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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Finalmente, Catulo César alcanzó el puesto de comercio llamado Tridentum. Era un lugar en que los imponentes Alpes constituían el telón de fondo, con tres erizados colmillos por los que recibía el nombre de Tres Dientes. Allí el Athesis corría profundo y rápido por tener su nacimiento en montañas en las que el deshielo es total y alimentan al río todo el año. Después de Tridentum el valle se cerraba aún más y la carretera que lo unía al pueblo junto al brioso río cruzaba un largo puente de madera sobre pilares de piedra.

Cabalgando en vanguardia con sus oficiales, Catulo César detuvo al caballo y miró el lugar con gesto satisfactorio.

– Me recuerda las Termópilas -dijo-. Es el lugar ideal para contener a los germanos hasta que desistan y vuelvan grupas.

– Los espartanos que defendían las Termópilas murieron todos -comentó Sila.

– ¿Y eso qué importa si repelemos a los germanos? -replicó Catulo César enarcando las cejas altanero.

– ¡Pero no van a volver grupas, Quinto Lutacio! ¿Volver grupas en esta época del año, con el norte lleno de nieve, con pocas provisiones y los pastos y el grano de la Galia itálica a unas pocas millas al sur? -añadió Sila, meneando vehementemente la cabeza-. Aquí no los detendremos.

Todos los oficiales se rebullían inquietos; todos habían observado el nerviosismo de Sila desde el inicio de la marcha a lo largo del Athesis y su sentido común les decía que la decisión de Catulo César era una locura. Y Sila no les había ocultado su inquietud, porque si tenía que evitar que Catulo César perdiera el ejército, necesitaba el apoyo de los oficiales de estado mayor.

– Aquí lucharemos añadió Catulo César sin salir de sus trece, con la mente llena de imágenes del inmortal Leónidas y su reducido grupo de espartanos. ¿Qué importaba que el cuerpo pereciera si se alcanzaba fama eterna?

Los cimbros estaban muy cerca. Al ejército romano le habría resultado imposible avanzar más al norte de Tridentum, aunque hubiese querido Catulo César. Pese a ello, él se empeñó en que toda la tropa cruzase el puente y acampase en el lado erróneo del río, en una zona tan estrecha que el campamento se alargaba varias millas en dirección norte-sur, con todas las legiones estranguladas por las contiguas y con la última situada cerca del puente.

– Yo estoy muy mal acostumbrado -dijo Sila al centurión primus pilus de la legión más próxima al puente, un fornido samnita de Atina llamado Cneo Petreio, que pertenecía a una legión igualmente samnita, formada por itálicos del censo por cabezas, clasificada como de tropas auxiliares.

– ¿Y cómo es eso? -inquirió Cneo Petreio, contemplando las brillantes aguas desde el puente, que a guisa de barandilla tenía unos troncos bajos.

– He servido con Cayo Mario -contestó Sila.

– ¡Qué suerte la vuestra! -dijo el samnita-. Yo no he tenido esa oportunidad -añadió con un gruñido-, pero no creo que ninguno de nosotros vayamos a tenerla, Lucio Cornelio.

Los acompañaba un tercero, comandante de la legión y tribuno militar. Nada menos que Marco Emilio Escauro, hijo del portavoz del Senado y franca decepción de su valiente padre. Escauro hijo dejó de contemplar el río y miró a su centurión jefe.

– ¿Qué queréis decir con que ninguno de nosotros? -inquirió.

– Todos vamos a morir aquí, tribuno -contestó Cneo Petreio con otro gruñido.

– ¿Que vamos a morir todos? ¿Por qué?

– Cneo Petreio quiere decir, joven Marco Emilio -terció Sila con siniestra sonrisa-, que nos ha metido en una situación militarmente irresoluble otro incompetente de alta cuna.

– ¡No, os equivocáis! -exclamó enardecido el joven Escauro-. Ya me dí cuenta de que no parecisteis entender la estrategia de Quinto Lutacio, Lucio Cornelio.

– Pues explicádnosla, tribunus militum -replicó Sila con un guiño en dirección al centurión-. Soy todo oídos.

