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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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En fin, ya sea porque su propia esposa fuese una de las damas romanas encandiladas, o por motivos mas altruistas, el tribuno de la plebe Aulo Pompeyo subió a la tribuna y acusó a Bataces y a sus sacerdotes de ser unos charlatanes e impostores, y pidió su expulsión de nuestra amada ciudad, preferiblemente montados al revés en asnos y bien embadurnados con pez y plumas. Bataces se ofendió profundamente por el discurso de Pompeyo y acudió inmediatamente al Senado a quejarse. Algunas esposas de ese ínclito organismo deben haber sido infectadas -o inyectadas- de entusiasmo por los embajadores, porque la cámara ordenó sin tardanza a Aulo Pompeyo que desistiera de una vez por todas de acosar a tan importantes personajes. Los puristas entre los padres conscriptos se pusieron del lado de Aulo Pompeyo, porque no es competencia del Senado reprobar a un tribuno de la plebe su comportamiento en la tribuna de los comicios. Luego hubo un altercado sobre si Bataces y su séquito eran o no embajadores, pese a la previa descalificación de Escauro. Como nadie encontraba a Escauro -yo supongo que estaría releyendo mis antiguos discursos para encontrar frases, o levantando las faldas a su nueva esposa para encontrar carne-, no se llegó a un acuerdo.

Así que Aulo Pompeyo siguió despotricando como una fiera desde su tribuna, acusando a las damas romanas de codicia y lujuria. Lo que sucedió a continuación fue que el propio Bataces se llegó con gran pompa hasta la tribuna, seguido por su séquito de lujosos sacerdotes y no menos elegantes damas romanas, cual gatos callejeros detrás del vendedor de pescado. Afortunadamente yo estaba presente, ¡ya sabes cómo es Roma! Me lo habían advertido, claro, igual que a media ciudad. Y asistimos a una farsa increíble, maior que lo que haya podido ver Sila en el teatro. Aulo Pompeyo y Bataces se enzarzaron rápidamente -¡lástima que sólo de palabra!- y nuestro tribuno de la plebe no cejaba en que su contrincante era un saltimbanqui y Bataces en que Aulo Pompeyo estaba jugando con fuego porque a la Gran Diosa no le complacía que insultaran a sus sacerdotes. La escena la concluyó Bataces pronunciando -en griego, para que todos lo entendiesen- un estremecedor maleficio de muerte contra Aulo Pompeyo. Yo no sé si es que le complacería ser invocada en frigio.

¡Y ahora viene lo mejor, Cayo Mario! Nada más pronunciar el maleficio, Aulo Pompeyo comenzó a ahogarse y a toser, tuvo que bajar de la tribuna tambaleante y dejar que lo llevasen a casa, y allí estuvo tres días en cama cada vez peor, hasta que murió. La diñó. Bueno, ya puedes imaginarte el efecto que esto causó entre los senadores y las damas romanas. Ahora, Bataces puede ir a donde quiera y hacer lo que quiera. La gente se aparta a su paso de un brinco como si padeciese una especie de lepra dorada. Le invitan a comer, la cámara cambió de postura y recibió oficialmente a la embajada (sin que apareciera Escauro), las mujeres le hacen corrillo y él sonríe y bendice con la mano y campa por ahí como el mismísimo Zeus.

Estoy perplejo, disgustado, harto y no sé cuántas cosas más. La cuestión estriba en cómo lo logró Bataces. ¿Fue intervención divina o un veneno desconocido? Yo apuesto por esto último, pero es que yo soy partidario de la persuasión escéptica o un redomado cínico.

Cayo Mario se hartó de reír y luego se dispuso a tratar el asunto de los germanos.

Doscientos cincuenta mil teutones cruzaron el río Druentia al este de su punto de confluencia con el Rhodanus, y comenzaron a descender hacia la fortaleza romana. La heterogénea columna ocupaba varias millas en su marcha con los guerreros en los flancos y en vanguardia en número de ciento treinta mil; la serpenteante cola la constituía una ingente masa de carros, ganado y caballos al cuidado de las mujeres y los niños. Había pocos viejos, y menos aun mujeres viejas. En vanguardia de los guerreros iba la tribu de los ambrones, feroces, altivos y valientes. En retaguardia, a veinticinco millas, quedaba el último grupo de carros y animales.

