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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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Cuando volvió a ver a Yseut, la joven estaba muerta.

5

«CAVE NE EXEAT»

He visto allí fantasmas que eran como hombres

Y hombres que eran como fantasmas deslizarse y deambular.

Thomson.

– Intuición -dijo Gervase Fen, con firmeza-, en eso termina todo a la larga: intuición.

Miró desafiante a su auditorio, como instándolos a que lo contradijeran. Pero nadie lo hizo. Por un lado estaban en las habitaciones del propio Fen, y como todos habían hecho los honores al fino oporto con que el dueño de la casa los había convidado, discutir su punto de vista habría sido una descortesía. Por el otro, hacía un calor espantoso y Nigel, al menos se sentía muy poco inclinado a hacer otra cosa que descansar. Eran las ocho de la noche del viernes, y hacía apenas tres horas que había llegado de Londres, después de un viaje agotador. Estaba fatigado. Estiró las piernas, dispuesto a asimilar lo que Fen tuviera que decir sobre su tópico favorito.

La habitación era amplia, miraba hacia el segundo patio de St. Christopher's de un lado, y el jardín del otro. Estaba en el primer piso, y le daba acceso un corto tramo de escalones que nacían en el corredor abierto por el que se llegaba al jardín.

Amueblada con sobria elegancia, sólo algunas miniaturas chinas y las filas de libros minuciosamente dispuestos en la estantería baja que cubría las cuatro paredes del cuarto rompían el crema frío de los muros, en marcado contraste con el verde oscuro de la alfombra y las cortinas. Varios medallones y bustos descascarados de los principales maestros de la literatura inglesa adornaban la repisa de la chimenea, y un enorme escritorio, atestado de papeles y libros en completo desorden, dominaba la pared que daba al norte. La esposa de Fen, una mujercita sencilla, con gafas, dueña de una gran sensibilidad y que contra toda lógica respondía al nombre de Dolly, estaba junto a una esquina de la chimenea, donde ardían innecesariamente unas cuantas brasas. Fen se había situado en el otro extremo, y espaciados a intervalos diversos entre ambos estaban Nigel, sir Richard Freeman y un profesor muy anciano llamado Wilkes, que minutos antes se había unido al grupo sin ninguna razón aparente. Cuando llegó, Fen fue extremadamente grosero con él, pero por hábito siempre lo era con todos; consecuencia natural, reflexionó Nigel, de su monstruoso exceso de vitalidad.

– Oh, usted. ¿Qué desea? -había preguntado al verlo. Pero tras sentarse en una silla, Wilkes había pedido un whisky, decidido evidentemente a quedarse, y hasta tarde.

– Es una lástima que haya venido, ¿sabe? -prosiguió entonces Fen-. Seguramente se aburrirá con esta gente -y nadie habría podido decir en detrimento de quién había hecho el comentario.

Wilkes, no obstante, era un poco sordo. Haciendo caso omiso de esa y otras insinuaciones por el estilo, dedicó una sonrisa benévola a la concurrencia en general y renovó su anterior pedido de whisky. Fen se lo sirvió entre resignado y pesaroso, y a partir de entonces buscó consuelo criticando por lo bajo al viejo colega, lo que resultó muy embarazoso para todos, menos para Mrs. Fen, que, aparentemente acostumbraba a tan extemporáneo comportamiento, soltaba de vez en cuando un: «¡Por favor, Gervase!», en automática reconvención.

Caía la noche. De un lado una breve estructura salida del tablero de Iñigo Jones, del otro el gran parque flaqueado de árboles y canteros se desdibujaban en la penumbra. En el horizonte tres reflectores comenzaron a trazar sus complicados dibujos trigonométricos, mientras que abajo, en el patio, algunos estudiantes bulliciosos entonaban un coro escolar con una letra algo distinta de la incluida en las versiones impresas.

Sir Richard Freeman dejó oír una tosecita desaprobatoria cuando Fen se embarcó en su logomaquia; no era la primera vez que oía esos conceptos. Pero indirectas tan sutiles no hacían mella en Fen, que siguió ampliando sus ideas con numen desbordante.

