Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¡Estáis entorpeciendo la justicia! -dijo Varrón Lúculo.
– No puede haber justicia en el tribunal de un magistrado, como bien sabes, Varrón Lúculo -replicó Quinto Curio-. ¡ Un hombre no es un jurado! ¡Si quieres acusar a Cayo Antonio, hazlo ante un tribunal de lo criminal en que no es aplicable el ius auxilii ferendi!
César permanecía en pie sin moverse y no trató de hacer objeción alguna. Sus clientes, detrás de él, temblaban. Con rostro imperturbable, se volvió hacia ellos y les dijo:
– Yo soy un patricio, no un magistrado. Debemos dejar que el praetor peregrinus resuelva la situación. ¡No digáis nada!
– ¡Muy bien, llevaos a vuestro miembro de la plebe! -dijo Varrón Lúculo, poniendo la mano en el brazo de Cetego para contenerle.
– Y como he ganado el proceso -dijo Cayo Antonio Hibrida en medio de los nueve agresivos tribunos de la plebe-, me corresponde la sponsio depositada por los queridos clientes griegos de César.
La alusión al amor griego era una afirmación infamante que instantáneamente hizo recordar a César la dolorosa acusación relativa a su relación con el rey Nicomedes. Sin dudarlo un segundo, cruzó entre los tribunos de la plebe y cogió a Hibrida por la garganta con las dos manos. Hibrida siempre se había creído un Hércules, pero no podía zafarse de aquellas manos ni repeler a su atacante, en quien no habría jamás imaginado tal fuerza. Tuvieron que quitarle a César de encima entre Varrón Lúculo y seis lictores, y algunos de los testigos se preguntaron después extrañados por la pasividad de los nueve tribunos de la plebe que no habían movido un dedo por ayudar a Hibrida.
– ¡Se sobresee el caso! -dijo a voz en grito Varrón Lúculo-. ¡Se acabó la vista! ¡Yo, Marco Terencio Varrón Lúculo, la declaro concluida! ¡Querellantes, recoged la sponsio! ¡Y todo hijo de vecino a su casa!
– ¡La sponsio! ¡La sponsio es de Cayo Antonio! -gritó otra voz: la de Cayo Elio Estaeno.
– ¡No es de Hibrida! -gritó Cetego-. ¡Ha sido sobreseído el caso por el praetor peregrinus a cuya jurisdicción pertenece! ¡ La sponsio se devuelve a su dueño, esto no es una apuesta!
– ¿Queréis llevaros a vuestro miembro de la plebe y salir de este tribunal? -dijo Varrón Lúculo, apretando los dientes, a los tribunos de la plebe-. ¡ Fuera todos de aquí! ¡Y me permito deciros que no habéis hecho ningún bien a la causa del tribunado de la plebe con esta escandalosa transgresión de su propósito original! ¡Haré cuanto esté en mi mano para teneros callados para siempre!
Salieron los nueve con Hibrida y Estaeno detrás de ellos, lamentándose de la sponsio perdida, y el acusado tocándose la magullada garganta.
Mientras la multitud excitada se arremolinaba, Varrón Lúculo y César se miraron.
– Me habría encantado dejar que estrangulases a esa bestia, pero comprenderás que no podía -dijo Varrón Lúculo.
– Lo comprendo -dijo César, aún tembloroso-. ¡ Demasiado me he dominado! No soy violento, pero no soporto que un excremento como Hibrida me llame desviado.
– Evidentemente -dijo Varrón Lúculo tajante, recordando lo que su hermano había dicho a propósito del tema.
César hizo también una pausa para pensar con cuál de los hermanos hablaba y pensó que Varrón Lúculo sabría a qué atenerse.
– ¿Podéis creeros el descaro de ese gusano? -terció Cicerón, acercándose ahora que los ánimos ya se habían calmado-. ¡ Reclamar la sponsio, por todos los dioses!
– Hace falta ser descarado -dijo César, señalando al mutilado y a su esposa.
– ¡Repugnante! -exclamó Cicerón, sentándose en la escalinata del tribunal y enjugándose el rostro con el pañuelo.
– Bien -dijo César a Ifícrates, que permanecía inmóvil sin saber qué hacer-, al menos no has perdido los dos mil talentos. Y yo diría que si deseabas causar revuelo en Roma, lo has conseguido. Creo que el Senado tendrá más cuidado en el futuro con quién envía de gobernador a Macedonia. Vuelve a la hospedería y llévate a esos dos desgraciados. Lamento que sus conciudadanos tengan que seguir manteniéndolos, pero ya te previne.
