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El hospital de los dormidos

Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:

El hospital de los dormidos es otra novela policiaca de García Pavón. Tipo de novela con escasos antecedentes en nuestro país, que él supo españolizar en el mejor de los sentidos y de manera personalísima, entre otras muchas características, con los dos protagonistas, ya populares: Plinio. jefe de la G.M.T. (Guardia Municipal de Tomelloso), y su colaborador y viejo amigo, el albéitar don Linaria.El caso de El hospital de los dormidos es originalísimo, gracioso, y está tratado con tal habilidad, que mantiene al lector en permanente suspensión y sonrisa -cuando no carcajada- hasta el final, totalmente imprevisible. En ello colaboran: la plasticidad de su lenguaje, la sorna de su realismo, el trazado de los tipos y la prosa tan sorpresiva del autor, que hasta refleja la sociedad de su pueblo, sin el menor parcialismo.
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Se subió cada uno a una rueda del remolque.

– No, los setenta, no. Sobre todo éste del traje a rayas -dijo Rufo, agarrado a la carrocería- todavía tiene poca papadilla… Pero lo que yo te digo, Manuel. ¿A que parecen dormidos tan a gusto, con esa risilla de bigote, como si tuvieran a Tip y Coll debajo de la oreja?

Desde la rueda de enfrente,Plinio le decía que sí cabeceando, sin dejar de mirar la risilla de los dormidos.

– Que los doctores vienen supinos -dijo Maleza apescándose en la carrocería para subir también al remolque.

– ¿Supinos, Maleza? Cada vez tienes un palabrerío más de domingo.

Y al cabo empezó a reírse, como siempre que su jefe le hacía chistes.

– ¡Eh! Ya llegan los dos doctores a la vez -señaló Maleza-. La curiosidad no perdona ni a los que se pasan el día mirando la vida por el microscopio.

Primero cruzó la calle de Socuéllamos hacia ellos el boticario Luis Menchen, con la bata blanca y el cogote muy pegado a la espalda. Y en seguida, desde la glorieta, también con la bata blanca como el pelo, gafas y mirando al suelo, Federico.

Ambos se quedaron junto al tractor.

– Es mejor que suban ustedes por esta escalerilla que tengo aquí -saltó Rufo muy diligente-… Yo, como ya no puedo subir por las ruedas como los mozos -añadió señalando a Plinio y a don Lotario que estaban tan derechos sobre las ruedas de atrás.

Muchos de los que boineaban en la glorieta de la Plaza haciéndole corro al aire y hablándolo de toda la vida, miraban ya hacia laPosada del Rincón.

Abierto el remolque, médico y boticario, agarrándose uno a otro con mucho cuidado, subieron por la llamada escalerilla. Rufo los siguió. Maleza, desde el suelo, intentaba ver por entre las piernas de todos. Procurando no pisar los melones que había en el remolque,todos contemplaban a los durmientes tumbados de mala manera y como haciendo uve sobre la parte más colocada del montón de melones.

– Tienen pinta de haber estado de boda o cosa así, por lo majetes que van -dijoPlinio.

Federico y Menchen pulseaban y movían las cabezas de los caídos, que se sonreían más a cada meneo, como si en vez de tocarles la cara o los hombros les cosquilleasen las ingles.

– ¿Ustedes tampoco los conocen? -preguntóPlinio a los sanitarios.

– No. Ahora que no he visto en mi vida una cosa igual. ¿Y tú, Federico? Los borrachos, si los mueves, se despiertan más o menos conscientes, según el grado que tengan -dijo Menchen.

– Éstos -añadió el doctor Federico-, al revés, cuanto más los mueves, más se acucunan y con más gustillo.

– Podríamos reconocerlos con cuidado a ver si se aprecia algo.

– Muy bien, Federico. Ahora los arrimamos ahí a la farmacia y los ojeamos bien…

La gente de la plaza se había ido arrimando y algunos ya estaban abocicados entre los melones del remolque.

– O si no, Federico, los llevamos a tu clínica, que es más grande, y ahí podemos mirarlos a gusto sin tanto espectador. Aparte de que esto es cosa de médicos, como tú, y no de boticarios como uno.

– Qué listo eres.

– Nada de listo, Federico. Lo digo en serio. ¿Y si les da por dormir hasta mañana?

– Se los traemos aPlinio.

– Hala, sí, venga, que esto se pone imposible: hagan el favor de apartarse.

