El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Desde luego no era más que una operación preliminar, y la batalla principal estaba por librar. Pero llegaría, eso por supuesto. Para completar su plan, Mario eligió tres mil soldados de sus mejores tropas y, al mando de Manio Aquilio, los envió aquella tarde aguas abajo para cruzar el río; allí esperarían hasta que se produjera el enfrentamiento general, para caer sobre la retaguardia germana cuando el combate estuviera en su punto culminante.
Aquella noche no durmió casi ningún legionario, dada la ansiedad que todos sentían. Pero cuando al día siguiente no se vio ninguna maniobra de ataque por parte de los germanos, a nadie le importó el cansancio. Preocupaba aquella inactividad de los bárbaros a Mario, que no quería retrasar la acción porque los germanos decidieran no atacar. Necesitaba una victoria decisiva y estaba dispuesto a lograrla. En la orilla opuesta, los incontables miles de teutones habían acampado sin apenas fortificación, mientras que Teutobodo -tan enorme sobre su caballo galo que sus pies casi rozaban el suelo- exploraba el vado acompañado de una docena de notables. Todo el día estuvo moviéndose de arriba abajo en su pobre corcel, con sus dos trenzas rubias sobre el pectoral y las alas doradas del casco brillantes bajo el sol. Incluso desde tan lejos se advertían la angustia y la indecisión en su rostro afeitado.
A la mañana siguiente, el día amaneció tan límpido como los anteriores, prometiendo un calor que no tardaría en pudrir la masa de cadáveres ambrones; Mario no pensaba permanecer allí para que la peste se convirtiese en factor más temible que el enemigo.
– Bien -dijo a Quinto Sertorio-, vamos a arriesgarnos. Si no atacan, yo provocaré el combate saliendo a por ellos. Perderemos la ventaja de un asalto cuesta arriba, pero, a pesar de ello, aquí, nuestras posibilidades son mejores que en ningún otro lugar, y Manio Aquilio está bien situado. Haz sonar los clarines, forma a las tropas, que voy a arengarlas.
Era el procedimiento habitual; ningún ejército romano entraba en combate sin una arenga previa. En primer lugar, todos tenían ocasión de ver al general en uniforme de combate, servía de inyección moral y, por último, era la única oportunidad para que éste informase hasta el último legionario de cómo pensaba obtener la victoria. La batalla nunca se desarrollaba estrictamente conforme a un plan determinado -esO lo sabían todos-, pero la arenga del general daba a los soldados una idea sobre lo que se esperaba de ellos, y si reinaba mayor desorden del previsto, éstos podían pensar por sí mismos. Muchos ejércitos romanos habían ganado batallas gracias a que los soldados sabían lo que el general quería que hicieran, llevándolo a cabo sin que intervinieran las órdenes de los tribunos.
La derrota de los ambrones había servido de tónico y las legiones, decididas a vencer, estaban en perfecto estado físico hasta el último hombre, con armas y corazas relucientes y el equipo impoluto. Reunidas en el espacio abierto que denominaban foro de asamblea, las filas aguardaban en formación a que Cayo Mario les dirigiera la palabra.
– ¡Bueno, cunni, ha llegado el día! -grító Mario desde la improvisada tribuna-. ¡La lástima es que, como valemos tanto, ahora no quieren combatir! ¡Así que vamos a volverlos más locos que si se enfrentaran a legiones de dientes de dragón! ¡Vamos a cruzar nuestra valla, avanzar cuesta abajo, y luego a tumbar cadáveres a diestro y siniestro! ¡Vamos a pisarlos, escupirlos y mearles los muertos si es preciso! ¡Y tenedlo bien claro: van a cruzar el vado en mayor número de miles de los que vosotros, ignorantes mentulae, sois capaces de contar con los dedos! ¡Y no tenemos la ventaja de estar sentados aquí como gallos en una cerca; vamos a tener que hacerles frente cara a cara! ¡Y eso quiere decir que hay que alzar la vista porque son más altos que nosotros! ¡Son gigantes! ¿Acaso nos importa eso, eh?
– ¡No! -gritaron todos como un solo hombre-. ¡No, no, no!
