Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Era Sólita. Sólita Pinel, la hija mayor del Fiscal de Tasas, la ex ayudante de quirófano de la Clínica Chaos. Quería alistarse de enfermera. "Supongo que podré ser útil… Durante la guerra estuve treinta meses en Zaragoza, en varios hospitales".
Los capitanes Arias y Sandoval la conocían. Se miraron, extrañados, el uno al otro.
– Señorita…, reciba usted nuestra enhorabuena. Es usted valiente.
– No lo crean…
– ¿Cómo que no?
Sólita se encogió de hombros. El bolso de cocodrilo se le balanceó en el antebrazo.
– He traído las fotografías… El carnet de Falange… ¿Qué otra cosa se necesita?
Sólita no había comunicado su decisión más que al doctor Andújar, con quien estaba en contacto desde lo que le ocurrió en el Hotel Majestic con el doctor Chaos. El doctor Andújar le había dicho:
– Vayase, Sólita… Ponga usted tierra de por medio. Yo no puedo hacer nada. Si su padre pone inconvenientes, dígamelo…
Sólita obtuvo también el consentimiento paterno. ¡Y he ahí que, mientras los capitanes Arias y Sandoval tomaban los datos requeridos, tuvo, al revés que Alfonso Estrada, el presentimiento de que ella no regresaría de la aventura! Que se quedaría en Rusia para siempre, "en algún lugar cerca de Bialystok, o de Minsk", muerta. Muerta por un bombardeo, por una bala, o segada su cabeza por la hoz de un joven militante comunista, arrojado… y varonil.
– De acuerdo. Sólita… El viernes, a las diez de la mañana, en la Dehesa.
Sólita asintió.
– Si no les importa, de momento no vestiré de enfermera. Iré con camisa azul y boina roja.
El jueves, víspera de la concentración prevista en la Dehesa -habían empezado ya a llegar voluntarios de Barcelona y afluían de todas partes donativos para obsequiar a los divisionarios-, se presentó en el banderín de enganche Mateo. Mateo Santos, jefe provincial de FET y de las JONS.
Los capitanes Arias y Sandoval se levantaron, se cuadraron y lo saludaron extendiendo el brazo.
– Les pido mil perdones… -dijo Mateo sonriendo-. No he traído ningún aval.
Amanecer publicaría luego en primera página la fotografía de Mateo; y Pilar la pegaría más tarde, muchísimo más tarde… en el álbum que guardaba y cuya etiqueta decía: Prensa.
Mateo, en cuanto leyó el discurso del ministro Serrano Súñer -"¡Rusia es culpable!"- y supo que se organizaba una expedición de voluntarios, sintió en lo más hondo que su obligación era ir. Le vino a la memoria su reciente diálogo con el Gobernador: "Si hubiera hombres políticos, no nos encontraríamos en esta situación". Alistarse era un golpe de efecto, un golpe político. Ejemplaridad. Los jefes locales que no se alistaran, alegando que debían sembrar las tierras o cuidar del archivo de Falange, se sentirían avergonzados. Y quienes hubieran podido acusarlo a él de buscar prebendas, de aprovecharse de la victoria, de disponer de coche oficial, se acurrucarían en un rincón sin pretexto para seguir calumniándolo.
Ahora bien, ¿y las circunstancias familiares? Pilar esperaba un hijo. La curva de su vientre iba notándose cada vez más. Pilar hacía gimnasia, por consejo de Esther, y satisfacía sus pequeños caprichos golosos, por consejo de su madre. Últimamente había decidido que ya no cabían dudas: el bebé sería varón y se llamaría César.
Estaba, además, don Emilio Santos… Su padre, que volvía a sentir la alegría de vivir después de su período de recuperación. Mateo imaginó su asombro, el temblor de su nariz, y recordó sus palabras con ocasión de la guerra ruso-finlandesa: "Pero ¡hijo! ¿Es que no puedes vivir sin un fusil en la mano?". Luego tendría que enfrentarse con Matías, con Carmen Elgazu… y con Ignacio. ¡Ignacio! ¿Por qué éste le preocupaba de un modo especial?
Nada lo arredró. Ninguna consideración. No se miró al espejo porque le dio miedo. Se encerró en su despacho de jefe provincial y miró el crucifijo, que lo presidía, y luego el retrato de José Antonio, cuyas cinco rosas, ya marchitas, que adornaron su tumba, habrían llegado ya a Nueva York.
