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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Lo que en realidad sucedió fue que los cimbros estaban tan entretenidos explorando los senderos de las laderas, que transcurrió una hora desde la salida del sol hasta que advirtieron que las tropas romanas se retiraban. A continuación, todo fue confusión hasta que Boiorix en persona logró restablecer cierto orden entre aquellas hordas. Entretanto, la columna romana se había movido con rapidez, y, cuando los cimbros formaron para el ataque, la legión más alejada del puente ya estaba cruzándolo en doble fila.

El cuerpo de ingenieros había trabajado sin descanso en vigas y puntales desde mucho antes de que amaneciera.

– ¡Siempre la misma historia! -exclamó el jefe de ingenieros dirigiéndose a Sila, que se había acercado a ver cómo iba la tarea-. Siempre tengo que habérmelas con un puente romano bien construido cuando se trata de mandarlo al cuerno de un empujoncito.

– ¿Lo conseguiréis? -inquirió Sila.

– Eso espero, legatus. Creo que no queda un solo amarre ni perno. Hemos quitado todos los ensambles y cuñas que lo sujetaban. Así que podré derruirlo rápidamente y sin la grúa grande que nos haría falta, porque las que tenemos son pequeñas y no hay tiempo de montar otra. No, lo haremos por las bravas, y me temo que va a estar algo temblón cuando lo crucen las últimas tropas -contestó el ingeniero jefe.

– ¿Qué sistema es ese de por las bravas? -inquirió Sila poniendo ceño.

– Serrar los puntales y apoyos principales.

– ¡Pues continuad! Os enviaré cien bueyes para darle ese tirón, ¿os bastan?

– ¡Qué remedio! -respondió el jefe de ingenieros, alejándose a supervisar el trabajo en otro punto.

La caballería cimbra llegó chillando y gritando por el valle, arrasando en su carga las vallas del campamento romano, que eran simples defensas rutinarias, dado que no habían tenido tiempo de fortificarlo debidamente. Sólo la legión samnita había quedado al otro lado del río, y fue sorprendida en el momento de cruzar la puerta de su campamento por los cimbros, que se interpusieron entre ellos y el puente, aislándolos. Los samnitas maniobraron en formación de combate y se aprestaron a resistir la carga, con las lanzas preparadas y muy serios.

Sila contemplaba angustiado la escena desde la otra orilla, aguardando a que se produjera la carga de los cimbros y en vilo por lo que fuera a hacer el comandante de la legión samnita, que era el joven Escauro. Se reprochaba no haber depuesto del mando a aquel tímido hijo de tan audaz padre, para haberlo asumido él en persona. Pero ya era demasiado tarde; no podía cruzar el río porque no disponía de tropa suficiente y no quería confiar la retirada a Catulo César. Por consiguiente, tenía que sobrevivir. Tampoco quería llamar la atención de los cimbros respecto a la existencia del puente, porque si volvían sus ojos hacia él, verían cinco legiones romanas y un convoy de pertrechos avanzando en dirección sur y se lanzarían en su persecución. Si era necesario, ordenaría que los bueyes comenzasen a tirar de las cadenas conectadas a la debilitada estructura; pero si hacía eso, la legión samnita perdía toda esperanza.

– ¡Una carga, joven Escauro, lanza una carga! -se encontró musitando-. ¡Hazlos retroceder y cruza con tus tropas el puente!

La caballería cimbria volvía grupas, pues las primeras filas habían rebasado el campamento samnita con el ímpetu de la carga y las filas de atrás retrocedían dejando espacio a los que volvían al galope, para, a continuación, lanzarse como una piña sobre el campamento samnita y desbaratarlo con los caballos para que los guerreros de a pie remataran la maniobra. A partir de ese momento, la caballería actuaría como una pala gigante que empujaría a los samnitas contra la masa de la infantería cimbra.

La única posibilidad que tenía la legión samnita era abrirse camino por entre las filas traseras de la caballería bárbara e impedir que las primeras filas se les unieran en refuerzo; luego, lancear los caballos mientras el resto se apresuraba a cruzar el puente. ¿Pero dónde estaba el joven Escauro? cPor qué no hacía eso? ¡Un instante más y sería demasiado tarde!

En rigor, los vítores de las tres centurias que estaban con Sila precedieron el instante en que él vio el arranque de la carga samnita, porque él buscaba un tribuno militar a caballo, y la carga la dirigió un hombre a pie: Cneo Petreio, el centurión samnita primus pílus.