– Bien; hay cuatrocientos mil germanos y nosotros somos sólo veinticuatro mil. Así que es muy difícil hacerles frente en campo abierto -dijo el joven Escauro, envalentonado por la atención de los dos militares-. Posiblemente el único modo de vencerlos es obligándolos a cerrarse en un frente similar al que nuestro ejército puede abarcar y machacar ese frente con nuestra superior habilidad. Cuando vean que no cedemos… harán la maniobra habitual germana: volver grupas.

– ¿Eso es lo que creéis? -dijo Cneo Petreio.

– ¡Así será! -replicó el joven Escauro.

– ¡Así será! -repitió Sila, echándose a reír.

– ¡Así será! -añadió Cneo Petreio, riendo también.

– ¿Qué es lo que tanta gracia os hace? -espetó el joven Escauro, mirándolos sorprendido y con cierto temor.

– Tiene gracia, joven Escauro -dijo Sila enjugándose los ojos-, porque es una inmensa ingenuidad. ¡Mirad ahí! -añadió señalando con la mano las dos laderas que confluían sobre el valle-. ¿Qué veis?

– Montañas -contestó Escauro hijo, cada vez más perplejo.

– ¡Sendas, caminos de herradura, senderos de cabras, eso es lo que se ve! -añadió Sila-. ¿No habéis notado esos festones de pequeñas terrazas que dan a la montaña aspecto de faldas minoicas? Lo único que tienen que hacer los cimbros es ganar las alturas por las terrazas y nos habrán desbordado por el flanco en tres días; y entonces, joven Marco Emilio, nos hallaremos entre la espada y la pared. Y nos aplastarán como a un escarabajo.

El joven Escauro empalideció de tal modo que Sila y Petreio se le acercaron inmediatamente, temiendo que fuese a caer al río y pereciese en la rápida corriente.

– Nuestro general ha trazado un plan erróneo -dijo Sila, tajante-. Debíamos haber esperado a los cimbros entre Verona y el lago Benacus, donde existen cien alternativas de encajonarlos y amplitud para actuar.

– ¿Y por qué no se lo dice alguien a Quinto Lutacio? -musitó Escauro hijo.

– Porque no es más que otro cónsul engreído -replicó Sila- y no quiere escuchar más que el galimatías de su propio cerebro. Si yo fuese Cayo Mario, me escucharía. Pero ése es non sequitur, porque Cayo Mario no habría tenido necesidad de decir nada. No, joven Marco Emilio, nuestro general Quinto Lutacio Catulo César – piensa que es preferible combatir como en las Termópilas. Y si recordáis la historia, sabréis que un pequeño sendero que rodeaba la montaña bastó para derrotar a Leónidas.

– ¡Excusadme! -farfulló Escauro hijo, llevándose una mano a la boca, dando media vuelta y regresando a su tienda.

Sila y Petreio le vieron alejarse, tratando de contener las náuseas.

– Esto no es un ejército, sino un chasco -dijo Petreio.

– No, es un buen ejército modesto -replicó Sila-. El chasco son los mandos.

– Menos vos, Lucio Cornelio.

– Menos yo.

– Algo se os ha ocurrido -añadió Petreio.

– Por supuesto -dijo Sila sonriendo y enseñando sus colmillos.

– ¿Puedo preguntaros qué es?

– Yo diría que sí, Cneo Petreio. Pero mejor será que os lo diga… a buen recaudo. En la asamblea del campamento de vuestra legión samnita -respondió Sila-. Vos y yo vamos a dedicar la tarde a convocar a todos los primus pilus y centuriones jefes de cohorte a una reunión al anochecer. Serán unos setenta hombres -añadió, calculando a toda velocidad-, pero serán setenta muy importantes. Entonces actuáis por vuestra cuenta, Cneo Petreio. Lleváis las tres legiones a ese extremo del valle, y yo monto en mi fiel mula y conduzco las otras tres al otro extremo.

Los cimbros se habían situado aquel mismo día al norte de las seis legiones de Catulo César, esparciéndose por el valle en vanguardia de sus carros, hasta quedar detenidos por las fortificaciones del campamento romano; y allí permanecieron, enardecidos, mientras la noticia se difundía entre las legiones y los escuchas se dirigían al norte para atisbar por entre los parapetos de mimbre el pavoroso espectáculo de la mayor horda jamás vista por un romano, y, además, de hombres gigantescos.

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