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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Desde luego, puedes tener la seguridad de que no van a ser un par de censores corruptos y de que todos los contratos del Estado se adjudicarán como es debido, con arreglo a su precio combinado con la calidad. Sin embargo, ya han tropezado con el Tesoro al solicitar una gran suma para reparar y remozar algunos templos que no disponen de fondos para hacerlo ellos, aparte de volver a pintar e instalar letrinas de mármol en tres edificios del Estado: el de los flamines mayores, más las residencias del rex sacrorum y del pontífice máximo. A mí, personalmente, me basta con mi letrina de madera. ¡El mármol es frío y duro! Hubo una disputa bastante animada cuando el Meneítos mencionó el domus publicus del pontífice máximo, pues el Tesoro opinaba que nuestro nuevo pontífice es lo bastante rico para correr con los gastos de pintura y de letrinas de mármoL.

Luego se pasó a la adjudicación de los contratos corrientes, y creo que muy acertadamente. Las ofertas eran numerosas, las pujas fueron muy animadas y dudo de que haya supercherias.

Se había llegado a este punto con una rapidez inaudita porque, claro, lo que realmente querían hacer era revisar la nómina de senadores y caballeros. Pero hubo que aguardar dos dias para concluir con todos los contratos -¡te juro que se ha hecho en menos de un mes el trabajo de año y medio!- y que el Meneítos convocase un contio de la Asamblea del pueblo para que se leyesen los informes de los censores sobre la moralidad o inmoralidad de los padres conscriptos del Senado. Sin embargo, alguien debió avisar de antemano a Saturnino y a Glaucia de que no iban a constar sus nombres, porque cuando se reunió la Asamblea se vio que estaba acrecentada con gladiadores y matones que normalmente no asisten a esta reunión de los comtios.

Y nada más anunciar el Meneítos que se iban a borrar de la lista de senadores los nombres de Lucio Apuleyo Saturnino y Cayo Servilio Glaucia, aquello fue el acabóse. Los gladiadores arremetieron contra la tribuna y obligaron al pobre Meneítos a bailar, pasándoselo de mano en mano y abofeteándole sin piedad con sus manazas callosas. Fue una nueva modalidad; nada de palos ni porras, simplemente las manos. Dicen que lo llaman violencia mínima. Fue de pena. Todo sucedió tan rápido y estaba tan bien organizado, que el Meneítos recorrió todo el camino hasta el arranque del Clivus Argentarius hasta que Escauro, Ahenobarbo y otros hombres buenos pudieron rescatarle y llevarle corriendo a refugiarse en el templo de Júpiter Optimus Maximus. Allí vieron que la cara le había aumentado el doble, no podía abrir los ojos, tenía los labios y las cejas partidos por varios sitios, la nariz le manaba como una fuente y sus orejas daban lástima. Parecía uno de esos antiguos boxeadores griegos de los juegos olímpicos.

Por cierto, ¿qué te parece el nombre que le dan a la facción archiconservadora? Boni, los hombres buenos. Escauro va diciendo que es el quien lo ha inventado para contrarrestar la denominación que les daba Saturnino de ultraconservadores. Pero debería recordar que somos muchos los que tenemos edad para saber que Cayo Graco y Lucio Opimio llamaban a los de su facción los boni. ¡Bueno, volvamos a mi historia!

Cuando el Caprarius supo que su primo el Numídico estaba a salvo, logró restablecer el orden en los comicios, haciendo que los heraldos tocasen las trompetas y diciendo a voz en grito que no estaba de acuerdo con las averiguaciones de su colega y que, por consiguiente, Saturnino y Glaucia seguirían en la lista senatorial. Hay que decir que el Meneítos salió malparado de la maniobra, pero no me gustan los métodos de lucha del amigo Saturnino. Él alega que no tuvo nada que ver con la violencia, aunque agradece que el pueblo sea tan fervorosamente partidario suyo.

Considérate perdonado por pensar que ahí quedó todo. ¡Pero no! Luego, los censores iniciaron la evaluación económica de los caballeros, en un precioso tribunal nuevo que les han hecho cerca del estanque de Curtio; es una edificación de madera, si, pero concebida para ese uso concreto, con una escalinata por ambos lados para que los que comparecen lo hagan ordenadamente por un solo lado de la mesa de los censores y bajen por el otro. Muy bien hecho; ya conoces el procedimiento: todo caballero o aspirante debe presentar documentación que acredite su tribu, lugar de nacimiento, ciudadanía, servicio militar, propiedades, capital y rentas.

