El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Pero él esperaba que su hijo hallase en último extremo, en la angustia de los últimos momentos vitales, ese valor, esa valentía que Escauro sinceramente creía don de todos los mortales. O de todos los llamados Emilio, al menos. Era su único varón, su único hijo. Y ahora su linaje concluía con semejante desgracia, con tal ignominia… Más valía así, si ése era el temple de su único hijo.
Lanzó un suspiro y adoptó una decisión. No habría enmascaramientos, maquillajes, excusas ni disimulos. Que recurriera a esas artimañas Catulo César y otros como él. Su hijo era un cobarde, había abandonado a sus tropas en el trance de mayor peligro, y aún más humillante que el que hubiera huido, era que se había cagado, desmayándose después. Sus soldados le habían salvado, cuando habría debido ser al revés. Escauro decidió soportar aquella vergüenza con el mismo valor que le caracterizaba en todo. ¡Que sufriera su hijo el azote del desprecio de toda Roma!
Secó sus lágrimas, serenó su espíritu y llamó al mayordomo con una palmada; éste encontró a su amo sentado muy tieso en la silla, con gesto tranquilo y las manos cruzadas sobre el escritorio.
– Vuestro hijo está deseando veros -dijo el mayordomo, consciente de que sucedía algo, dado el extraño comportamiento del joven Escauro.
– Podéis llevar recado a Marco Emilio Escauro hijo -dijo Escauro, impasible-, y decirle que reniego de él pero que no le despojo de nuestro nombre. Mi hijo es un cobarde, un perrucho callejero, y quiero que toda Roma sepa que es un cobarde que lleva nuestro apellido. Decidle que no quiero volver a verle en mi vida. Y decidle igualmente que no será acogido en esta casa ni siquiera para pedir limosna. ¡Decidselo! ¡Decidle que mientras yo viva no le admitiré en mi presencia! ¡Id a decídselo! ¡Id ya!
Temblando por la impresión y llorando de lástima por el joven, a quien apreciaba y del que durante aquellos veinte años habría podido decir al padre que carecía de valor, firmeza e iniciativa propia, el mayordomo fue a decir a Escauro hijo lo que le había encomendado el padre.
– Gracias -dijo el joven, cerrando la puerta sin echar el cerrojo.
Cuando el mayordomo se atrevió a volver al cuarto varias horas después, porque Escauro quería saber si su hijo ya había dejado la casa, se encontró al joven muerto en el suelo. La única presa que su espada encontraba digna de morir había sido él mismo, y sólo con él se tiñó de sangre.
Pero Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, fue fiel a su palabra. Se negó a ver el cadáver, y en el Senado leyó la letanía del desastre en la Galia itálica con su habitual energía y espíritu, incluido el informe terriblemente sincero y verídico de la cobardía de su hijo y de su posterior suicidio, sin ocultar su actitud ni mostrar dolor.
Cuando, después de la reunión del Senado, Escauro aguardó en la escalinata de la cámara a Metelo el Numídico, dio en pensar si quizá los dioses le habían concedido a él tanto valor que no había quedado nada para su hijo; pues valor hacía falta para esperar allí a Metelo mientras los demás senadores pasaban apresuradamente por su lado, compungidos, angustiados, cabizbajos.
– ¡Oh, mi querido Marco! -exclamó Metelo el Numídico en cuanto vio que no había moros en la costa-. ¡Mi querido y apreciado Marco!, ¿qué puedo decirte?
– Respecto a mi hijo, nada -replicó Escauro, al tiempo que una fibra perturbaba la gélida inmensidad de su pecho. ¡Qué felicidad tener amigos!-. En cuanto a los germanos, ¿cómo lograremos evitar que cunda el pánico en Roma?
– Oh, no te preocupes tanto por Roma -contestó Metelo el Numídico, tranquilizándole-. Roma sobrevivirá. Hoy, mañana y pasado mañana le embarga el pánico, y al día siguiente hay mercado y negocios como de costumbre. ¿Acaso has visto que la gente se traslade de la ciudad que habita porque haya en ella riesgos de terremotos o un volcán cerca?
– Es cierto, no la dejan. Al menos hasta que una viga le cae en la cabeza a la abuela o una vieja muere en un río de lava -dijo Escauro, con gran contento al ver que era capaz de sostener una conversación normal y hasta sonreír un poquito.
