Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
De noche, Nueva York es una ciudad iluminada e irreal, envuelta en un fulgor azul-negruzco. Quizá sea la ciudad que nunca duerme, pero si se toma como referencia mi calle, la verdad es que no habría tenido dificultades para conciliar el sueño. Los coches aparcados se apretaban unos a otros junto al bordillo, pugnando por conservar la posición en que los habían dejado sus usuarios; los ruidos nocturnos llegaban como un palpito, como un zumbido, y sólo se oía una musiquilla, algunas voces en la pizzería en la acera de enfrente y el runrún monótono del metro aéreo del West Side, la melodía de Manhattan.
Tenía el cerebro embotado. No sabía qué estaba sucediendo ni lo que iba a hacer. La conversación con la madre de Sheila había aclarado poco y había suscitado más interrogantes, y las palabras de Melissa seguían mortificándome, pero ella sí había planteado algo interesante: ahora que sabía que Ken estaba vivo, ¿qué estaba yo dispuesto a hacer?
Quería encontrarlo, por supuesto.
Quería encontrarlo a toda costa. ¿Y qué? Además de que yo no era un detective a la altura de las circunstancias, si Ken quería que lo encontraran, a quien primero recurriría sería a mí. Buscarlo sólo conduciría al desastre.
Quizá tenía otra prioridad.
Primero, mi hermano había huido. Ahora, había desaparecido mi novia. Fruncí el ceño. Menos mal que no tenía perro.
Estaba a punto de llevarme la botella a los labios cuando lo vi.
Estaba plantado en la esquina a unos cincuenta metros de mi casa, enfundado en una gabardina, con una especie de sombrero tirolés y las manos en los bolsillos. Desde tan lejos, su rostro semejaba un globo blanco brillante sobre fondo oscuro, un círculo sin rasgos en el que no se apreciaban los ojos, pero sabía que me miraba y notaba la intensidad de su mirada. Se podía palpar.
El hombre permanecía inmóvil.
Los escasos peatones que pasaban por la calle sí se movían, como hace la gente de Nueva York: moverse, andar, caminar con algún propósito, y hasta cuando se paran ante un semáforo o porque pasa un coche no dejan de moverse, preparándose. Los neoyorquinos se mueven constantemente. No se están quietos.
Pero aquel hombre parecía una estatua de piedra mirándome. Parpadeé con fuerza. Seguía allí. Le di la espalda y me volví a mirar. Seguía inmóvil. Pero había algo más.
Algo en él me resultaba familiar.
No quise darle mayor importancia; nos separaba una distancia considerable, era de noche y yo no veo muy bien y menos con luz artificial, pero se me erizaron los pelos de la nuca como a un animal que intuye el peligro.
Opté por seguir mirándolo a ver cómo reaccionaba, pero ni se inmutó. Perdí la noción del tiempo que estuvimos así, pero noté que se me helaban las puntas de los dedos, aunque al mismo tiempo sentí crecer en mí una fuerza interior y no aparté la vista de él. El rostro sin rasgos tampoco la apartó.
Sonó el teléfono.
Al fin aparté la mirada de él y vi que mi reloj marcaba casi las once. Era tarde para llamar. Entré sin volver la cabeza y cogí el receptor.
– ¿Dormías? -dijo la voz de Cuadrados.
– No.
– ¿Damos una vuelta en coche? Aquella noche, él se encargaba de la furgoneta.
– ¿Te has enterado de algo?
– Nos vemos en el estudio dentro de media hora.
Colgó. Yo volví a la terraza, miré hacia la calle y el hombre ya no estaba.
La escuela de yoga se llamaba Cuadrados. Yo, naturalmente, le tomaba el pelo. Cuadrados se había convertido en un sinónimo de Cher o Fabio. La escuela, el estudio o como quiera llamarse, tenía su sede en un edificio de seis pisos en University Place cerca de Union Square y tuvo unos orígenes modestos, anónimos, hasta que una famosa, una estrella del pop muy conocida, «descubrió» a Cuadrados. Se lo contó a sus amistades y unos meses después apareció un artículo en Cosmopolitan y después otro en Elle. Luego, en un momento dado, una empresa importante de información comercial propuso a Cuadrados grabar un vídeo y él, firme partidario de la mercadotecnia, no se hizo de rogar y fue así como nació el Cuadrado Yoga Corporation, marca registrada. El día de la grabación del vídeo, Cuadrados incluso se afeitó.
