César envió su informe a Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, junto con una carta personal con detalles más específicos de lo que había ocurrido, y confió despacho y carta -perfectamente sellada- al joven Escauro, hijo del príncipe del Senado, ordenándole que los llevase a Roma al galope.

– Es el mejor jinete que tenemos -dijo Catulo César a Sila.

– Quinto Lutacio -dijo Sila mirándole con el mismo gesto sarcástico y altanero que había adoptado durante la reunión relativa al motín-, hacéis gala de la más refinada crueldad que conozco.

– ¿Queréis revocar la orden? -replicó él-. Tenéis poder para hacerlo.

– Es vuestro ejército, Quinto Lutacio -replicó Sila, encogiéndose de hombros-. Haced lo que queráis.

Y es lo que hizo: enviar al joven Marco Emilio Escauro de correo urgente, llevando la noticia de su propia desgracia.

– Os encomiendo esto, Marco Emilio, porque no encuentro peor castigo para un cobarde de una familia tan ilustre que llevar a su propio padre la noticia de un desastre militar y de un desastre personal -dijo Catulo César en tono pontifical y mesurado.

El joven Escauro, pálido, avergonzado y con menos peso del que tenía dos semanas atrás, se mantuvo firme rehuyendo mirar a su general. Pero cuando Catulo César terminó de hablar, los ojos del joven Escauro -una versión más clara y no tan hermosa como aquellos ojos verdes paternos- se posaron sin poder evitarlo en el rostro altivo de Catulo César.

– ¡Por favor, Quinto Lutacio! -exclamó suplicante-. ¡Por favor, os lo ruego, enviad a otro! ¡Ya me enfrentaré a mi padre a su debido tiempo!

– Marco Emilio, a su debido tiempo es el tiempo de Roma -replicó Catulo César hierático, sintiendo una oleada de desprecio-. Cabalgad a galope hasta Roma y dad al príncipe del Senado el despacho consular. Puede que seáis un cobarde en el combate, pero sois uno de los mejores jinetes de la legión y tenéis un nombre lo bastante ilustre para conseguir buenas monturas en todo el trayecto. ¡Y no temáis, los germanos están en el norte, lejos de nosotros, y vos viajáis hacia el sur!

El joven Escauro cabalgó como un saco milla tras milla por la Via Annia y la Via Casia hasta Roma. Era un viaje corto para un jinete avezado, pero su cabeza se balanceaba de arriba abajo al ritmo del caballo, los dientes le castañeaban y a veces hablaba en voz alta.

– Si hubiese tenido la oportunidad de diñarla, ¿creéis que no lo habría hecho? -preguntaba a unos testigos fantasma-. ¿Qué puedo hacer si no soy valiente, padre? ¿De dónde viene el valor? ¿Por qué a mí no me ha sido concedido? ¿Cómo explicaros el dolor y el miedo, el terror que sentía al ver a aquellos horrendos salvajes llegar chillando y gritando como las mismas Furias? ¡No podía moverme! ¡Ni siquiera pude dominar mi vientre, y menos mi ánimo! ¡Tragué saliva y más saliva hasta que no pude más y caí inanimado, feliz de morir! Y luego desperté y vi que estaba vivo, pero aún aterrorizado, con el vientre flojo… y a los soldados que me habían llevado, limpiándose la mierda en el río, ¡allí mismo, en mi presencia, con tal desprecio y odio…! Oh, padre, ¿qué es el valor? ¿Por qué no tengo el que me corresponde? Padre, escuchadme, ¡dejadme que os explique! ¿Cómo podéis hacerme reproches por algo que no tengo? ¡Padre, escuchadme!

Pero Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, no escuchó. Cuando llegó su hijo con las misivas de Catulo César, estaba en el Senado; y cuando regresó a casa, su hijo se había encerrado en su cuarto, dejando al mayordomo una nota diciéndole que había traído un escrito del cónsul y que esperaba en su cuarto hasta que lo hubiera leído y mandase llamarle.

Escauro leyó primero el despacho, con rostro sombrío, pero contento en el fondo porque las legiones se hubieran salvado. Luego leyó la carta de Catulo César, musitando en voz alta las horrendas palabras, encogiéndose cada vez más en la silla hasta que pareció quedar reducido a la mitad y las lágrimas asomaron a sus ojos y cayeron sobre el papel, emborronándolo. Naturalmente, él conocía de sobra a Catulo César y no le caía de sorpresa; sentía infinita gratitud porque un legado tan firme y valeroso como Sila hubiese estado a mano para proteger a aquellas tropas insustituibles.

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