– Nos salvaremos, Marco, pierde cuidado -dijo Metelo el Numídico tragando saliva-. Aún le toca a Cayo Mario enfrentarse a los germanos -añadió virilmente, para demostrar que él también tenía su reserva de valor-. Claro que si le derrotan habrá que preocuparse. Porque si Cayo Mario no los vence, no hay nadie capaz de hacerlo.
Escauro parpadeó; aquellas palabras en boca de Metelo el Numídico suponían una heroicidad que ahorraba comentarios. Además, mejor dictar a su memoria que olvidara para siempre que Metelo el Numídico había llegado a admitir que Cayo Mario era la única alternativa de Roma y el mejor general.
– Quinto, debo decirte algo a propósito de mi hijo y luego olvidaremos el tema -dijo Escauro.
– ¿Qué?
– Tu sobrina… y pupila, Metela Dalmática. Este lamentable acontecimiento te habrá causado, igual que a ella, grave quebranto. Pero dile que ha tenido un feliz desenlace; porque habría sido un baldón para una Cecilia Metela verse casada con un cobarde -dijo Escauro enfurruñado.
De pronto se encontró caminando solo y, al volverse, vio a Metelo el Numídico que le miraba pasmado.
– Quinto… Quinto, ¿sucede algo? -inquirió Escauro volviendo hacia él.
– ¿Si sucede…? -repitió Metelo saliendo de su estupor-. ¡No, no sucede nada! ¡Oh, mi querido Marco, se me acaba de ocurrir una idea espléndida!
– ¿Cuál?
– ¿Por qué no te casas con mi sobrina Dalmática?
– ¿Yo? -replicó Escauro, estupefacto.
– ¡Tú, claro! Eres viudo hace tiempo y ahora no tienes hijo que herede tu nombre y tu fortuna. Y eso, Marco, es una pena -dijo Metelo el Numídico apremiándole afectuosamente-. Ella es una muchacha encantadora y preciosa. ¡Vamos, Marco, entierra el pasado y comienza de nuevo! ¡Además, es muy rica!
– Quinto, valgo menos que esa vieja cabra lúbrica de Catón el censor-replicó Escauro, en tono lo bastante dubitativo como para indicar que estaba dispuesto a acceder si la oferta era verdaderamente seria-. ¡Tengo ya cincuenta y cinco años!
– Y aspecto de vivir otros cincuenta y cinco.
– ¡Vamos, vamos, mirame! Calvo, algo de panza, más arrugado que un elefante de Aníbal, empiezo a encorvarme y me atormentan el reúma y las hemorroides… No, Quinto, no.
– Dalmática es lo bastante joven para considerar a un abuelo el marido adecuado -replicó Metelo el Numídico-. ¡Vamos, Marco, me encantaría! Decídete. ¿Qué me dices?
Escauro se rascó la pelada mollera, con el alma en vilo, y al mismo tiempo sintiendo una especie de renacimiento interno.
– ¿Tú crees sinceramente que puede dar buen resultado? ¿Crees que puedo tener hijos? Habré muerto antes de que sean mayores.
– ¿Y por qué tienes que morir tan joven? A mi me pareces uno de esos chismes egipcios… tan bien conservado que pueden durar mil años. Cuando tú mueras, Marco Emilio, Roma se verá sacudida en sus cimientos.
Comenzaron a cruzar el Foro hacia la escalinata de las Vestales enfrascados en la conversación y gesticulando enfáticamente.
– Mira a esos dos -dijo Saturníno a Glaucia-. Supongo que estarán tramando la caída de todos los demagogos.
– Ese Escauro es una vieja cagarruta con corazón de hielo -dijo Glaucia-. ¿Cómo habrá podido tomar la palabra para hablar así de su propio hijo?
– Porque los asuntos de familia importan más que los propios individuos que la forman -contestó Saturnino en tono pedante-. De todos modos, ha sido una táctica inmejorable, porque ha demostrado a todos que en su familia no falta el valor. Su hijo estuvo a punto de perder una legión romana, pero ni a él ni a su familia va a reprochárselo nadie.
A mediados de septiembre, los teutones habían rebasado Arausio y se aproximaban a la confluencia del Rhodanus con el Druentia. En la fortaleza romana de Glanum, los ánimos de la tropa se exacerbaban.