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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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A mediodía, Cetego se dispuso a oir a los testigos y su aparición causó sensación. Ifícrates y sus compañeros habían elegido las víctimas que habían traído desde Grecia para dar dramatismo al caso y mover a compasión. Lo más estremecedor era un hombre que no podía testificar en absoluto, pues Hibrida le había cortado parte de la cara y la lengua; pero su esposa si que hablaba y con un odio profundo, y fue un testigo sin par. Cetego la escuchó sin interrumpirla, mirando al pobre marido, demudado y sudando. Después de aquel testimonio, suspendió la vista hasta el día siguiente, rogando a los dioses poder llegar a casa antes de ponerse enfermo.

Pero Hibrida no se resignaba, y, al salir del tribunal, agarró a César por el brazo y le retuvo.

– ¿De dónde has sacado a esos desgraciados? -inquirió con gesto de doloroso asombro-. ¡ Habrás tenido que recorrer el orbe! Pero no te servirá de nada. ¿Quiénes son al fin y al cabo? ¡Un puñado de monstruos sinvergüenzas! ¡ Una pandilla ansiosa de cobrar increíbles indemnizaciones de Roma en vez de contentarse con pedir limosna en Grecia!

– ¿Un puñado? -rugió César a voz en grito, acallando el rumor de la multitud que se dispersaba y que se volvió a oir lo que decía-. ¿Simplemente? ¡Yo te digo, Cayo Antonio Hibrida, que uno solo ya sería un exceso! ¡Uno solo! ¡Un solo hombre, mujer o niño mutilado de esa manera atroz es ya un exceso! ¡Un solo hombre o mujer despojado de su juventud, belleza y pundonor es excesivo! ¡Largo! ¡Vete a casa!

Y Cayo Antonio Hibrida marchó a su casa, abrumado al ver que sus abogados no le acompañaban. Hasta su hermano había buscado un pretexto para no verle. Pero no caminó a solas: tras él iba un hombrecillo regordete que se había hecho bastante amigo suyo en aquel año y medio que llevaba en el Senado. El hombre se llamaba Cayo Elio Estaeno y ansiaba tener aliados poderosos, comer gratis en la mesa de otros y codiciaba asquerosamente el dinero. Había recibido algo de Pompeyo el año anterior, cuando era cuestor de Mamerco y había provocado un motín, no uno sangriento, ¡ eso no!, todo había salido bien al final y nadie había sospechado lo más mínimo de él.

– Vas a perder -comentó a Hibrida, cuando entraban en la lujosa mansión de éste en el Palatino.

– Lo sé -replicó Hibrida, que no tenía ganas de discutir.

– ¿Y no sería estupendo ganar? -inquirió Estaeno con gesto soñador-. Dos mil talentos; ése es el premio.

– Yo voy a tener que buscar dos mil talentos, con lo que quedaré en la ruina más años que los que me quedan de vida.

– No necesariamente -replicó Estaeno con un ronroneo, sentándose en la silla de los clientes del despacho y mirando en derredor-. ¿Te queda vino de Quíos? -preguntó.

Hibrida se dirigió a una consola y, de una jarra, sirvió dos vasos sin agua, tendiendo uno de ellos a Estaeno antes de sentarse. Dio un gran sorbo y le miró fijamente.

– ¿Se te ha ocurrido algo? -dijo-. ¿De qué se trata?

– Dos mil talentos es mucho dinero. Mil talentos ya lo son.

– Cierto -dijo Hibrida, descubriendo con sus labios gordezuelos los blancos y perfectos dientes en una sonrisa-. ¡No soy ningún imbécil, Estaeno! Si acepto repartir contigo los dos mil talentos, tienes que asegurarme que salgo bien librado. ¿Estamos?

– Estamos.

– Pues, de acuerdo. Me salvas y mil de esos talentos griegos son tuyos.

– En realidad, es sencillo -añadió Estaeno pensativo-. Las gracias debes dárselas a Sila, desde luego. Pero como está muerto no le importará que me las des a mí.

– ¡Deja de atormentarme y dime lo que es!

– ¡Ah, sí! No me acordaba de que prefieres atormentar a otros en vez de que te atormenten a ti.