Aunque se tarda varias semanas en comprobar si los solicitantes poseen de verdad una renta anual mínima de 400000 sestercios, los primeros días el espectáculo atrae a una buena multitud. Y así fue cuando el Meneítos y su primo comenzaron a leer la lista ecuestre. ¡Qué lamentable aspecto tenia el pobre Meneítos! Las magulladuras presentaban un color, más que negro, amarillo bilioso, y los cortes se habían convertido en una maraña de rayas sanguinolentas; aunque ya podía abrir los ojos para ver, debió pensar que más le habría valido no hacerlo para ver lo que vio en la tarde de aquel primer día de comparecencias ante el nuevo tribunal.

¡Nada menos que a Lucio Equitio, el supuesto hijo bastardo de Tiberio Graco! El tal Lucio Equitio subió la escalinata cuando le llegó el turno y se situó delante del Numídico, no de Caprarius. El Meneítos se quedó helado al ver a Equitio, secundado por una cohorte de escribas y funcionarios cargados de libros de contabilidad y documentos. En ese instante se volvió hacia su secretario para decirle que el tribunal levantaba la sesión por aquel día y que hiciera el favor de decir a aquel ser que se retirara de su presencia.

– Tenéis tiempo para atenderme -dijo Equitio.

– De acuerdo, ¿qué deseáis? -replicó él en tono amenazador.

– Quiero inscribirme como caballero -dijo Equitio.

– ¡En este lustrum de censores no! -negó el bonus Meneítos.

Debo decir que Equitio se mostró paciente y que simplemente se limitó a decir, dirigiendo la mirada hacia la multitud: "No podéis rechazarme, Quinto Cecilio, porque reúno los requisitos." Momento en el que se vio que había otra vez gladiadores y matones entre la gente.

– ¡Qué vais a reunir! -replicó el Numídico-. ¡Carecéis de la principal condición: no sois ciudadano romano!

– Sí lo soy, estimado censor -insistió Equitio de forma que todos pudieran oirle-. Me convertí en ciudadano romano al morir mi amo, que me concedió la ciudadanía en su testamento, junto con sus propiedades y su nombre. Que haya adoptado el nombre de mi madre no hace al caso. Tengo pruebas de mi manumisión y adopción. Y no sólo eso, sino que he servido en las legiones diez años y como ciudadano romano legionario, no en tropas auxiliares.

– No os inscribiré como caballero, y cuando establezcamos el censo de ciudadanos romanos, no os inscribiré como romano -replicó el Numídico.

– Tengo derecho -replicó Equitio con voz clara-. Soy ciudadano romano, de la tribu Suburana, y he servido diez años en las legiones; soy un hombre moral y respetable, propietario de cuatro insulae, diez tabernas, cien iugera de tierra en Lanuvium, mil iugera de tierra en Firmun Picenum, un pórtico de mercado en Firmun Picenum, y poseo una renta anual de más de cuatro millones de sestercios. Así que también tengo derecho a ser senador.

Tras lo cual, chascó los dedos al hombre que dirigía a los funcionarios, quien chascó los dedos a los demás, que se adelantaron con montones de papeles.

– Ahí tenéis las pruebas, Quinto Cecilio -insistió.

– ¡Me tienen sin cuidado los papelotes que presentéis, vulgar seta de baja cuna, y me importan un bledo quienes traigáis para testificar! -gritó el Meneítos-. ¡No os inscribiré como ciudadano de Roma y menos aún como miembro del Ordo equester! ¡Me meo en vos, chulo asqueroso! ¡Y ahora largaos!

Equitio se volvió hacia la multitud, abrió los brazos -llevaba toga- y habló.

– ¿Habéis oído? -dijo-. ¡A mí, Lucio Equitio, hijo de Tiberio Sempronio Graco, se me niega la ciudadanía y mi condición de caballero!

El Meneítos se puso en pie y fue hacia él con tal rapidez, que Equitio ni siquiera le vio acercarse; acto seguido, nuestro valiente censor le propinó un derechazo en la mandíbula y Equitio cayó de culo y quedó en el suelo como atontado. Pero el Meneítos no se contentó con el puñetazo y le arreó una patada que hizo que Equitio fuese a parar a los pies del estrado, entre la multitud.

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