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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Me imagino que estará echada esperándonos -respondió Marcia-. Cuando empieza el día con una riña, suele seguir rezongando hasta que cae borracha.

– No la he visto desde que salió corriendo del despacho -dijo Sila con una mueca de disgusto-. Poco después vino a verme un amigo y acababa de despedirle cuando llegasteis con los niños.

– No suele mostrarse tan retraída -añadió Marcia, dirigiendo una mirada al mayordomo-. ¿Has visto a la señora? -inquirió.

– La última vez que la vi se dirigía a su dormitorio -respondíó el hombre-. ¿Le pregunto a su criada?

– No, déjalo -respondió Marcia, mirando de soslayo a Sila-. Creo que deberíamos hablar con ella ahora mismo, Lucio Cornelio. Tal vez entre en razón si le decimos lo que le sucederá si no sale de su repugnante situación.

Y encontraron a Julilla, inerte y retorcida. Su ropaje de lana fina había hecho de esponja, absorbiendo casi toda la sangre, y la hallaron ataviada de húmedo granate, cual una nereida surgida de un volcán.

Marcia, vacilante, se apoyó en el brazo de Sila y éste la sostuvo.

Pero la hija de Quinto Marcio rex se sobrepuso y conservó impasible el dominio.

– Es una solución que no me esperaba -dijo con voz neutra.

– Ni yo -añadió Sila, acostumbrado a las matanzas.

– ¿Qué es lo que le dijisteis?

– Nada que pudiera motivar esto, que yo recuerde -contestó Sila, meneando la cabeza-. Quizá los criados puedan decírnoslo, ya que oyeron la mitad de la discusión.

– No, no creo que convenga preguntarles -replicó Marcia, buscando de pronto refugio en brazos de Sila-. En muchos aspectos, Lucio Cornelio, es lo mejor que puede haber sucedido. Prefiero que los niños sufran la impresión de su muerte que la lenta decepción de ver que era una borracha. Son muy pequeños y lo olvidarán, pero, de haber sido mayores, nunca lo habrían olvidado. Sí, es lo mejor -añadió reclinando la mejilla en el pecho de Sila, mientras una lágrima traspasaba sus párpados cerrados.

– Venid, os acompaño a vuestro aposento -dijo él, sacándola del ensangrentado cubículo-. ¡He sido un insensato en no pensar en mi espada!

– ¿Y por qué habíais de pensar?

– Se me ha ocurrido ahora -replicó Sila, que sabía perfectamente por qué Julilla había recurrido a su espada: habría estado mirando por la ventana mientras él estaba con Metrobio. Marcia tenía razón. Había sido lo mejor. Y no había tenido que hacerlo él.

La magia no había fallado; cuando se celebraron las elecciones consulares, al acceder al cargo los nuevos tribunos de la plebe el décimo día de diciembre, Cayo Mario volvió a ser primer cónsul. Ninguno podía dejar de creer el testimonio de Lucio Cornelio Sila ni refutar la afirmación de Saturnino de que sólo seguía habiendo un hombre capaz de contener a los germanos. El antiguo temor a los germanos invadió Roma como el Tíber desbordado y de nuevo los acontecimientos de Sicilia perdieron el primer puesto en la lista de crisis que, como siempre, no disminuía en número.

– En cuanto eliminamos una, surge rápidamente otra en cualquier sitio -dijo Marco Emilio Escauro a Quinto Cecilio Metelo Numídico el Meneítos.

– Incluida Sicilia -añadió el cuñado de Lúculo con voz venenosa-. ¿Cómo iba Cayo Mario a dar apoyo a ese pípínna de Ahenobarbo si estaba empeñado en que Lucio Lúculo fuese sustituido como gobernador de Sicilia? ¡Y por Servilio el Augur! ¡No es más que un hombre nuevo bajo el disfraz de un nombre antiguo!

– Te estaba provocando, Quinto Cecilio -dijo Escauro-. A Cayo Mario le importa un sestercio falso quien gobierne Sicilia, ahora que los germanos van a llegar por fin. Si querías que Lucio Lúculo siguiera allí, más te habría valido permanecer tranquilo y Cayo Mario no habría recordado que tú y Lucio Lúculo os importáis mutuamente.

– El rodillo senatorial necesita ojos atentos que los vigile -replicó el Numídico-. ¡Voy a presentarme a censor!

– ¡Buena idea! ¿Con quién?

– Con mi primo Caprario.

– ¡Oh, todavía mejor, por Venus! Hará exactamente lo que tú le digas.

