Seducida por el millonario
- Автор: Mallery Susan
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
– Porque no he dormido en casa y sabía que estarían preocupadas.
– La vida es más fácil sin familia.
– No seas cínico, hombre. Una llamada de teléfono es poca cosa a cambio de tener a mis primas. Y no finjas no entenderlo porque no me lo creo.
Duncan lo entendía, pero no estaba de acuerdo en que tuviese que pagar precio alguno por estar acompañada.
– Bueno, ahora las chicas ya saben algo de tu vida sexual.
Algo que a Duncan no le interesaba en absoluto. No porque le cayesen mal sino porque eso era dar demasiada información.
– Dime que no han hecho ninguna pregunta.
– Sólo si hemos usado preservativo -Annie intentaba fingir que era algo normal, pero Duncan vio que se había puesto colorada.
Sí, Annie McCoy era una interesante combinación de timidez, determinación, fuerza y fidelidad.
– ¿Y qué les has dicho?
Ella se aclaró la garganta.
– Que hemos usado… tres.
– ¿Y que ha contestado Jenny?
– Ha colgado.
Los dos soltaron una carcajada.
Annie estaba muy guapa a la luz del sol. Su melena rizada parecía brillar como un halo alrededor de su cara. Tenía los labios un poco hinchados de sus besos, las mejillas aún coloradas. La suya era una belleza serena, pensó. Y envejecería bien. Sería incluso más guapa a los cincuenta años. De haberla conocido antes de conocer a Valentina seguramente se habría sentido intrigado por las posibilidades… o tal vez no. Tal vez el atractivo de una chica mala habría sido más fuerte. Tal vez había tenido que sufrir para aprender la lección.
Y la había aprendido, desde luego. No confiar en nadie, no regalar nada y nunca, en ninguna circunstancia, arriesgar el corazón.
– Tú sabes que esto no puede ser más de lo que es.
Annie tomó un sorbo de café.
– ¿Es tu manera de decirme que no me haga ilusiones? ¿Qué esto es un simple acuerdo de conveniencia y nada más?
– Algo así -asintió él-. Cuando terminen las fiestas, nuestro acuerdo terminará también.
– Nunca había tenido una relación con fecha de caducidad -dijo ella, mirándolo a los ojos con un esbozo de sonrisa-. No pasa nada, Duncan. Conozco las reglas y no voy a intentar cambiarlas.
– No sé si creerte. A ti te gustan los finales felices.
– Es lo que quiero -admitió Annie-. Quiero encontrar a alguien a quien ame y respete. Un hombre que quiera estar conmigo, claro. Quiero tener hijos y un perro y hasta un hámster. Pero ése no eres tú, ¿verdad?
– No, no soy yo.
Años atrás, tal vez. Ahora, el precio era demasiado alto. Él sólo jugaba para ganar y en el matrimonio no había garantías. Valentina le había enseñado eso.
– Se supone que no deberíamos habernos acostado juntos.
– Lo sé -dijo Duncan. Pero no sabía si estaba tomándole el pelo o enfadada-. ¿Quieres que me disculpe?
– No, quiero que me prometas que cuando esta relación termine no me dirás que quieres que seamos amigos. Se terminará y punto, tienes que prometerlo.
– No seremos amigos -le prometió él. Y luego, de repente, se sintió absolutamente perdido. Annie era una de las pocas personas que le gustaban de verdad y la echaría de menos. Pero tendría que dejarla ir.
Annie pasó el día intentando no sonreír como una idiota. No le preocupaba que sus alumnos se dieran cuenta, pero sus compañeros sí. Porque si se daban cuenta empezarían a hacer preguntas y ella no mentía bien. Probablemente una buena cualidad, se dijo a sí misma mientras metía el coche en el garaje. En circunstancias normales, claro.
Mientras iba hacia el buzón sintió que le dolían todos los músculos, incluso músculos que no creía poseer. Pero no le importaba. Era un dolor que no le molestaba en absoluto y que le recordaba lo que había pasado la noche anterior con Duncan.
