El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– ¡Me meo en todos vosotros! -vociferó, esgrimiendo los puños frente al público y los gladiadores-. ¡Marchaos y llevaos a esa cagarruta no romana!
Y otra vez volvió a ser el acabóse, sólo que esta vez los gladiadóres no tocaron al Meneítos en la cara. Le arrastraron del tribunal, golpeándole en el cuerpo con puños, uñas, dientes y botas. Al final fueron Saturnino y Glaucia -había olvidado decirte que estaban acechando en la parte de atrás- quienes se adelantaron a rescatarle.
Me imagino que no tenían previsto que le mataran. Luego, Saturnino subió al estrado y apaciguó los ánimos para que Caprario pudiese hablar.
– ¡No estoy de acuerdo con mi colega y asumo la responsabilidad de admitir a Lucio Equitio en las filas del Ordo equester -gritó el pobre hombre, demudado. Yo creo que ni en sus campañas militares habría visto tanta violencia.
– ¡Anotad el nombre de Lucio Equitio! -vociferó Saturnino.
Y Caprario inscribió el nombre en la lista.
– ¡Todos a sus casas! -dijo Saturnino.
Y todos se fueron rápidamente a casa, sacando a Lucio Equitio a hombros.
El Meneítos estaba hecho una pena. Afortunadamente, creo que fuera de peligro. ¡Pero no sabes la rabia que le dominaba! Quería lanzarse sobre su pobre primo Caprario por haber cedido una vez más; y éste, casi con lágrimas en los ojos, no sabía qué alegar.
– ¡Gusanos! ¡Eso es lo que son todos, unos gusanos!
No cesaba de despotricar el Meneítos, mientras los demás trataban de vendarle las costillas -tenía varias rotas- y averiguar qué otras heridas ocultaba su toga. Si, todo fue una locura, pero, por los dioses, Cayo Mario, que hay que admirar el valor del Meneítos.
Mario alzó la vista de la carta, con el entrecejo fruncido.
– ¿Qué es lo que Saturnino se traerá entre manos? -inquirió. Pero Sila estaba pensando en algo mucho más trivial.
– ¡Plauto! -dijo de pronto.
– ¿Qué?
– ¡Los boni, los hombres buenos! Cayo Graco, Lucio Opimio y nuestro buen Escauro dicen que han inventado esa denominación para referirse a sus facciones, pero Plauto aplicaba el término boni a los plutócratas y otros patronos hace un siglo! Recuerdo haberlo oido en una obra de Plauto llamada Cautivos, que representaron cuando Escauro era edil curul y yo tenía edad para ir al teatro.
– Lucio Cornelio -replicó Mario, mirándole de hito en hito-, deja de pensar en quién acuñó una palabra sin importancia y presta atención a lo que tiene sustancia. ¡A ti te hablan de teatro y olvidas todo lo demás!
– ¡Oh, lo siento! -dijo Sila en tono burlón.
Mario reanudó la lectura.
Y ahora nos vamos del Foro a Sicilia, donde han venido sucediendo toda clase de cosas y ninguna buena; aunque algunas siniestramente divertidas y otras francamente increíbles.
Como bien sabes, aunque te refrescaré la memoria, porque detesto las historias sin hilación, al final de la campaña del año pasado Lucio Licinio Lúculo se sentó frente al bastión de esclavos de Triocala decidido a rendirlos por hambre. Había sembrado el terror entre ellos haciendo que el heraldo declamara la historia de aquel bastión enemigo que envió a los romanos el mensaje de que tenían comida de sobra para diez años y los romanos contestaron que, en tal caso, tomarían la plaza el undécimo año,
En realidad, Lúculo efectuó un magnífico asedio, cercando Triocala con un bosque de rampas de asalto, torres, testudos, arietes, catapultas y barricadas, y al mismo tiempo rellenó una enorme sima que había a guisa de defensa natural delante de las murallas. Construyó, además, un estupendo campamento para sus tropas, tan bien fortificado que, aunque los esclavos hubiesen hecho una incursión fuera de la plaza, no habrían logrado entrar en él. Y allí se dispuso a esperar que pasase el invierno, con la tropa bien instalada, y seguro de que a él le prorrogarían el mando.
Luego, en enero, llegó la noticia de que el nuevo gobernador era Cayo Servilio Augur, y, con el despacho oficial, recibió una carta de nuestro querido Metelo Numídico el Meneítos dándole cuenta de los detalles feos y del modo escandaloso en que había sido amañado por Ahenobarbo y su lameculos el Augur.
