El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
En consecuencia, Quinto Lutacio Catulo César lanzó un profundo suspiro y optó por la conciliación.
– No se hable más de motín, Lucio Cornelio -dijo-. No había necesidad de que lo expusierais en público. Habríais debido venir a hablar a solas conmigo, y entre los dos habríamos arreglado las cosas.
– No estoy de acuerdo, Quinto Lutacio -replicó Sila sin alterarse-. Si hubiese venido a veros a solas, me habríais despedido con cajas destempladas. Necesitabais un ejemplo fehaciente.
Catulo César frunció los labios y miró por encima de su larga nariz romana, consciente de ser un miembro ilustre de un clan ilustre, rubio y con ojos azules, altanero y beligerante.
– Lleváis demasiado tiempo con Cayo Mario -dijo-. Este comportamiento no concuerda con vuestra condición patricia.
– ¡Oh, por todos los dioses -exclamó Sila, dando una palmada sobre su camisa de cuero que hizo tintinear los flecos y adornos de metal-, olvidaos de toda esa farfulla de linajes, Quinto Lutacio! ¡Estoy al borde de la náusea con tanto elitismo! ¡Y antes de que comencéis a despotricar sobre nuestro común superior Cayo Mario, dejad que os recuerde que en lo que respecta a asuntos militares y estrategia, nosotros somos un candil y él es el faro de Alejandría! ¡Ni vos ni yo somos militares! Pero yo tengo la ventaja de que he hecho mi aprendizaje a la luz del faro de Alejandría y mi candil brilla más que el vuestro.
– ¡A ese hombre se le sobrestima! -masculló Catulo César.
– ¡Oh, no! ¡Quejaos y refunfuñad tanto como queráis, Quinto Lutacio, pero Cayo Mario es el primer hombre de Roma! El hombre de Arpinum os ha superado a todos con un brazo atado a la espalda.
– Me sorprende que seáis tan acérrimo partidario suyo… pero os prometo, Lucio Cornelio, que esto no lo olvidaré.
– Ya lo creo que no… -replicó Sila, sonriente.
– Lucio Cornelio, os aconsejo que en el futuro cambiéis de lealtad -añadió Catulo César-. Si no lo hacéis, nunca seréis pretor, y menos aún cónsul.
– ¡Oh, me gustan las amenazas claras! -replicó Sila con voz queda-. ¿Queréis impresionarme? Tengo linaje, y si llegase el momento en que os interesara mi apoyo, me lo solicitaríais -añadió con una mirada aviesa-. Algún día seré el primer hombre de Roma, el árbol más alto, igual que Cayo Mario. Esos árboles altos nadie los corta; cuando caen es porque están podridos por dentro.
Catulo César no contestó; Sila tomó asiento y se inclinó para servirse vino.
– Hablemos del motín, Quinto Lutacio, y desechad cualquier veleidad de imaginaros que no estoy decidido a llevarlo hasta sus máximas consecuencias.
– Confieso que sois un desconocido para mí, Lucio Cornelio, pero he visto lo suficiente de vuestra energía estos dos últimos meses para darme cuenta de que hay muy pocas cosas que no estéis dispuesto a hacer para saliros con la vuestra -dijo Catulo César, mirando su viejo anillo de hierro de senador, como buscando inspiración-. Lo he dicho antes y os lo repito, no se hable más de motín -añadió, haciendo un ruido al tragar saliva-. Me avengo al deseo del ejército de retirarse, con una condición: que no se vuelva a repetir la palabra "motín".
– Acepto en representación del ejército -contestó Sila.
– Quisiera ordenar yo mismo la retirada. Al fin y al cabo, supongo que habréis planeado la estrategia.
– Es absolutamente necesario que ordenéis vos mismo la retirada, Quinto Lutacio -contestó Sila-. Si, tengo una estrategia planeada. Una estrategia muy sencilla. Al amanecer, el ejército arrancará las estacas y procederá a retirarse lo antes posible. Todos deben haber cruzado el puente y hallarse al sur de Tridentum antes de que anochezca. Los auxiliares samnitas se situarán cerca del puente para cubrir la maniobra y lo cruzarán los últimos. La lástima es que está construido sobre pilares de piedra y no podamos derruirlos, por lo que los germanos podrán volver a tenderlo. De todos modos, no son ingenieros y tardarán más de lo debido, aparte de que se hundirá unas cuantas veces mientras lo cruzan las huestes de Boiorix. Si quiere seguir hacia el sur, tendrá que cruzar el río aquí en Tridentum. Por eso hay que hacer que se retrase.
– Pues acabemos con esta farsa -dijo Catulo César, poniéndose en pie y saliendo del cuarto con aparente calma y dominio, recuperando poco a poco su dignítas y auctorítas-. Nuestra posición es insostenible y voy a ordenar la retirada -añadió claro y terminante-. He dado instrucciones a Lucio Cornelio al respecto y él las cursará. Pero quiero que quede bien claro que aquí no se ha hablado de "motín" para nada. ¿Entendido?
Un murmullo de consenso surgió entre los oficiales, profundamente satisfechos de olvidar lo del "motín".
Catulo César giró sobre sus talones.
– Podéis retiraros -dijo por encima del hombro.
Conforme el grupo se deshacía, Cneo Petreio se acercó a Sila y le acompañó hasta el puente.
– Creo que ha salido muy bien, Lucio Cornelio. Se comportó mejor de lo que yo esperaba; mejor que otros de su clase.
– Bah, a pesar de todos sus modales, no es tonto -replicó Sila-. Pero tiene razón, olvidemos la palabra "motín".
– ¡No me la oiréis a mí! -dijo Petreio con fruición.
Ya había oscurecido, pero el puente se hallaba iluminado por antorchas y cruzaron los imperfectos troncos sin dificultad. En la otra orilla se adelantaron a los centuriones y tribunos y Sila se volvió hacia ellos.
– Que toda la tropa esté dispuesta para la marcha en cuanto amanezca -dijo-. Los cuerpos de ingenieros y todos los centuriones deberán acudir a una reunión conmigo una hora antes del amanecer. Ahora, los tribunos militares, venid conmigo.
– ¡Cómo me alegra que esté con nosotros! -comentó Cneo Petreio a su segundo centurión.
– Y yo, pero no me alegra nada que esté con nosotros ése -respondió el segundo centurión señalando a Marco Emilio Escauro hijo, que se apresuraba a seguir a Sila y a sus colegas tribunos.
– Cierto -respondió Petreio con un gruñido-, a mí también me preocupa; pero ya le vigilaré yo mañana. Aquí no se ha hablado de "motín", pero no voy a dejar que a nuestros samnitas los mal mande un idiota romano, por muy famoso que sea su padre.
Al amanecer, las legiones comenzaron a ponerse en marcha. La retirada se iniciaba como todas las maniobras efectuadas por tropas romanas bien adiestradas en medio de un notable silencio y orden. Cruzaba primero el puente la legión más alejada, seguida por la contigua y así sucesivamente, de modo que el ejército efectuaba un movimiento parecido al de una alfombra que se enrolla. Afortunadamente, los pertrechos, todas las bestias de carga y una serie de caballos, reservados para los altos mandos, habían quedado al sur del pueblo y del puente. A los primeros claros del alba, Sila hizo que este contingente fuese el primero en avanzar por la carretera con buena antelación sobre las legiones, y había dado las órdenes para que la mitad del ejército se les adelantase después de darles alcance, mientras la otra mitad cerraba la retaguardia hasta Verona. Porque si se alejaban de Tridentum, sabía que los cimbros no avanzarían lo bastante de prisa para avistar la polvareda de la retirada.