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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Unos quilómetros más… y Burdeos. En Burdeos -donde el mariscal Pétain y De Gaulle discutieron sobre si Francia debía o no debía rendirse- había que esperar un par de horas y los voluntarios recorrieron al azar las inmediaciones de la estación. Algunos paisanos, al reconocerlos, levantaban el puño… O escupían. Eran franceses. O tal vez exiliados españoles. Los soldados alemanes contemplaban con indiferencia semejante provocación y los voluntarios habían recibido orden de "no responder". "¡Si serán maricas!".

De regreso a la estación, en cuanto el tren se puso en marcha, ya hacia el interior de Francia, Mateo se acercó al capitán Sandoval y le preguntó:

– ¿Tiene usted idea, mi capitán, de cuál va a ser el itinerario?

El capitán Sandoval, mientras luchaba por abrir una lata de sardinas noruegas, le contestó:

– Pues… no puedo decirte exactamente. Pero creo que vamos a un campamento alemán, próximo a Bayreuth, llamado Grafemwhor o algo así. Allí aprenderemos, supongo, la instrucción… Hasta el día que juremos bandera.

– ¿Jurar bandera?

– ¡Bueno! Me refiero a la bandera alemana. Creo que tendremos que jurar fidelidad a Hitler…

Mateo, que tenía en las manos el gigantesco termo que le dieran en San Sebastián, se quedó inmóvil.

– ¿Y luego? -preguntó al cabo.

– Luego… a Rusia. A rescatar a Cosme Vila…

Mateo soltó una carcajada.

– ¡Es una idea, fíjese…!

CAPÍTULO LVIII

Cosme Vila, en Moscú, ignoraba que Mateo y el capitán Sandoval estuvieran maquinando llegar a la capital soviética y rescatarlo, a buen seguro con la intención de quemarlo vivo en la Rambla de Gerona; pero sabía que en España se había formado una División para luchar en el frente ruso. Y les había dicho a sus camaradas, los catalanes Soldevila y Puigvert, y al madrileño Ruano: "Eso no me gusta".

El ex jefe comunista gerundense habló así porque su desconcierto había sido también total al enterarse de que Alemania había declarado la guerra a Rusia. En la Escuela de Formación Política, a la que seguía asistiendo, las consignas de elogiar al III Reich, recibidas a raíz de la firma del pacto de no agresión germano-soviético, habían creado en Cosme Vila una suerte de automatismo. Cosme Vila, que, contrariamente a su mujer, empezaba ya a familiarizarse con el idioma ruso -todos los motes cariñosos que empleaba al dirigirse a su hijo eran motes rusos-, se había habituado a considerar que los grandes enemigos de Rusia eran, además de Franco, las democracias anglosajonas. En las enseñanzas recibidas desde su llegada a la capital de la URSS flotaba la idea de que serían Rusia y Alemania los países que impondrían en Europa su ley, en cuanto Inglaterra se rindiera. Rusia aportaría sus inmensos recursos… y Alemania su preparación técnica.

De repente, todo habla cambiado. Hitler había demostrado que no quería competidores y que su afán era que esos recursos de la URSS pasaran a formar parte del patrimonio alemán. Desde el primer momento Ruano, el intelectual madrileño, había afirmado que el ataque alemán no era "antibolchevique", no era "ideológico", sino "físico y económico". Hitler pretendía apoderarse de las riquezas del subsuelo ruso, del petróleo del Cáucaso, etcétera, e impedir que la Unión Soviética se convirtiera realmente, andando el tiempo, en una gran potencia. Opinión que coincidía extrañamente con la formulada, según noticias de 'La Voz de Alerta', por el conde Ciano y por Mussolini.

