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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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"Le dejo a Cayo Servilio Augur una mesa limpia, sin ningún estorbo de lo que yo he hecho -dijo Lúculo ante el Senado-. Cayo Servilio Augur es un hombre nuevo y los hombres nuevos tienen su propio método para hacerlo todo. Por lo cual, consideré que le hacía un favor."

Pero, sin ejército, está claro que poco puede hacer en Sicilia Servilio el Augur. Y menos hallándose Catulo César a la caza de los últimos reclutas que Italia puede aportar: por lo que no creo que haya posibilidades de reunir un nuevo ejército para Sicilia este año. Los veteranos de Lúculo se hallan dispersos y la mayoría con una buena bolsa y pocas ganas de que los localicen.

Lúculo sabe perfectamente que se ha buscado un proceso, pero no creo que le importe. Se ha cobrado la inmensa satisfacción de destruir toda posibilidad de que Servilio el Augur le haga sombra. Y eso, para Lúculo, cuenta más que evitar un juicio. Así que está ocupado haciendo todo lo posible por proteger a sus hijos, pues es evidente que piensa que Ahenobarbo y el Augur se valdrán del nuevo tribunal de Saturnino que juzga los delitos de traición para procesarle y declararle culpable. Ha transferido cuanto ha podido de sus propiedades a su hijo mayor, Lucio Lúculo, y ha cedido en adopción al menor, que ahora tiene trece años, a los Terencios Varro. En esta generación no hay ningún Marco Terencio Varro y son una familia muy rica.

Me ha dicho Escauro que el Meneítos -que se halla muy afectado por todo esto, y con razón, porque si declaran culpable a Lúculo tendrá que hacerse cargo de su escandalosa hermana Metela Calva- dice que los dos hijos han jurado vengarse de Servilio el Augur en cuanto sean mayores, y parece que el mayor, Lucio Lúculo, está muy amargado. No me extraña, pues si por fuera es muy parecido a su padre, ¿por qué no ha de serlo también por dentro? Caer en desgracia por la desmedida ambición del bullanguero hombre nuevo Augur es imperdonable.

Y eso es todo de momento. Te tendré informado. Ojalá pudiera estar ahí para ayudarte frente a los germanos: no porque necesites mi ayuda, sino porque yo me siento excluido.

Ya habían transcurrido unos cuantos días de abril del calendario de aquel año cuando Mario y Sila supieron que los germanos se hallaban recogiendo sus cosas y comenzando a salir de las tierras de los aduatucos, y pasó otro mes hasta que llegó Sertorio en persona a comunicar que Boiorix había aglutinado en torno a él a suficientes pueblos germanos para asegurarse la realización de su plan. Los cimbros y el grupo mixto encabezado por los tigurinos habían iniciado la migración a lo largo del Rhenus, mientras los teutones se dirigían hacia el sudeste siguiendo el curso del Mosa.

– Hay que suponer que este otoño los germanos llegarán en tres grupos distintos a las fronteras de la Galia itálica -dijo Mario con un profundo suspiro-. Me gustaría estar allí en persona para dar la bienvenida a Boiorix cuando llegue por el Athesis, pero no es conveniente. En primer lugar, tengo que hacer frente a los teutones y reducirlos. Esperemos que éstos sean el grupo que marcha más de prisa, al menos hasta el Druentia, porque hasta más adelante no tendrán que cruzar terreno alpino. Si podemos derrotarlos aquí, y hacerlo bien, tendremos tiempo para cruzar por el paso del monte Genava e interceptar a Boiorix y a los cimbros antes de que penetren en la Galia itálica.

– ¿No creéis que Catulo César pueda enfrentarse por sí solo a Boiorix? -inquirió Manio Aquilio.

– No -respondió Mario, tajante.

Después, a solas con Sila, amplió su opinión respecto a las posibilidades de su colega frente a Boiorix; porque Quinto Lutacio Catulo iba a dirigir su ejército hacia el norte en cuanto estuviera entrenado y equipado.

– Dispondrá de unas seis legiones, y tiene toda la primavera y el verano para ponerlas en condiciones. Pero no es un auténtico general -dijo Mario-. Esperemos que Teutobodo llegue antes, que le venzamos, que crucemos los Alpes a toda prisa y nos unamos a Catulo César antes de que Boiorix alcance el lago Benacus.