El resto era historia.
De un día para otro pronto no hubo en Manhattan y aledaños un solo acontecimiento social que se preciara que no contara con la presencia del gurú de moda en mantenimiento físico. Cuadrados rehusaba casi todas las invitaciones pero aprendió pronto a establecer contactos. Casi no le quedó tiempo para dar clases. En la actualidad, si uno quiere seguir un cursillo en su escuela, aunque sean los impartidos por alguno de sus discípulos más jóvenes, tiene que apuntarse a una lista de espera de dos meses como mínimo. Cuadrados cobra veinticinco dólares por clase y es dueño de cuatro estudios, el más pequeño de los cuales acoge a cincuenta alumnos y el mayor a doscientos, y cuenta con una plantilla de veinticuatro profesores en turnos rotatorios. Eran las once y media cuando llegué a la escuela y había aún tres clases en marcha.
Hagan el cálculo.
En el ascensor empecé a oír unos arpegios lastimeros de sitar combinados con un chapoteo de cascadas, una mezcla sonora que a mí me resulta tan tranquilizante como una porra eléctrica a un gato. Lo primero que vi en el vestíbulo fue la tienda de regalos con incienso, libros, lociones, cintas, vídeos, CD y DVD, cristales, cuentas, ponchos y camisetas teñidas a mano. Tras el mostrador había dos seres anoréxicos de veintitantos años vestidos de negro que apestaban a cereales de desayuno. Eternamente jóvenes, cómo no; uno varón y otro mujer, aunque costaba diferenciarlos. Hablaban con voz pausada y tendente al estilo paternalista de un encargado de restaurante de moda recién inaugurado y en sus innumerables piercings abundaban la plata y el turquesa.
– Hola -dije.
– Quítese los zapatos, por favor -replicó el posible varón.
– Ah, sí.
Me descalcé.
– ¿Su nombre, por favor? -añadió la posible mujer.
– Vengo a ver a Cuadrados y me llamo Will Klein.
El nombre no les decía nada y pensaron que era nuevo.
– ¿Tiene usted cita con el yogui Cuadrados?
– ¿El yogui Cuadrados? -repetí.
Me miraron los dos.
– Díganme una cosa: ¿es yogui Cuadrados más elegante que el Cuadrados corriente? -pregunté.
Los jovencitos me miraron muy serios, sorprendidos. Ella tecleó en el ordenador y observaron juntos la pantalla con el ceño fruncido; él cogió el teléfono y marcó un número, la música de sitar aumentó una barbaridad y sentí que se apoderaba de mí un dolor de cabeza insoportable.
– ¿Will?
Con la cabeza alta, las clavículas prominentes y atenta al mínimo detalle, una Wanda espléndida y en leotardos hizo su aparición. Además de la profesora número uno de Cuadrados era también su amante desde hacía tres años. Hay que puntualizar que los leotardos eran de color lavanda y le quedaban muy bien. La presencia de Wanda resultaba una visión de impacto: alta, de miembros esbeltos, ágil, hermosa a morir y negra. Negra, sí. Una ironía para quienes estábamos al corriente del origen del tatuaje de Cuadrados.
Me abrazó con calidez de humo de leña mientras yo ardía en deseos de que durase eternamente.
– ¿Cómo estás, Will? -preguntó con voz melosa.
– Ya estoy mejor.
Retrocedió un paso para escrutar si decía la verdad. Había asistido al entierro de mi madre y no había secretos entre ella y Cuadrados, del mismo modo que no los había entre Cuadrados y yo, así que, en consecuencia, como si se tratase de una prueba algebraica sobre las propiedades de comunicación, cabía deducir que no había secretos entre ella y yo.