Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
– Eres una complicación, Annie -dijo él entonces.
¿Eso era bueno o malo?, se preguntó.
– También soy Piscis y me gusta viajar y dar largos paseos por la playa.
Duncan rió. Y, como siempre, el sonido hizo que se le encogiera el estómago.
– Maldita sea -murmuró él-. Voy a llevarte a casa antes de que hagamos algo que lamentemos más tarde.
¿Lamentar? Ella no pensaba lamentar nada. Pero como no estaba segura de su respuesta, decidió callarse. Desear a Duncan era una cosa. Desear a Duncan y que él dijera que no estaba interesado era más de lo que estaba dispuesta a soportar.
El valor era una cosa curiosa, pensó mientras se ponía el cinturón de seguridad. Y, aparentemente, ella iba a tener que encontrar el suyo.
Annie sobrevivió a las dos siguientes fiestas. Estaba empezando a acostumbrarse a charlar con hombres de negocios y, sobre todo, a confirmarles que era profesora de primaria y le encantaba su trabajo.
Había conocido a muchos periodistas y el mundo de los ricos le daba menos miedo que al principio. Y tampoco Duncan le parecía tan imponente. Lo único que lamentaba era que no hubiese vuelto a besarla.
Se decía a sí misma que seguramente era lo mejor y en algunos momentos incluso llegaba a creerlo. Duncan había dejado claro que la suya era sólo una relación de conveniencia y si todo acababa mal sería culpa suya porque había sido advertida.
– ¿Qué hay en la caja? -le preguntó cuando salían del hotel para volver a su casa.
Annie le había dicho que no pensaba contarle qué era hasta que terminase la fiesta.
– Adornos de Navidad para tu casa. Una forma de agradecerte todo lo que has hecho por mí.
– ¿Qué clase de adornos? -preguntó él, con expresión suspicaz.
– Nada que vaya a comerte mientras duermes. Son bonitos, te gustarán.
– ¿Es una opinión o una orden?
– Tal vez las dos cosas -sonrió Annie.
– Muy bien -suspiró Duncan-. Venga, vamos. Incluso dejaré que los coloques donde quieras.
Antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, Duncan tomaba la autopista hacia el norte en lugar del sur y, quince minutos después, detenía el coche en el garaje de un lujoso edificio.
Annie se dijo a sí misma que debía tranquilizarse. La había llevado a su casa, pero eso no significaba que hubieran pasado de ser una pareja falsa a ser una pareja real. Eran amigos, nada más. Amigos que fingían salir juntos. Ocurría todo el tiempo.
Unos minutos después estaban en un lujoso dúplex. Y no debería sorprenderla, claro.
El salón era espacioso, como los lofts que había visto en las revistas y los programas de decoración, con preciosos suelos de madera. En el centro había dos sofás de piel, varios sillones, una pantalla plana de televisión del tamaño de un jumbo y ventanales desde los que se veía todo Los Ángeles. Toda su casa, incluido el jardín, cabría en aquel sitio.
Y, sin duda, aquel apartamento tendría más de un cuarto de baño. Tal vez podría enviar allí a sus primas para que se arreglasen los viernes por la noche. Así no tendrían que pelearse.
– Es muy bonito -le dijo, mirando las paredes pintadas de color beige y los sofás de un tono marrón claro-. Pero no hay mucho contraste de colores.
– Me gustan las cosas sencillas.
– El beige es el color de los hombres. O eso he oído.
Annie se dejó caer en uno de los sofás y puso la caja sobre la mesita de café.
– ¿Quieres una copa de vino?
– Sí, muy bien.
Mientras Duncan servía el vino, ella sacó los adornos de la caja. Había tres bolas de cristal con nieve, dos velas, varias tiras de espumillón y un belén dentro de una caja, las figuritas de porcelana envueltas en papel celofán.
Annie miró alrededor. Las velas y el espumillón podrían ir sobre la mesa, las bolas de cristal frente a la ventana. Y el belén en la mesa de la televisión. Cuando terminó, Duncan le dio su copa de vino.
– Muy bonito, muy hogareño.