No esperó mucho a comunicárselo a la familia. ¿Para qué retardar el momento? Cuanto antes, mejor. Así les daría tiempo a hacerse a la idea…
Entendió que la primera que debía enterarse era Pilar. Aguardó un momento en que don Emilio Santos no estuviera en casa. Dio muchas vueltas antes de afrontar la cuestión, mientras Pilar hacía calceta, feliz. Sentado en el comedor, con una copa de coñac en la mano, Mateo habló de Rusia, de Inglaterra, de la Academia de Ávila, en la que hizo los cursillos de alférez provisional… Habló de los once millones de asesinatos que se les calculaban a los soviets; de los planeadores de Creta -tres, enganchados en la cola de cada Junker-; de una frase de José Antonio al Tribunal que lo juzgó: "Creemos que una Nación es importante, en cuanto encarna una Historia Universal". Por último, viendo que todo aquel preámbulo no servía para nada, puesto que Pilar continuaba sin alertarse, sin soñar en cuál iba a ser el desenlace, se fatigó de tanta dilación y, con el tono más natural y amable que pudo arrancar de sí mismo, le pidió a su mujer que lo mirara… y le dijo:
– Pilar…, he decidido alistarme. Creo que es mi deber. Pilar, al oír esto, hizo una mueca. Pero inmediatamente reaccionó. Una sonrisa se dibujó en sus labios, un poco abultados. Mirando la copa de coñac que Mateo sostenía en la mano, tuvo la sospecha de que éste se había alegrado un poco y de que, en consecuencia, el muchacho le había jugado aquella broma, aun a sabiendas de que podía haberla asustado.
Sin embargo, Mateo no se movió. Y su expresión era indefinible… Entonces Pilar, sin alarmarse aún, dejó a un lado las agujas de hacer calceta -el hilo se le enredó en las manos y ella volvió a sonreír- y por fin, levantándose, se acercó a Mateo, poco a poco, hasta acabar por sentarse en sus rodillas. Una vez sentada le rodeó el cuello con sus brazos y le besuqueó.
– ¡Qué tontolín eres…! -susurró-. ¿Por qué me gastas bromas así? ¿No comprendes que puedes asustarme?
Mateo sintió que los besos de su mujer le quemaban.
– Lo siento, Pilar, pero no es broma… Me alisto… Te repito que creo que es mi deber.
Pilar, entonces, se puso en pie. Y retrocedió, desorbitados los ojos. Abrió la boca y miró a Mateo como si fuera a volverse loca. Mateo, con el alma rota pero con el pensamiento libre, recordó las palabras pronunciadas por el sacerdote en el altar, el día de la boda: "en lo bueno y en lo malo…" -¡Mateo…! ¡Te has vuelto loco!
Fue un grito desgarrado. Pilar conocía a su hombre. Y ahora que lo había mirado a distancia, había comprendido que no estaba borracho y que su decisión era cierta.
– Pilar, por favor, escúchame…
Pilar rodó por el suelo. Su cuerpo se dobló y cayó. Acudió Tere, la criada: "¿Qué le ocurre a la señorita?". Mateo se arrodilló a los pies de Pilar y la acomodó en el sillón. Pensó que acaso hubiera debido decírselo de otra manera. Hablar antes con don Emilio. O con Carmen Elgazu… O marcharse, pretextando cualquier cosa y escribir una vez cruzada la frontera.
Pero lo cierto era que ya se había planteado a sí mismo la cuestión, comprendiendo que cualquier procedimiento era inútil, que llegaría el momento en que Pilar debería enfrentarse con la realidad.
No, aquél no era un desmayo como el de la viuda del comandante Martínez de Soria. Costó Dios y ayuda conseguir que Pilar recobrara el conocimiento. Hubo que abrir todas las ventanas, acostarla. Su palidez era mortal. E iba murmurando, de vez en cuando: "No, no…, no es verdad…"
Sí lo era. Mateo se mantuvo firme.
– Tú sabes que te quiero. Pilar… Si hubiese sabido que esto iba a ocurrir, hubiéramos aplazado la boda. Pero conoces mis convicciones. Las conoces de siempre. La Patria es sagrada para mí…