Los exploradores germanos habían avistado la ciudadela romana, pero el rey Teutobodo avanzaba seguro de sí mismo. Llegarían a Massilia a pesar de los romanos, porque en Massilia, la mayor ciudad de que ellos habían oído hablar después de Roma, encontrarían mujeres, esclavos, comida y lujos. Después de darse el placer de saquearla e incendiarla, torcerían hacia el este, siguiendo la costa de Italia, porque, aunque Teutobodo sabía que la Via Domitia en el tramo del paso del monte Genava estaba en inmejorables condiciones, seguía creyendo que por la ruta costera llegaría antes a Italia.

La cosecha estaba aún en los campos y fue hollada por el paso de la horda; nadie pensó, ni siquiera Teutobodo, en que con un poco de cuidado se podía haber salvado el grano, almacenándolo para el invierno. Los carros iban llenos de provisiones saqueadas durante el viaje, y las cosechas pisoteadas podían aprovecharse para el ganado bovino y caballar. Para los germanos, las cosechas eran simple forraje.

Cuando los ambrones alcanzaron el pie del montículo en que se alzaba la fortaleza romana, no sucedió nada. Mario no se movió, ni los germanos decidieron asaltarla. Pero representaba una barrera psicológica; por ello, los ambrones se detuvieron y el resto de los guerreros se apiñaron detrás hasta que la colina quedó rodeada de germanos cual hormigas y llegó el propio Teutobodo. Primero trataron de incitar al ejército romano con rechiflas, abucheos, insultos y haciendo desfilar a unos cautivos a los que habían sometido a tortura. Pero ni un solo romano les respondió ni salió a su encuentro. Luego, la horda efectuó un asalto masivo frontal, que se deshizo sin consecuencias contra las magníficas fortificaciones del campamento de Mario. Los romanos lanzaron unos cuantos venablos sobre blancos fáciles, y nada más.

Teutobodo se encogió de hombros. ¡Que los romanos se quedaran allí! No importaba mucho. Y así, la horda germana anegó la colina como un espumoso océano en torno a un escollo y se alejó en dirección sur, con sus miles de carros traqueteando durante siete días como una estela, mientras mujeres y niños alzaban, a su paso, la vista hacia aquella ciudadela aparentemente muerta y proseguían la marcha hacia Massilia.

Pero, apenas el último carro se había perdido en el horizonte, Mario avanzó con sus seis legiones reforzadas y lo hizo a paso ligero. Tranquila, disciplinada y animada por la perspectiva de la ansiada batalla, la colunma romana, sin ser detectada, se adelantó por el flanco a los germanos en el momento en que éstos entraban a empellones por la carretera de Arelato a Aquae Sextiae, desde donde Teutobodo pensaba dirigir a sus guerreros hacia el mar. Al cruzar el río Ars, Mario adoptó un despliegue perfecto en la orilla sur sobre una cresta abrupta y en pendiente, rodeada de suaves colinas y allí se atrincheró, dominando el río.

La vanguardia, compuesta por treinta mil guerreros ambrones, llegó al vado, esperando hallar una fortaleza romana rebosante de cascos emplumados y lanzas; pero vieron que era un campamento corriente, fácil presa. Sin esperar refuerzos, los ambrones cruzaron el riachuelo al galope y se lanzaron al ataque.

Los legionarios romanos se limitaron a rebasar la valla del perímetro frontal y descender cuesta abajo para hacer frente a una horda de bárbaros indisciplinados. Primero les arrojaron los pila con efectos devastadores; luego desenvainaron las espadas, se protegieron con los escudos y se enzarzaron en una batalla sincronizada como los elementos de una gigantesca máquina. Apenas quedó un ambrón vivo que volviera a cruzar el vado, y sobre la pendiente quedaron los cadáveres de treinta mil bárbaros. Mario apenas sufrió bajas.

El combate duró menos de media hora, y al cabo de una hora los cadáveres de los ambrones quedaron apilados formando una barrera -espadas, torcas, escudos, brazaletes, pectorales y cascos fueron recogidos en el campamento romano- frente al vado: el primer obstáculo que la siguiente oleada de bárbaros tendría que superar sería aquella muralla de sus propios muertos.

Ahora, la orilla opuesta del Ars era un hervidero de teutones, que miraban aturdidos y furiosos aquel muro de cadáveres de ambrones y el campamento romano en las alturas, bullente de miles de soldados riendo, silbando, cantando y regocijándose en la euforia del triunfo. Era la primera vez que un ejército romano mataba tan gran número de enemigos.

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