– ¿Lo dices de verdad?
– Sí.
– Me habría gustado traer un árbol, pero no sabía si te gustaría.
– A mi ama de llaves le habría divertido.
Eso no la sorprendió.
– ¿Quieres ver el resto de la casa? -preguntó Duncan.
Annie asintió con la cabeza.
El aseo era más grande que cualquiera de los dormitorios de su casa, pero eso ya no la sorprendía. Al final del pasillo había un estudio con las paredes forradas de madera y un enorme escritorio en el centro, pero lo que llamó su atención fueron las estanterías llenas de trofeos. Había docenas de ellos, algunos grandes, otros pequeños, algunos guardados en urnas de cristal. También había guantes de boxeo, pero sobre todo figuras de boxeadores.
– ¿Tú has ganado todo esto?
Duncan asintió con la cabeza mientras ella se acercaba para mirar los trofeos. En todos ellos estaba inscrito su nombre, con fechas y ciudades. Y también había algunas medallas.
– No lo entiendo. ¿Por qué una persona querría pegarse con otra?
Duncan sonrió.
– No es sólo eso, es una forma de arte. Un talento especial. Hace falta fuerza, pero también inteligencia, saber cuándo golpear y cómo. Uno tiene que ser más listo que el oponente, no todo depende del tamaño. La determinación y la experiencia son muy importantes.
– Como en los negocios.
– Sí, algo así.
Annie arrugó la nariz.
– ¿No te dolía cuando te golpeaban?
– Sí, claro que me dolía, pero me educó mi tío y eso era lo suyo. Sin él, hubiera sido un gamberro más.
– ¿Estás diciendo que golpear a la gente evitó que acabaras siendo un chico de la calle?
– Algo así -sonrió Duncan-. Deja tu copa.
– ¿Para qué?
– Dame un puñetazo.
– ¿Qué?
– Que me des un puñetazo.
Ella lo miró, atónita.
– No puedo hacer eso.
– ¿Crees que me harías daño?
– Probablemente no, pero me rompería la mano.
Duncan se quitó la chaqueta y la corbata y las dejó sobre una silla.
– Levanta las manos y cierra los puños, con los pulgares hacia dentro.
Annie hizo lo que le pedía, sintiéndose como una tonta.
– ¿Así?
– Golpéame y no te preocupes, no me harás daño.
– ¿Me estás retando?
Duncan sonrió.
– ¿Crees que puedes conmigo?
No, imposible, pero estaba dispuesta a intentarlo. Annie lo golpeó en el brazo sin mucha fuerza, pero tampoco con suavidad.
– Venga, dame fuerte. No me he enterado siquiera.
– Muy gracioso.
– Inténtalo y esta vez dame con todas tus fuerzas, no como una chica.
– Soy una chica.
Annie lo golpeó con más fuerza esta vez y sintió el impacto en su propio hombro. Pero Duncan ni siquiera parpadeó.
– A lo mejor lo mío es el tenis.
– Dobla las rodillas y mantén la barbilla siempre bajada -le indicó él-. Cuando lances el golpe piensa en un sacacorchos -le dijo, demostrándolo como a cámara lenta-. Así tendrá más fuerza. Apoya el peso de todo tu cuerpo en el brazo.
Seguro que lo que decía tenía sentido, pero Annie no podía concentrarse teniéndolo tan cerca. Había tantas responsabilidades en su vida, tanta gente dependía de ella… tal vez por eso la necesidad de relajarse, de jugar, era muy poderosa.
De modo que lanzó el puño hacia delante… y esta vez sintió el impacto por todo el brazo.
– ¿Te he hecho daño?
– No, pero ha estado mucho mejor. ¿Has notado la diferencia?
– Sí, pero no me gustaría nada ser boxeadora.
– Probablemente sea lo mejor. Te romperían la nariz.
Annie bajó los brazos.
– ¿A ti no te han roto la nariz?
– Un par de veces.
– Pues no se nota.
– He tenido suerte.
Annie puso un dedo en su barbilla para mirar su perfil. Tenía un bulto en el puente de la nariz, pero no era algo que se viera a simple vista.