– No sucederá así -dijo Sila con voz firme, enarcando una ceja.

– ¡Sabía que ibas a decir eso! -replicó Mario con un suspiro.

– Y yo sabía que tú sabías que iba a decirlo -añadió Sila sonriente-. No es probable que los dos grupos que no dirige Boiorix avancen más de prisa que los cimbros. El problema estriba en que no vas a tener tiempo de estar en ambos sitios en el momento oportuno.

– Pues aguardaré aquí a Teutobodo -dijo Mario, decidido-. Este ejército se conoce al dedillo las hierbas entre Massilia y Arausio, y la tropa necesita urgentemente una victoria después de dos años de inactividad. Las posibilidades de victoria aquí son inmejorables. Aquí me quedaré.

– Veo que dices "me", Cayo Mario -replicó Sila con calma-. ¿Y a mí no me encomiendas nada?

– Sí, Lucio Cornelio. Perdona que te escamotee la bien merecida posibilidad de aplastar a los teutones, pero creo que debo enviarte a las órdenes de Catulo César como legado mayor. Con ese cargo, no tendrá más remedio que tragarte. Tú eres patricio -respondió Mario.

Amargamente decepcionado, Sila bajó la vista hacia sus manos.

– ¿Y qué ayuda voy a poder prestar si me encuadras en el peor ejército? -inquirió.

– No me preocuparía si no viese los mismos síntomas de los Silanos, Casios, Cepios y Malios Máximos en mi colega consular. Pero los veo, Lucio Cornelio, ¡los veo! Catulo César no tiene idea de estrategia ni de táctica, y cree que los dioses le fueron infundidos en el caletre al nacer de ilustre linaje y que en el momento decisivo estarán de su lado. ¡Pero tú bien sabes que no es así!

– Lo sé-dijo Sila.

– Si Boiorix y Catulo César entablan batalla antes de que yo pueda llegar a la Galia italica, Catulo César cometerá algún fallo garrafal y perderá su ejército. Y si consentimos eso, no veo cómo vamos a poder vencer a los bárbaros. Los cimbros son el grupo mejor dirigido de los tres, y el más numeroso. Y, además, yo no conozco la configuración del terreno en la Galia itálica ni en el curso alto del Padus. Si puedo vencer a los teutones con menos de cuarenta mil hombres es porque conozco el terreno.

Sila trató de sostener insolentemente la mirada a su superior, pero aquellas cejas le pudieron.

– Pero ¿qué esperas que haga yo? -inquirió-. Es Catulo César quien lleva la capa de general, ¡no Cornelio Sila! ¿Qué esperas de mí?

Mario alargó el brazo y cogió a Sila por la muñeca.

– Si lo supiera, sería capaz de controlar a Catulo César desde aquí -dijo-. Es evidente, Lucio Cornelio, que has sobrevivido más de un año entre el enemigo fingiéndote uno de ellos. Tu cerebro es tan agudo como tu espada, y ambos sabes usarlos magistralmente. No me cabe la menor duda de que harás lo que haga falta por salvar a Catulo César de sí mismo.

– Luego mis órdenes son salvar su ejército a toda costa… -dijo Sila con un suspiro.

– A toda costa.

– ¿Aun a costa de Catulo César?

– Aun a costa de Catulo César.

La primavera culminó en un tropel de flores y el verano entró como un general victorioso en su desfile triunfal para, a continuación, dilatarse en calor y sequedad. Teutobodo y sus teutones fueron avanzando por las tierras de los eduos y entraron en las de los alóbroges, que ocupaban la región entre el curso superior del Rhodanus y el Isara hasta muchas millas al sur. Los alóbroges eran guerreros y manifestaban su odio por Roma y los romanos, pero ya tres años antes la horda germana había cruzado por sus tierras y no querían ser dominados por los germanos. Hubo, pues, encarnizada lucha y el avance teutón sufrió retrasos. Mario comenzó a pasear de arriba abajo en su puesto de mando, pensando en cómo irían las cosas con Sila, que ya estaba incorporado al ejército de Catulo César en la Galia itálica, acampado a lo largo del Padus.

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