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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Paz Alvear sufría… y gozaba a la vez, cosa que venía ocurriéndole hacía tiempo. Aquellas camisas azules eran para ella puñales, pero reconocía que debajo de ellas había hombría. Y además su padre le había hablado siempre muy mal de Rusia. Así que ¿qué pensar? Al tercer baile se decidió por odiar. Odió a toda aquella muchachada, tal vez porque un teniente se empeñó en colocarle en la cabeza, en sustitución del casquete verde, una boina con la bandera nacional. Los odió tanto que se embelleció más aún, y de pronto, le dijo a Damián:

– Vamos a tocar el Rascayú…

– ¡A la orden! -accedió Damián.

¡Raskayú cuando mueras qué harás tú…! ¡Rascayú cuando mueras qué harás tú…! ¡Tú serás un cadáver nada más…! ¡Rascayú cuando mueras qué harás tú…!

Esta letra, al pronto coreada por todos, no dejó de surtir su efecto en los novatos. Rogelio, por ejemplo, se puso a temblar. El pánico repentino de que se habló… Y también temblaron los cinco soldados artilleros. Preferían, por supuesto, la tonada del estudiante que le pidió a la niña no sé qué linda cosa… Pero Paz Alvear se desgargantaba con el Rascayú y con el "cadáver nada más" y la Piscina iluminada se convirtió durante unos minutos en un cementerio de hombres vivos, en una profecía de muerte.

El día siguiente era el viernes señalado en las oficinas del banderín de enganche. Los capitanes Arias y Sandoval llegaron con mucha anticipación a la Dehesa, donde se efectuaría la definitiva concentración. Los dos capitanes se pusieron a las órdenes del coronel Tejada, procedente de Barcelona. Sólita llegó acompañada de su padre, don Óscar Pinel. A última hora lo había pensado mejor y vestía de blanco, vestía de enfermera, como durante la guerra en los hospitales de Zaragoza.

Media Gerona acudió a la Dehesa para acompañar a los divisionarios hasta la estación. Fue el momento de las grandes dádivas: botellas, tabaco, chicles… "Oye… ¿por qué chicles? ¿Es que estamos liados con los americanos?".

Todas las autoridades estaban allí, desde el General y el Gobernador hasta el señor obispo y el notario Noguer. También estaban allí doña Cecilia -con sus guantes blancos, un nuevo sombrero y un nuevo collar-, María del Mar y Carlota, condesa de Rubí. 'La Voz de Alerta' sintió un leve escalofrío… ¡El mensaje enviado por Navarra -redactado por don Anselma Ichaso- a los países combatientes contra Rusia había sido tan emotivo!

Mateo llegó con cierto retraso: a las nueve y media exactamente. Había esperado hasta el último momento a que Pilar, sobre todo Pilar, comprendiera y cambiara de actitud. Estaba seguro de que al final le entregaría… cualquier cosa: una bolsa conteniendo un bocadillo y una naranja. Una botella de vino… Que por lo menos le habría cosido en el interior de la camisa azul una imagen de su patrona, la Virgen del Pilar, Nada. Pilar mantuvo su postura, alternando lágrimas y silencio. Las últimas noches, tres o cuatro, habían sido de pesadilla. En la almohada, las dos cabezas separadas, divergentes, formaban una V. Ambos intentando dormir, sin conseguirlo. Levantándose continuamente para ir al lavabo. Y cuando el sueño vencía a uno de los dos, era peor. Si la que dormía era Pilar, Mateo encendía la luz ambarina de la mesita de noche y contemplaba las mejillas, sonrosadas, de aquella mujer que era carne de su carne. Y se le hacía un nudo en la garganta: un nudo en forma de yugo… Si quien se dormía era Mateo, Pilar lo oía respirar. ¡Respiraba normalmente, con la pasmosa serenidad del hombre en paz con su conciencia! O roncaba…

Eran noches interminables, las primeras del mes de julio. Fuera, en el cielo, había un gran lujo de estrellas. De estrellas de alféreces provisionales…

Mateo tuvo que irse a la Dehesa, a incorporarse, sin escuchar de labios de Pilar una palabra de cariño. Sólo un beso, dado en el umbral de la puerta. Un beso y una advertencia: "Todavía estás a tiempo. Quédate…" Igualmente le ocurrió a su padre: "Hijo…, quédate". Horas antes había subido a despedirse al piso de la Rambla, y Matías y Carmen Elgazu e Ignacio lo recibieron como si fuera un extraño, sin invitarlo siquiera a sentarse.