Tú no conoces bien a Lúculo, Cayo Mario, pero yo si. Como tantos de su clase, él reacciona con una altanería fría, tranquila y distanciada ante la adversidad. Ya sabes: "Soy Lucio Licinio Lúculo, un noble romano de una antigua y prestigiosa familia; con algo de suerte, puede que en alguna ocasión repare en vos." Pero bajo esa fachada hay un hombre totalmente distinto, sensible, fanáticamente consciente de la necedad, lleno de pasión y de temible furia. Así que, al recibir la noticia, aparentemente la aceptó con la calma y tranquila resignación que cabe esperarse de él y procedió a destrozar todas las piezas de artillería, las torres de asedio, el testudo, las escalas, a vaciar el foso, y no dejó nada; quemó todo lo que pudo y limpió los alrededores de Triocala, esparciéndolo todo en mil direcciones. A continuación demolió el campamento y destruyó todos los pertrechos.
¿Crees que ahí paró la cosa? ¡Ni mucho menos, Lúculo no hacía más que empezar! Destruyó todos los archivos de su administración en Siracusa y Lilybaeum y trasladó a sus diecisiete mil hombres al puerto de Agrigentum.
Su cuestor fue abrumadoramente leal y se avino a todo lo que Lúculo dispuso. Habían recibido la paga del ejército y en Siracusa tenían dinero del botín conquistado en la batalla de Heracleia Minoa. Lúculo procedió a multar a todos los ciudadanos no romanos de Sicilia por haber agobiado tanto al anterior gobernador Publio Licinio Nerva, y sumó esa recaudación a los fondos disponibles. Después gastó parte del dinero recién recibido para uso de Servilio el Augur en alquilar una flota para el transporte de sus hombres.
En la playa de Agrigentum licenció a sus tropas y les entregó hasta el último sestercio que le quedaba. Los soldados no eran ya más que una multitud abigarrada, prueba palmaria de que el censo por cabezas de Italia está ya tan agotado como las otras clases en lo que a alistamiento de tropas se refiere. Aparte de los veteranos italianos y romanos que había alistado en Campania, tenía una legión y unas cuantas cohortes de Bitinia, Grecia y Macedonia, por cuya demanda al rey Nicomedes de Bitinia, éste había contestado que no disponía de hombres porque los recaudadores de impuestos romanos los habían esclavizado a todos. Una referencia bastante impertinente a nuestro decreto de liberación de los esclavos de los pueblos itálicos aliados, pues Nicomedes pensaba que su tratado de amistad y alianza con Roma incluía la emancipación de esclavos bitinios. Pero Lúculo se salió con la suya, naturalmente, y consiguió tropas bitinias.
Bien, envió a sus casas a los soldados bitinios y a continuación a los itálicos y romanos, con sus papeles de licenciados. Y tras eliminar todo vestigio de su período de gobernador en los anales de Sicilia, él mismo se embarcó.
En cuanto hubo zarpado, el rey Trifón y su consejero Atenión salieron de Triocala y comenzaron a saquear y pillar de nuevo la isla. Ahora están totalmente convencidos de que ganarán la guerra y su grito de enganche es: "¡En lugar de ser esclavo, ten un esclavo!" No se ha sembrado y las ciudades están atestadas de refugiados del campo. Sicilia vuelve a ser una Iliada de aflicción.
Y en medio de esta deliciosa situación llegó Servilio el Augur. Naturalmente, no daba crédito a sus ojos. Y comenzó a quejarse en sucesivas cartas a su patrón Ahenobarbo Pipinna.
Entretanto, Lúculo llegaba a Roma y comenzó a hacer preparativos para lo inevitable. Cuando Ahenobarbo le acusó en el Senado de destrucción deliberada de bienes romanos -en particular los pertrechos de asedio-, Lúculo se limitó a mirarle por encima de la nariz, diciendo que pensaba que al nuevo gobernador le gustaría comenzar a hacer las cosas a su manera. A él, añadió, le gustaba dejarlo todo tal como lo había encontrado y era exactamente lo que había hecho en Sicilia al final de su mandato: había dejado la isla tal como la había encontrado. El principal agravio de Servilio el Augur era la falta de ejército, porque había imaginado que Lúculo le dejaría las legiones, bien que no se hubiera tomado la molestia de solicitárselas oficialmente. Por consiguiente, sostuvo Lúculo, no habiendo solicitud por parte de Servilio el Augur, él podía disponer libremente de sus tropas, y consideraba que se merecían la licencia.