– Ya es hora de que limpiemos el Senado, por no hablar de los caballeros. Seré un censor inflexible, Marco Emilio, ¡pierde cuidado! -añadió el Numídico-. Saldrán Saturnino y Glaucia; son peligrosos.

– ¡Oh, no lo hagas! -exclamó Escauro acobardándose-. Si no le hubiese acusado falsamente de especulación con el trigo, se habría convertido en otra clase de político. Nunca tendré la conciencia tranquila por Lucio Apuleyo.

– ¡Mi querido Marco Emilio -replicó el Numídico enarcando las cejas-, necesitas urgentemente un tonificante! Da lo mismo el motivo por el que ese lobo de Saturnino actuara como lo hizo. Lo que importa en este momento es que sea lo que es. Y tiene que salir añadió con un airado resoplido-. Aún somos alguien en Roma, y al menos este año que viene Cayo Mario se verá las caras con un verdadero hombre como colega, y no esos espantapájaros de Fimbria y Orestes. Conseguiremos que Quinto Lutacio tenga un ejército y todos los pequeños éxitos que obtenga los difundiremos en Roma como auténticos triunfos.

Porque el electorado había votado también a Quinto Lutacio Catulo César de segundo cónsul con Mario, pero…

– Es una espina en mi costado -dijo Mario.

– Tu joven hermano es pretor -dijo Sila.

– Afortunadamente va a la Hispania Ulterior y no será un obstáculo.

Alcanzaron a Marco Emilio Escauro, que había despedido al Numídico al pie de la escalinata del Senado.

– Debo daros las gracias por vuestras gestiones e iniciativas en el abastecimiento de trigo -dijo Mario, muy educado.

– Mientras haya grano que comprar en el mundo, Cayo Mario, no es tarea difícil -replicó Escauro, también muy educado-. Lo que me preocupa es cuando llegue el día en que no haya ningún sitio donde comprarlo.

– Eso es inverosímil de momento. Supongo que en la próxima cosecha Sicilia habrá vuelto a la normalidad.

– A condición -replicó Escauro sin pensárselo dos veces- de que no perdamos todo lo ganado cuando ese necio de Servilio Augur asuma el cargo de gobernador.

– La guerra en Sicilia ha terminado -añadió Mario.

– Más vale que lo creáis así, cónsul. Yo no estoy tan seguro.

– ¿Y dónde habéis adquirido el trigo estos dos últimos años? -terció rápidamente Sila para impedir una discusión.

– En la provincia de Asia -respondió Escauro, dejando de buena gana el otro tema, porque le encantaba ser curator annonae, el encargado del abastecimiento de trigo.

– Pero estoy seguro de que no cosechan mucho de más -se apresuró a añadir Sila.

– En realidad, apenas un modius -contestó Escauro con aire de suficiencia-. No, podemos dar las gracias al rey Mitrídates del Ponto, que es muy joven pero muy emprendedor. Ha conquistado toda la zona norte del mar Euxino y domina los graneros del Tanais, el Boristenes, el Hypanis y el Danastris, y consigue con ello unas buenas rentas suplementarias para el país exportando este superávit cimerio a la provincia de Asia y vendiéndonoslo. Pero os digo una cosa, voy a dejarme guiar por el instinto y el año que viene volveré a proveerme en la provincia de Asia. Va allí de cuestor el joven Marco Livio Druso y le he delegado para que actúe de comprador.

– Cuando esté allí -indicó Mario- irá a visitar en Esmirna a su suegro Quinto Servilio Cepio.

– Indudablemente -añadió Escauro con voz queda.

– Pues, entonces, haced que el joven Marco Livio pase las facturas del trigo a Quinto Servilio Cepio, que tiene más dinero que el Erario -dijo Mario.

– Eso es una alegación infundada.

– No, según el rey Copilo.

Se hizo un molesto silencio por un instante hasta que Sila habló:

– ¿Qué cantidad de trigo asiático llega a Roma, Marco Emilio? Tengo entendido que la piratería aumenta cada año.

– La mitad, aproximadamente -respondió Escauro, cabizbajo-. Toda la costa de Panfilia y Cilicia está infestada de guaridas de piratas. Desde luego se dedican al comercio de esclavos, pero si no tienen grano para alimentarlos, se dedican a robarlo y así hacen grandes ganancias. Luego, el trigo que les sobra nos lo venden al doble del precio a que lo compramos con la garantía de que nos llegue sin que vuelvan a piratearlo.

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