No lo lamentaba, pensó. Estar con él había sido espectacular y habían hecho cosas que no creía posibles. Estar entre sus brazos le había enseñado lo que quería de la vida. No sólo un gran amor, sino también una gran pasión. Con Ron y AJ. había tenido que conformarse… no se había dado cuenta hasta ese momento, pero era la verdad. Y no volvería a conformarse nunca.
– Grandes palabras para alguien que ni siquiera está saliendo con un hombre -murmuró, mirando el correo.
Pero al ver uno de los sobres hizo una mueca. Era de la universidad de Jenny, seguramente para recordarle que tenía que pagar la matrícula. Mientras lo abría, se preguntó de dónde iba a sacar el dinero. Todo era tan caro. Tal vez después de las vacaciones debería buscar un trabajo por la tarde. Uno que…
Annie miró el papel, el que decía que la matrícula había sido pagada.
Pero era imposible, ella no había pagado y estaba segura de que Jenny no tenía dinero para hacerlo.
Annie entró en la casa y volvió a mirar el correo. ¡Había otra carta de la universidad de Julie que decía lo mismo!
Aquello era totalmente inesperado, aunque sabía con toda seguridad quién era el responsable. Un día antes se habría sentido agradecida, pero ahora… el detalle la dejaba desconcertada.
Dejando el resto del correo sobre la mesita, Annie volvió al coche. La oficina de Duncan no estaba muy lejos ya que el imperio de los Patrick era dirigido desde un complejo de edificios en el puerto de Los Ángeles.
Annie le dio su nombre al guardia de seguridad y tuvo que esperar mientras hacía una serie de llamadas. Por fin, el hombre la envió al aparcamiento, dándole instrucciones sobre dónde debía dejar el coche y, siguiendo los carteles indicadores, entró en el edificio principal.
Era imperio y medio, pensó, mirando el enorme vestíbulo de Industrias Patrick. Un mapa del mundo con miles de lucecitas blancas indicaba los países en los que tenía empresas la compañía. Otras lucecitas señalaban trenes, carreteras, barcos…
Siempre había sabido que Duncan era millonario, pero ver ese mapa era impresionante.
Annie tiró de la manga de su jersey, pensando que los alces de la pechera eran muy graciosos para sus alumnos, pero estaban fuera de lugar allí. Además, tenía una mancha en la falda y la parte de atrás estaba arrugada…
– ¿Señorita McCoy?
A su lado había una mujer muy elegante de unos treinta años.
– Sí, soy yo.
– El señor Patrick está esperándola. Venga conmigo, por favor.
Subieron en el ascensor hasta la sexta planta, llena de empleados que se movían de un lado a otro sin mirarla. La mujer la llevó hasta una oficina donde esperaba una secretaria de cierta edad.
– Puede pasar -le dijo.
Annie miró la puerta que había frente a ella. Tenía un aspecto muy pesado, impresionante. Pero, apretando las cartas que llevaba en la mano, entró en la oficina de Duncan.
Era más grande que su dúplex, con enormes ventanales desde los que se veía el cuartel general de Industrias Patrick. Aparentemente, aquel rey disfrutaba admirando su reino.
Su escritorio era tan grande que un avión podría aterrizar en él y había un grupo de sofás a un lado y una mesa de conferencias al otro.
Duncan estaba mirando la pantalla de su ordenador, pero levantó la cabeza en cuanto la oyó entrar.
– Un placer inesperado -le dijo, levantándose.
Estaba guapísimo, como siempre. Demasiado guapo. Lo había visto muchas veces con traje de chaqueta, de modo que no era nada nuevo. Tal vez el problema era que menos de doce horas antes habían estado en la cama, desnudos, durmiendo uno en brazos del otro… y que habían hecho el amor una vez más por la mañana.
– ¿Todo bien? Estás muy pálida.
– Tú has pagado las matrículas, ¿verdad? Ni siquiera voy a preguntarte cómo sabías dónde estudiaban las chicas… imagino que te lo contaron ellas mismas.
Duncan sonrió.
– Pensé que no ibas a preguntar.
– Esto no tiene gracia. No puedes hacerlo.
– ¿No puedo ayudar a tus primas? Pensé que lo aprobarías. ¿No eres tú quien me dijo que lo lógico sería ser una buena persona y no contratarte a ti para fingir que lo soy?