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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Detrás de la mesa, en funciones burocráticas, se encontraban los capitanes Arias y Sandoval.

– Enhorabuena, chico. Encabezas la lista…

Cacerola preguntó:

– Podremos tener madrinas de guerra, ¿no?

– ¡Claro que sí!

– A mí me gustaría… Gracia Andújar.

– ¡Oh! Es de suponer que aceptará.

El segundo voluntario fue Alfonso Estrada. El presidente de las Congregaciones Marianas lo consideró un deber. Acudió a la celda del padre Forteza y salió de allí con una bendición especial. "Me parece bien, hijo, me parece bien… La vida está hecha para que la entreguemos, poco a poco o de golpe. La causa es noble. Dios quiera, sin embargo, que no te pongan uniforme alemán…"

Alfonso Estrada abandonaría, pues, la oficina de Salvoconductos y los libros de Filosofía. Ahora ya no le contaría a Pilar cuentos de miedo; ahora los viviría él, en el frente ruso. Y ya no tocaría al piano música de Sibelius, música descriptiva del viento de Finlandia; tendría que guarecerse él del viento real, como los soldados del Afrika Korps se resguardaban en África del khasim, que hacía vomitar.

El presidente de las Congregaciones Marianas se alistó en homenaje a la Virgen. Y lo hizo con una entereza singular. Estaba seguro de que no le ocurriría nada. "No tiene mérito -les dijo a los capitanes Arias y Sandoval-. No me ocurrirá nada". Tenía la certeza de que regresaría pronto y de que se traería consigo, en el macuto, un icono que más tarde mostraría con orgullo a sus hijos e incluso a sus nietos.

El capitán Arias, al entregarle la documentación en regla, le preguntó, sonriendo:

– ¿Quieres tú también madrina de guerra?

Alfonso Estrada contestó:

– Ya la tengo. Es Asunción, la maestra. Me está bordando un escapulario de la Virgen del Carmen.

El siguiente voluntario fue mosén Falcó, el asesor religioso de Falange. Se creyó en el deber de dar ejemplo y lo dio. Su entrevista con el señor obispo no careció de emoción.

– Pero… ¡hijo! ¿Lo ha pensado bien?

– Sí, señor obispo…

– Le felicito, le felicito… Tiene usted valor.

Mosén Falcó, que sabía que el señor obispo había sentido siempre ciertos recelos con respecto a Falange, comentó:

– Es de suponer que algunos de los muchachos querrán confesarse de vez en cuando…

– ¡Claro!

– Quiere usted darme su bendición?

– ¡No faltaría más! Arrodíllese…

Mosén Falcó se arrodilló. El doctor Gregorio Lascasas irguió su ancho busto aragonés. "In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti…" Sonó, en aquel momento, la gran campana de la Catedral. Oíanse gritos de niños que jugaban frente a Palacio.

– Que Dios le proteja, hijo mío… Escríbame tan pronto como pueda.

Cinco soldados artilleros se ofrecieron también voluntarios. Eran amigos. Desde que se conocieron en el cuartel, en la mili, no se separaban. No habían hecho la guerra española y tenían sed de aventuras. Se lo jugaron a cara o cruz. Salió cara y se alistaron. "Seguro que esto nos valdrá una cruz…"

El capitán Arias les preguntó:

– ¿Esto es efecto del coñac, o habéis reflexionado debidamente?

– No nos gusta el coñac. Sabemos lo que hacemos.

El capitán Arias insistió:

– La guerra es algo serio…

– Rusia es culpable. Querernos alistarnos.

– De acuerdo, muchachos… ¡Arriba España!

– ¡Arriba!

Otro voluntario: José Luis Martínez de Soria. Pero su madre lo disuadió.

– ¡Hijo! Murió tu padre; murió tu hermano… Marta y yo estamos solas. ¿Por qué has de irte? ¿Has hablado ya con María Victoria?

– Sí, ella se ha alistado ya… Se va de enfermera…

– José Luis, hijo… ¡te lo prohibo! No sé si tengo derecho a hacerlo, ¡pero te lo prohibo…! ¡Por favor, José Luis! ¿No ves lo solas que estamos?