Haciendo equilibrios se bajaron todos por la escalerilla. Cerraron la carrocería. Guardias y sanitarios se fueron a pie y Rufo arrancó el remolque entre los comentarios del personal.

– Oye, Maleza, tráete cuatro números para ayudar a bajar a los dormidos.

– ¿Y dice usted, Manuel, que los casos que conoce como éstos se están así durmiendo ocho o diez horas?

– Sí, don Federico.

– Pues estamos aviados si tienen que estar ese tiempo dormidos en casa.

Menchen echó una risotada.

– No se preocupe usted, doctor -le dijoPlinio a Federico-, que si después de reconocerles no consiguen despertarles, nos los traemos al Ayuntamiento.

– O se les lleva al Ambulatorio, que es lo suyo.

Los curiosos, al ver maniobrar al remolque, se fueron hacia el laboratorio de don Federico Martínez Arias.

El tractor de Rufo, después de hacer la maniobra ante la portada de la Posada del Rincón, tiró hacia la calle de la Independencia.

– Verás tu Encarnita, cómo se va a poner cuando vea todo este jaleo que me has armado, Luis.

– Encima que te brindo la clientela… Comprende que no me lo podía llevar yo a mi farmacia, sin espacio y para entorpecerme las ventas.

– Ya, ya…, las ventas, licenciado.

– Claro, las cosas como son, doctor.

Las ventanas y balcones de la calle de doña Crisanta estaban repletos de cuerpos y caras. El remolque paró frente a la portada de doña Luisa y los cuatro números, como si lo hubieran hecho adrede, llegaron uno detrás de otro y hasta marcando un poco el paso.

– Venga, bajad a los dormilones y dejadlos ahí, donde esperan los que tienen hora.

– De acuerdo, jefe.

– Lo que todavía no sabemos, Manuel, es de dónde son.

– En eso estaba pensando. Voy a ver si llevan documentación.

– Pesan un rato -dijo uno de los guardias al bajar al del traje de rayas.

– Sentadlos ahí en las sillas esas de enfrente.

Plinio metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de cuadros al de las piernas tan gordas, al tiempo que le palpaba el pelo.

– Sí tiene -y sacó la cartera.

– ¿Y fijador también, Manuel?

– También.

Plinio se puso las gafas y empezó a rebuscar en ella. Por fin sacó un documento nacional de identidad y apartándoselo mucho de los ojos leyó:

– ¿De dónde es, Manuel?

– De Villarrobledo.

– ¿De Villarrobledo? Federico, el pueblo de tu familia.

– Pues no me suenan sus caras.

– A ver éste.

Manuel le sacó una cartera estrecha y muy larga, llena de tarjetas de bingo y empezó a mirarlas, apartándoselas mucho de los ojos.

– Éste no tiene nada más que tarjetas de bingo… Ah, y el carnet de conducir… También de Villarrobledo.

– Vamos a quitarles las chaquetas… Así. Y ahora a éste.

– ¿Qué quieres ver, Luis?

– A ver si tienen señal de pinchazos.

– No tienen pinta de drogados, ni de bebidos, como dijimos.

– No, de droga, no. Son de otros tiempos.

Al sacarle las mangas de la chaqueta al de las piernas gordas, se le quedó la cara embarbillada sobre el pecho, pero sonriendo mucho.

– Se ríe como si le hubieras hecho cosquillas.

– Pues no. No sé qué le da tanto gusto.

Le arremangó bien los dos brazos y luego las piernas y se las examinó acercándole mucho los ojos.

– Nada, de pinchazos nada.

– A ver si les dieron algún golpe en la cabeza.

– No les iban a dar un golpe a cada villarrobledeño, y los dos iguales… Además, si estuvieran obnubilados no se reirían, digo yo.

– A ver si les ha picado la mosca deltsetsé.

Los de Villarrobledo, ahora deschaquetados, cada cual en su silla, el gordo con la cabeza caída y el otro con la nuca sobre el respaldo parecía como, si a la vez, les diese mucho gusto todo lo que decían los guardias, don Lotario, los sanitarios, Rufo y Federico Huertas, que había bajado con la bata llena de pintura.

– ¿Y si estuvieran hipnotizados, Federico?

– Ya he pensado en ello, Lotario, pero no creo que en el pueblo haya nadie que se dedique a eso.

– Claro, porque si alguien supiera hacerlo se ganaría la vida con ello y no dejaría a sus dormidos en los barbechos, a la orilla del río seco, junto a los novios dejados o echados en los remolques -dijoPlinio.

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