Como tantos hombres ruines que de pronto se ven en una posición de fuerza, Estaeno no podía ocultar su contento por tenerle en sus manos, aunque ello significase que cuando concluyese el asunto también sería el final de su amistad con Hibrida. Por muy bien que saliera todo. Pero le tenía sin cuidado. Mil talentos era una buena compensación. ¿De qué valía la amistad con un individuo como Hibrida?

– ¡Dímelo, Estaeno, o lárgate!

– El ius auxilii ferendi -dijo Estaeno.

– ¿Y qué?

– La función original de los tribunos de la plebe y la única que Sila no anuló: arrancar a un miembro de la plebe de manos de un magistrado.

– ¡El ius auxilii ferendi! -exclamó Hibrida asombrado, y su rostro preocupado se iluminó por un instante-. No aceptarán -dijo al cabo, de nuevo con rostro ensombrecido.

– Sí que aceptarán -replicó Estaeno.

– ¡Sicinio, no; jamás! Basta con un veto del colegio y los otros nueve tribunos son impotentes. Sicinio no se avendrá, Estaeno. Es una peste pero no se deja sobornar.

– A Sicinio -añadió Estaeno, sin caber en sí de contento- no le ven con buenos ojos sus otros nueve colegas. Ha incordiado tanto y les ha robado de tal modo la audiencia del Foro, que están hartos de él. De hecho, anteayer oí que dos de ellos le amenazaban con tirarle desde la roca Tarpeya si no deja de reclamar que les devuelvan los derechos.

– ¿Quieres decir que se le podría intimidar?

– Sí; eso es. Naturalmente, tendrás que encontrar una buena suma entre hoy y mañana, porque ninguno de ellos aceptará si no se les remunera bien. Pero tú puedes… y más teniendo mil talentos en vista.

– ¿Cuánto? -inquirió Hibrida.

– Cincuenta mil sestercios por nueve. Cuatrocientos cincuenta mil. ¿Puedes?

– Probaré. Iré a ver a mi hermano, a quien no le gustan los escándalos en la familia. Y a otros. Sí, Estaeno, creo que podré.

Y así lo convinieron. Cayo Elio Estaeno no paró aquella tarde, yendo de casa en casa de los tribunos de la plebe: Marco Atilio Bulbo, Manio Aquilio, Quinto Curio, Publio Popilio y así hasta nueve de los diez. A casa de Cneo Sicinio ni se acercó.

La vista tenía que reanudarse dos horas después del amanecer; a esa hora ya se había producido algo espectacular en el Foro, por lo que prometía ser una jornada excepcional para los que merodeaban por él, que estaban extasiados. Poco después del amanecer, los nueve colegas tribunos de la plebe de Cneo Sicinio le habían llevado en volandas hasta lo alto del Capitolio, dándole una paliza descomunal y acercándole hasta el borde de la llamada roca Tarpeya para mostrarle los aguzados riscos de abajo. ¡Se había acabado la constante campaña de agitación demandando el restablecimiento de los derechos de los tribunos de la plebe!, le gritaron, teniéndole colgado cabeza abajo, y él les había jurado que haría lo que le dijesen. Luego, le metieron en una litera y le mandaron a casa.

No había acabado Cetego de abrir la segunda sesión del proceso contra Hibrida, cuando nueve tribunos de la plebe se personaron en el tribunal de Varrón Lúculo gritando que un magistrado había detenido a un miembro de la plebe contra su voluntad.

– ¡Os requiero a que ejerzáis el ius auxilii ferendi! -gritó Hibrida, abriendo los brazos en gesto de imploración.

– ¡Marco Terencio Varrón Lúculo, un miembro de la plebe nos requiere a que ejerzamos el ius auxilii ferendi! -dijo Manio Aquilio-. ¡Te notifico que vamos a ejercerlo!

– ¡Esto es un ultraje inadmisible! -gritó Varrón Lúculo, poniéndose en pie de un salto-. ¡Os prohibo ejercer tal derecho! ¿Dónde está el décimo tribuno?

– En su casa en cama, muy enfermo -dijo Manio Aquilio con sorna-, pero puedes enviar a buscarle que no nos vetará.

– ¡Transgredís la justicia! -chilló Cetego-. ¡Una ofensa! ¡Una vergüenza! ¡Un escándalo! ¿Cuánto os ha pagado Hibrida?

– ¡Suelta a Cayo Antonio Hibrida o apresaremos a los que se opongan y los arrojaremos desde la roca Tarpeya! -gritó Manio Aquilio.

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