Gritando con el resto de sus hombres, Sila daba saltos de impaciencia mientras los samnitas que no participaban en el ataque cruzaban a la carrera el puente en filas tan compactas, que no dejaron espacio para que los cimbros abrieran brecha por segunda vez. Los caballos de las primeras filas cimbras iban cayendo a centenares ante la lluvia de venablos samnitas, y los guerreros bárbaros se revolvían para zafarse de sus corceles abatidos, entremezclándose en un revoltijo indescriptible conforme seguían lloviendo sobre ellos más venablos de la centuria, mientras que las últimas filas de la caballería cimbra, rezagadas al otro lado, corrían igual suerte. Al final fue la propia caballería derribada lo que impidió la intervención de la infantería cimbra, y Cneo Petreio pudo cruzar el puente a la zaga de su último hombre sin que le persiguiera ningún germano.

Los bueyes ya estaban dispuestos con antelación para la tarea antes de la escaramuza, pues cien bestias enganchadas por parejas podían coger ímpetu en cuestión de segundos en cuanto comenzara a estirar los dos ayuntados en cabeza y los cincuenta pares tensaran las cadenas para derribar el puente. Como era un buen puente romano, aguantó mucho más de lo que había pensado el jefe de ingenieros, pesimista como todos los de su oficio. Pero, finalmente, cedió uno de los puntales, y entre crujidos, estallidos y golpazos, el puente tridentino sobre el Athesis cedió, cayendo sus maderos a las torrenciales aguas, que los arrastraron como pajas.

Cneo Petreio venía herido en el costado, pero no de gravedad; Sila le encontró sentado y atendido por los cirujanos de la legión, que en aquel momento le quitaban la cota de malla. Tenía el rostro cubierto por una mezcla de barro, sudor y estiércol, pero, aparte de eso, parecía estar bien y muy despierto.

– ¡No toquéis esa herida hasta que no esté bien limpia, mentulae! -farfulló Sila-. ¡Primero lavadle bien toda la mierda! No se va a desangrar. ¿Verdad que no, Cneo Petreio?

– ¡Qué va! -contestó el centurión, sonriendo como un bendito-. Lo conseguimos, ¿eh, Lucio Cornelio? Hemos cruzado todos, menos un puñado que han muerto en la otra orilla.

Sila se agachó junto a él y aproximó su cabeza al herido para que nadie pudiese oírlos.

– ¿Qué ha sido del joven Escauro? -inquirió.

– Estaba cagado y no podía pensar, y cuando le achuché para que dirigiera la maniobra, me pasó el mando. Se desmayó, pero está bien el pobrecillo; le cruzaron por el puente en brazos. Es una lástima, pero esta a salvo. No ha heredado los redaños de su padre, desde luego. Debería haberse metido a bibliotecario.

– No puedo expresar cuánto me alegro de que estuvieseis allí y no otro primus pilus. No se me había ocurrido, y cuando lo pensé, me habría dado de patadas por no haberle relevado del mando -dijo Sila.

– No importa, Lucio Cornelio, al final todo ha salido bien. Al menos, así se dará cuenta de sus limitaciones.

Regresaron los cirujanos con esponjas y agua en cantidad suficiente para lavar a doce hombres; Sila se puso en pie para dejarlos trabajar y extendió el brazo derecho hacia Cneo Petreio, que estrechó su mano, fundiéndose en un gesto de mutua comprensión.

– ¡Os habéis ganado la corona de hierba! -dijo Sila.

– ¡No, no! -replicó Cneo, turbado.

– Claro que sí. Habéis salvado de la muerte a una legión entera, Cneo Petreio, y cuando un solo hombre salva a una legión, recibe la corona de hierba. Ya me ocuparé yo -añadió Sila.

¿Era ésa la corona de hierba que Julilla había visto en su futuro tantos años atrás?, se preguntó Sila mientras descendía del promontorio hacia el pueblo para organizar el traslado en carro de Cneo Petreio, héroe de Tridentum. ¡Pobre Julilla! Pobrecilla… Nunca había hecho nada bien, así que quizá aquello fuese otro de sus errores respecto al azaroso proceder de la Fortuna. Julilla era la única Julia que no había poseido el don de hacer feliz al esposo. Luego, su mente se centró en cosas más importantes. Lucio Cornelio no iba a incurrir en hacerse mala sangre por Julilla. Su fin nada había tenido que ver con su destino: ella se lo había buscado.

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