Pero Mateo era el jefe provincial… En cuanto llegó a la Dehesa y vio a la gente preparando sus macutos para dirigirse a la estación, respiró hondamente. Aquél era el mundo que le tocaría vivir, el mundo por el cual había prestado juramento cuando tenía diecisiete años "y los demás muchachos sólo pensaban en comprarse helados…"

Se presentó al coronel Tejada:

– ¡Creí que nos marcharíamos sin ti…! -dijo éste.

– Nada de eso, mi coronel…

Formaron en filas de a dos.

– ¡Alinearse con el codo!

Aquello olía a Somosierra, a Teruel…

La banda de música del Regimiento los acompañó a la estación. Los balcones estaban engalanados como para la reciente procesión del Corpus. La gente gritaba: "¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Viva Hitler! ¡Muera Rusia!".

Muera Rusia… ¿Podía una nación morir?

Al pasar por la plaza de la Estación, Mateo sintió ganas de gritar: "¡Vista a la derecha… mar!". Para que todos los voluntarios miraran hacia su casa, donde sin duda Pilar estaría espiando entre los postigos del balcón.

No lo gritó. Sólo él miró. Y vio efectivamente la sombra de Pilar. Y la de don Emilio Santos. Pero fue sólo un momento. Había árboles en la plaza y la formación avanzaba. Y Cacerola preguntaba: "¿Cuándo cantamos Cara al sol?".

Cara al sol fue cantado en el andén. Emoción en las gargantas y en la entraña. El general a gusto hubiera subido al tren, que estaba esperando… de cara a Barcelona.

¡Oh, sí, ésa fue la gran sorpresa! Todos los divisionarios suponían que se irían directamente a Francia por la línea de Port-Bou. Pero por lo visto el Alto Mando había decidido lo contrario, tal vez para no tener que cruzar el pedazo de Francia no ocupada por los alemanes. Partirían hacia San Sebastián y entrarían en la nación vecina por Hendaya, donde montaban la guardia soldados del Führer.

"…me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver…"

– ¡Arriba España!

– ¡Arriba!

Subieron al tren. Y éste arrancó, renqueando. Una gran bandera nacional ondeaba en lo alto de uno de los coches, junto con otra rojinegra.

Alfonso Estrada y Mateo coincidieron asomados en la misma ventanilla. Como siempre, la última visión de Gerona fueron los campamentos de San Félix y la Catedral.

– Yo me quedo con San Félix -dijo Alfonso.

Mateo consiguió sonreír.

– Pues yo con la Catedral… ¡Qué remedio!

Todo el viaje hasta Irún fue un flamear de pañuelos. En Vitoria, la Sección Femenina los obsequió con una gran cantidad de barajas y con paquetes de galletas. En San Sebastián, damas de la buena sociedad, como aquellas que en tiempos cultivó 'La Voz de Alerta', les entregaron gigantescos termos llenos de café caliente, idéntico al que les sirvió en la Dehesa la camarada Pascual. Galletas y café: ambas cosas las pedía el cuerpo.

Al cruzar el puente internacional, con mucha gente apostada aquí y allá para presenciar el paso de "Los Voluntarios" -por lo visto era aquélla la tercera expedición que pasaba en cuatro días-, el tren enteró cantó:

¡Adiós, España…! ¡España de mi querer, mi querer! ¡Adiós, España, cuándo te volveré a ver…!

En Hendaya, en la estación, las fuerzas alemanas de guarnición tocaron atención -en el mismo lugar en que se había celebrado la entrevista Franco-Hitler- y presentaron armas. Los divisionarios se apearon unos momentos para estirar las piernas y les salieron al encuentro unas señoritas alemanas, uniformadas, con aspecto de haberse duchado hacía poco…, y les repartieron bolsitas que contenían sardinas noruegas, queso, pan de forma cuadrada, de sabor desagradable, salchichas…

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