Así, pues, Cosme Vila, además de desconcertado, estaba asustado. Su aislamiento informativo había continuado siendo prácticamente absoluto: él y sus camaradas ignoraban lo que ocurría en "las altas esferas" infinitamente más de lo que, en España, pudieran ignorarlo el Gobernador y Mateo. Desde 1939 habían conseguido sostener breves diálogos con 'La Pasionaria', cuya fotografía aparecía constantemente en los periódicos; con Togliatti, el jefe italiano; con André Marty, el jefe francés; con el checo Gotwald, todos los cuales, en el momento de producirse el ataque alemán, se encontraban pasando sus vacaciones en Kunsevo; pero siempre habían tropezado con una indiferencia glacial por parte de estos dirigentes. Asimismo, habían hecho una visita a la Academia Frunze, donde recibían cursos superiores de enseñanza militar Modesto, Líster, Tagüeña, etcétera, pero el divorcio fue allí aún mayor. En cuanto al Campesino, que tal vez hubiera sido el más asequible, desde primeros de 1941 había sido expulsado de dicha Academia por "indisciplinado", por continuar negándose a rusificarse y por cantarle las verdades al lucero del alba, y a la sazón se encontraba trabajando en la construcción del faraónico Metro de Moscú, de mármol, construcción que a raíz de la guerra se aceleró, pues "podía convertirse en el mejor refugio antiaéreo de la capital".

El susto de Cosme Vila era, pues, doble. Acostumbrado a llamar a Churchill "el primero entre los estranguladores del movimiento de liberación de los pueblos", de pronto debía llamarlo "el mejor aliado de Rusia", puesto que había prometido a Stalin aviones, botas, diez mil toneladas de caucho, aluminio y evitar, mediante vigilancia aérea y marítima por las aguas del norte, que Alemania atacara a Rusia por el Ártico. Lo mismo ocurría con respecto a Roosevelt, "vil encarnación del sistema opresor del capital sobre el proletariado". Roosevelt estaba dispuesto a ayudar sin tasa a la Unión Soviética en su lucha contra "los caníbales Hitler y Von Ribbentrop" enviando mercancías de todas clases, y a partir de ahí era "leal a la causa del pueblo ruso".

Por otra parte, el primer golpe de efecto alemán había socavado las raíces del Kremlin, y Cosme Vila lo sabía. Cosme Vila había captado en la radio una información según la cual en el primer 'raid' la aviación alemana había destruido por sorpresa en el suelo ruso, en sus fábricas y aeródromos, tres mil aviones. Y en pocas jornadas las divisiones blindadas de Hitler habían avanzado hasta Minsk. Y era cierto que muchas unidades rusas huían o se entregaban al enemigo; aunque, según Soldevila y Puigvert, que en la Escuela estaban especializándose en el estudio de las diferencias étnicas de la población rusa, se trataba, en estos casos, o bien de divisiones ucranianas, minadas por sentimientos de independencia, o bien de regimientos de calmucos o de montañeses del Cáucaso. En suma, una minoría; los demás combatientes resistían… en la medida de sus fuerzas. La inquietante pregunta de Cosme Vila era: "¿Conseguiría Stalin controlar la situación?". Imposible predecirlo. Cosme Vila confiaba en él, ¡cómo no! Pero ¡Hitler llevaba tanto tiempo preparándose…!

Varios aspectos de la actitud de Stalin le infundían cierta esperanza, aunque sólo el tiempo diría si no habrían constituido un mero espejismo. Aspectos escasamente ortodoxos desde el punto de vista comunista, pero que denotaban astucia y picardía. Por ejemplo, el "Padre de la Unión Soviética" había tardado diez días, desde el rompimiento de las hostilidades, en dirigirse personalmente al pueblo ruso, señal de que había meditado detenidamente lo que iba a decir; y sus palabras fueron: "Camaradas, ciudadanos, hermanos y hermanas, soldados y marinos… Me dirijo, amigos míos, a todos vosotros…" "El ataque contra nuestro país es una perfidia que no tiene paralelo en la historia". "¡Muerte al invasor!". "Que cada cual se bata con ánimo de no retroceder, diciéndose a sí mismo: no he de morir sin antes dejar junto a mí el cadáver de un alemán…"

Lenguaje insólito, a fe. Ni una alusión al socialismo ni al Partido. En vez de proletarios, ciudadanos, hermanos, hermanas… En vez de Repúblicas Soviéticas, país… En vez de enemigo del comunismo, invasor… Todo ello unido al léxico empleado por los periódicos, indicaba que Stalin, para hacer frente a aquella guerra, invocaba al patriotismo y no a la revolución. ¡Ah, Stalin debía de saber muy bien que estaba muy lejos de contar con la adhesión de los doscientos millones de rusos! En cambio, si apelaba al concepto de Patria y él conseguía erigirse en catalizador…

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