La viuda del comandante Martínez de Soria se echó a llorar con tal desconsuelo, que por un momento a José Luis, teniente jurídico, le pareció que su madre faltaba a la dignidad. Por otra parte, Marta guardaba un mutismo casi hiriente. Desde que Ignacio la había dejado, a veces hacía eso, se inhibía y no se sabía lo que estaba pensando.

José Luis, que hasta ese momento había obrado por instinto, sin reflexionar -"Rusia es culpable"-, de pronto pensó que Rusia era enorme… y que las aguas del Dniéper, de que hablaban los partes de guerra, debían de bajar turbulentas y con fuerza para arrastrar un sinfín de cadáveres.

Miró con calma a las dos mujeres. Sus ojos eran de luto. Realmente, ¿a qué exponerse? ¿No había ofrecido ya su vida cien veces? ¿No había ya bastante sangre Martínez de Soria regando la tierra?

La viuda del comandante Martínez de Soria, inesperadamente, perdió el conocimiento. Se quedó inmensamente pálida y la cabeza le cayó sobre el pecho. Entonces Marta acudió a ella, junto con José Luis. La reconfortaron con agua de colonia. Por fin José Luis dijo simplemente:

– Está bien. No me iré… -Y salió de la casa dando un portazo.

En cambio, quien se alistó fue Rogelio, el camarero… ¡Sorprendente reacción! Rogelio, al salir de la cárcel, cumplida la condena que le fue impuesta por haber jugado sucio con las sirvientas, se encontró sin norte, próximo a la desolación. Andaba por Gerona sin saber qué hacer. Había pedido trabajo en un par de cafés, sin resultado. "No hay clientes, ya lo ves… Esos mejunjes que servimos, los espantan".

Entonces leyó uno de los carteles. "¡Español! ¡Alístate…!". ¿Por qué no? Rogelio no había hecho nunca nada digno de su vida. Una vida gris, como la luz de Gerona en invierno, como el trabajo de los hombres que al atardecer alumbraban en la Rambla los faroles de gas.

¡Si se alistaba se convertiría en héroe! Y conocería otras gentes, otros muchachos, que lo mirarían con respeto. Y conocería otras tierras… Porque, para ir al frente ruso, había que cruzar Francia y Alemania… ¡Francia! ¡Con lo bien que estaban las francesitas! Tal vez les permitieran darse una vuelta por París… ¡Y Alemania! ¡Con lo bien que estaban las alemanas! Aquellas cincuenta que habían visitado Gerona… Algunas, tabú. Pero otras… Y todas se habían duchado, según noticias, y se habían zampado jugo de limón.

– ¿Nombre y apellidos?

– Rogelio Ros Bosch.

– ¿Edad?

– Veinte años.

– ¿Profesión?

– Camarero.

– No has hecho la mili, claro…

– Ahora la haré.

– ¿Eres de Falange?

– No, señor.

– ¿Por qué te alistas?

– Rusia es culpable.

El capitán Sandoval miró a Rogelio. Éste había adoptado un aire de seguridad, casi de indiferencia, que ponía los pelos de punta. Fumaba con el cigarrillo esquinado, con cierto cinismo.

– De acuerdo. Pero has de traer dos fotos. ¡Arriba España!

– ¡Arriba!

El capitán Arias lo llamó en el último momento.

– ¿Has dicho que eres camarero?

– Sí, señor.

– Te nombro mi asistente…

Rogelio abrió los ojos.

– ¿Cómo…?

– Sí… Capitán Arias. Nos encontraremos en la Dehesa, el viernes, a las diez de la mañana.

Rogelio cabeceó.

– Muy bien… -De pronto, el muchacho sonrió y adoptando aire de camarero fino añadió-: ¿Desea algo más el señor?

Horas después se personó en el banderín de enganche una mujer. Tendría… unos treinta años. Su aspecto era un tanto hombruno, si bien los ojos la traicionaban, daban testimonio fiel de su feminidad. Y su cutis era suave, sin arrugas. Con el peinado corto y una gran seguridad en los ademanes. Llevaba un bolso caro, de piel de cocodrilo. Zapatos de tacón alto. Distinguida, sin afectación.

Daba la impresión de haber sufrido, de estar sufriendo. Ello se le notaba en el rictus de la boca y en cierto escepticismo que aureolaba toda su persona. Quería alistarse, pero nada en ella delataba el menor entusiasmo patriótico. Los capitanes Arias y Sandoval, al verla entrar, se habían levantado.

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