– Es como siempre le digo, Dick -decía ahora-, la investigación policíaca y la crítica literaria terminan en lo mismo: intuición, esa componente miserable y degradada de nuestras seudofilosofías modernas… Sin embargo -continuó, descartando la intrusa divagación con evidente renuncia- no se trata de eso. Se trata, sencillamente, de que a un detective la relación que existe entre una pista y otra (la naturaleza de la relación entre una y otra pistas, diría yo) se le ocurre exactamente en la misma forma (ya sea por lógica acelerada o cualquier otra facultad perfectamente extrarracional) que el crítico literario capta la naturaleza de la relación que hay, digamos, entre Ben Jonson y Dryden.

Se interrumpió, vacilante, olfateando acaso un fallo inherente en el ejemplo, pero saltándolo apresuradamente volvió a internarse en cambio en las regiones más seguras de la peroración abstracta.

– Así que una vez que a usted se le ocurre una idea, puede trabajar con vistas a corroborarla basándose en algo del texto, o en alguna de las restantes pistas. A veces equivoca el camino, por supuesto, pero siempre está la lógica para confirmarlo o refutarlo. La consecuencia lógica -añadió sonriendo alegremente, al tiempo que movía inquieto los pies- es que si bien un detective no es por fuerza un buen crítico literario -y aquí señaló triunfante a sir Richard-, los buenos críticos literarios, si se toman la molestia de adquirir el equipo técnico elemental que requiere el trabajo policial -aquí sir Richard soltó un gemido-, son siempre buenos detectives. Yo mismo, como detective, soy bastante competente -concluyó modestamente-. En realidad en toda la ficción soy el único crítico literario detective.

Por un momento los presentes consideraron la pretensión en silencio. Pero ninguno llegó a expresar su opinión al respecto, si tal querían, porque en ese momento sonó uno de los teléfonos que había sobre el escritorio de Fen. Éste se puso en pie de un salto y fue hacia el escritorio a grandes zancadas. Los demás aguardaron, con esa sensación de embarazo que experimentamos al vernos en la necesidad de escuchar una conversación telefónica privada. Wilkes comenzó a tatarear la obertura del Heldenleben de Strauss, que lo llevó hasta tres octavas y media y terminó en una serie de sonidos realmente extraordinaria. Un eco fantasmal, probablemente de una radio o gramófono, lo acompañó desde algún punto del edificio, haciendo pensar a Nigel que Wilkes no era tan sordo si podía oír eso. Pero el canto no bastaba para cubrir lo que Fen decía por el teléfono.

– ¿Quién?… Sí, por supuesto. Dígale que suba -colgó el teléfono y se enfrentó a los demás, frotándose las manos, satisfecho-. Era de la portería -anunció-. Robert Warner, el autor teatral, viene a verme. Será una buena oportunidad para ver qué siente cuando escribe, y qué hace para inspirarse.

Un solo gemido de desaliento saludó a sus palabras; el hábito de Fen de interrogar a la gente acerca de su trabajo, aun en contra de la voluntad del interesado, no se contaba precisamente entre sus características más simpáticas.

– No sé si sabrán -añadió- que nosotros, los críticos literarios tenemos la obligación de llegar a la raíz de las cosas -su mirada se posó en Wilkes, a quien, ni corto ni perezoso, preguntó-: ¿No querría dejarnos ahora, Wilkes? Mucho me temo que la conversación le resulte demasiado pesada.

– No, no querría -replicó el aludido, con súbita aspereza-. Acabo de llegar. Y por amor de Dios, hombre, siéntese de una vez -chilló- y deje de dar vueltas, que marea.

Esto abochornó tanto a Fen, que se sentó, y guardó un silencio malhumorado hasta que, a los pocos minutos, entró Robert Warner.

El recién llegado saludó cortésmente a Nigel y fue presentado a los demás, conservando una sangre fría admirable mientras Fen corría a traerle una silla, y algo de beber, y una caja de cigarrillos que en su excitación dejó caer al suelo desparramando todo su contenido. Cuando terminaron de recoger los cigarrillos se sentaron, jadeantes todos y con el rostro encendido, y sobrevino una larga pausa, rota de improviso por Wilkes, que anunció muy resuelto:

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