– Yo sólo lamento una cosa -dijo Ifícrates, alejándose-. Que no hayamos podido castigar a Cayo Antonio Híbrida.
– No hemos conseguido arruinarle -replicó César-, pero tendrá que marcharse de Roma. Y pasará mucho tiempo para que ose asomar su cara por la ciudad.
– ¿Crees que Hibrida ha sobornado realmente a nueve tribunos de la plebe? -inquirió Cicerón.
– ¡De eso, cuando menos, estoy seguro! -espetó Cetego, todavía acalorado-. Aparte de Sicinio, a pesar de cuánto le detesto, los tribunos de la plebe de este año son una escoria.
– ¿Y por qué habían de ser espléndidos? -dijo César, aún bajo los efectos de la cólera-. No hay gloria alguna en ostentar actualmente un cargo que no sirve para nada.
– Me pregunto cuánto habrá tenido que pagar Hibrida a esos nueve tribunos de la plebe -añadió Cicerón, sin dejar de pensar en su tesis.
– Unos cuarenta mil por cabeza -dijo Cetego, torciendo el gesto.
– ¡Cetego, con qué seguridad lo dices! -comentó Varrón Lúculo, poniendo los ojos en blanco-. ¿Cómo lo sabes?
El rey de los pedarios del Senado contuvo su cólera; no era su estilo y, por otra parte, era comprensible la pregunta. Y comenzó a contestar, enarcando las cejas con el acostumbrado tonillo lento y pesado.
– Mi querido praetor peregrinus, yo conozco en todos sus detalles la codicia de los senadores, y podría decirte el precio en sestercios de todos los sobornables. En cuanto a esa escoria: cuarenta mil por cabeza.
Y eso era lo que Cayo Elio Estaeno había pagado, como estaba averiguando Hibrida; porque se había reservado nueve mil sestercios.
– ¡Devuélvemelos! -dijo el torturador-. ¡Dame los sestercios, Estaeno, o te saco los ojos con mis propias manos! ¡Tus dos mil talentos me han costado ya trescientos sesenta mil sestercios!
– Ten en cuenta que fue idea mía recurrir al ius auxilii ferendi -replicó Estaeno sin amedrentarse-. Me quedo con los nueve mil. En cuanto a ti, da gracias a los dioses por no haber perdido toda tu fortuna.
El revuelo que suscitó la frustrada vista tardó un tiempo en calmarse y sus consecuencias duraron bastante. Una de ellas fue que aquel año el colegio de los tribunos de la plebe figuró en los anales de los cronistas políticos como uno de los más vergonzosos; otra, que Macedonia quedó en manos de gobernadores responsables, no por ello menos belicosos. Cneo Sicinio no volvió a hablar en el Foro de recuperar los plenos poderes del tribunado de la plebe, la fama de abogado de César subió como la espuma y Cayo Antonio Hibrida se ausentó de Roma y de todos los lugares romanos durante varios años. De hecho, emprendió viaje a la isla de Cefalonia en el mar Jónico, en donde era el único ser civilizado (si así podía llamársele), y halló varios antiguos enterramientos en túmulo llenos de tesoros: dagas con preciosas incrustaciones, máscaras de oro, jarras de cobre, copas de cristal y montones de alhajas, de muchísimo más valor que los dos mil talentos y suficientes para asegurarle el consulado cuando regresase aunque tuviese que comprar hasta el último voto.
Sólo un incidente más animó la vida de César al año siguiente, que pasó en Roma dedicado a la abogacía cada vez con mayor éxito. Había un tribuno de la plebe llamado Quinto Opimio, y el segundo cónsul, Cayo Aurelio Cotta, era tío de César y había propuesto en el Senado que a los tribunos de la plebe se les autorizase a aspirar a cargos más altos. Arrastrada por la oratoria de Cayo Cotta e influida por el escándalo del año anterior, la cámara envió a la asamblea plebeya un senatus consultum solicitando que los tribunos de la plebe volvieran a ser autorizados a ser candidatos a magistraturas más altas, y la asamblea elevó complacida el decreto a rango de ley.
El que más enconadamente se opuso a ello fue Catulo, quien se enemistó por ello con Opimio; él había intervenido para que Opimio fuese gravemente multado por alzar su veto a la modificación de las leyes de Sila, cuando el año anterior Cayo Cotta presentó una cláusula para regular las rentas del ager publicus a falta de censores. Ahora, Opimio, alineado con Cayo Cotta, se dedicaba a amargar la vida a Catulo con sus intervenciones mezcla de ironía y arenga, lo que provocaba en César no pocas sonrisas.