– ¡No! -repitió Mario-. ¿Y por qué? ¡Porque somos las legiones de Roma! ¡Seguimos a las águilas de plata hasta la muerte o la victoria! ¡Los romanos son los mejores soldados del mundo! ¡Y vosotros, soldados proletarios de Cayo Mario, los mejores que ha habido en Roma!
Los vítores no cesaban, la tropa, histérica de orgullo, llorando, se aprestaba con todas sus fibras sensibles para el combate.
– ¡Pues bien! ¡Vamos a cruzar la valla y a sudar lo nuestro! ¡No hay otro modo de ganar esta guerra más que haciendo que no quede en pie uno solo de esos salvajes de ojos de loco! ¡Luchando! ¡Aguantando hasta que no quede en pie ni uno de esos gigantes salvajes! -Se volvió hacia los seis envueltos en pieles de león, con las fauces de la fiera cubriéndoles el casco y las patas sin garras anudadas sobre el pecho teñido por la cota de malla, que escuchaban la arenga sosteniendo las astas de plata de los estandartes, coronados por águilas de plata con las alas desplegadas-. ¡Aquí tenéis vuestras águilas de plata! ¡Emblema del valor! ¡Emblema de Roma! ¡Emblemas de mis legiones! ¡Seguid a las águilas por la gloria de Roma!
Ni siquiera en medio de aquella exaltación se quebraba la disciplina; en perfecto orden y sin precipitarse, las seis legiones de Mario salieron del campamento y descendieron la pendiente, girando para protegerse los flancos, dado que no había espacio para la caballería. Ante los germanos presentaron una formación en forma de hoz y a la primera demostración de desprecio por los cadáveres de los ambrones, el rey Teutobodo se decidió y ordenó cruzar el vado para lanzarse contra las filas romanas, que ni se inmutaron. La primera fila de ataque germano cayó bajo una lluvia de pila lanzados con sorprendente acierto, ya que las tropas de Mario habían estado entrenándose a diario durante dos años.
La batalla fue larga y reñida, pero las líneas romanas no se rompieron ni las seis águilas de plata portadas por los aquiliferi cayeron en poder del enemigo. Los germanos muertos se apilaban cada vez más junto a los de los ambrones, pero no cesaban de cruzar el vado más germanos que sustituían a los caídos. Hasta que Manio Aquilio y sus tres mil hombres cayeron sobre la retaguardia enemiga e hicieron una carnicería.
A media tarde ya no había teutones. Animados por la tradición militar y la gloria de Roma y dirigidos por un soberbio general, los treinta y siete mil soldados bien entrenados y bien equipados escribieron una página de historia militar en Aquae Sextiae derrotando a más de cien mil guerreros germanos en dos combates. Ochenta mil cadáveres se unieron a los treinta mil de ambrones en las orillas del río Ars, pues muy pocos teutones optaron por conservar la vida, prefiriendo morir sin mella de su orgullo y de su honor. Entre los caídos estaba Teutobodo. Y los vencedores se hicieron con el botín de muchos miles de mujeres y niños teutones y diecisiete mil guerreros cautivos. Cuando los mercaderes de esclavos llegaron en tropel de Massilia para comprarlos, Mario donó las ganancias a sus soldados y oficiales, pese a que, por tradición, el producto de la venta de los prisioneros y esclavos correspondía exclusivamente al general.
– Yo no necesito ese dinero, y ellos se lo han ganado -dijo-. Ya veo -añadió sonriente, recordando la exorbitante suma que los de Massilia habían cobrado a Marco Aurelio Cota por el flete del barco para llevar a Roma la noticia del desastre de Arausio- que las autoridades de Massilia nos han enviado un saludo de agradecimiento por haber salvado su ciudad. Creo que les pasaré factura.
Entregó a Manio Aquilio el informe para el Senado y le envió a Roma al galope.
– Lleva la noticia y te presentas a las elecciones consulares -dijo-. ¡No pierdas tiempo!
Manio Aquilio no perdió tiempo. Llegaba a Roma al cabo de siete días, y entregó la carta al segundo cónsul Quinto Lutacio Catulo César para que la leyese ante el Senado, pues él se negó rotundamente a añadir una palabra.