El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
Algo esperaba en el túnel.
Khouri se estremeció y sintió que Thorn hacía lo mismo. Sus años de soldado habían imbuido en ella un profundo desagrado por los robots. En Borde del Firmamento, un robot era con frecuencia lo último que veías. Había aprendido a suprimir esa fobia desde que se había trasladado a otras culturas, pero todavía conservaba la capacidad de sobresaltarse cuando se encontraba con uno de forma inesperada.
Y sin embargo, a aquel servidor no lo reconocía. Tenía forma humana, pero al mismo tiempo su constitución no era en absoluto humana. Estaba hueco en su mayor parte, un andamio de encaje hecho de junturas finas como cables y puntales, sin casi ninguna parte sólida. Mecanismos de aleación, sensores que zumbaban y líneas de alimentación arteriales planeaban en el interior de aquella forma básica. El servidor abarcaba el pasillo con los miembros estirados, esperándolos.
—Esto no tiene buena pinta —dijo Khouri.
—Hola —dijo el servidor, como ladrándoles con una cruda voz sintetizada.
—¿Dónde está Ilia? —preguntó Khouri.
—Indispuesta. ¿Les importaría autorizar a sus trajes para que interpreten el campo ambiente de datos, comprensión visual y auditiva completa? Hará las cosas mucho más fáciles.
—¿De qué está hablando? —preguntó Thorn.
—Quiere que le dejemos manipular lo que vemos a través de nuestros trajes.
—¿Puede hacer eso?
—Puede hacerlo cualquier cosa de la nave, si se lo permitimos. La mayor parte de los ultras tienen implantes para lograr ese mismo efecto.
—¿Y tú?
—Yo hice que me quitaran los míos antes de bajar a Resurgam. No quería que nadie pudiera seguirme el rastro hasta aquí sin esfuerzo.
—Sensato —dijo Thorn.
El servidor habló de nuevo.
—Les aseguro que no hay ningún truco. Como pueden ver, lo cierto es que soy bastante inofensivo. Ilia eligió de forma intencionada este cuerpo para mí, para que no pudiera provocar ningún daño.
—¿Ilia lo escogió?
El servidor asintió con su amago de cráneo de alambres. Algo se bamboleó dentro de la jaula abierta: un cabo de algo blanco encajado entre dos cables. Casi parecía un cigarrillo.
—Sí. Me invitó a subir a bordo. Soy una simulación de nivel beta de Nevil Clavain. Bueno, ya sé que no soy ningún cuadro, pero estoy razonablemente seguro de que no tengo este aspecto. Pero si quieren verme como soy en realidad…
El servidor les hizo un gesto invitador con una mano.
—Ten cuidado —susurró Thorn.
Khouri envió las órdenes subvocales que le decían a su traje que aceptara e interpretara los campos de datos del ambiente. El cambio fue sutil. El servidor se desvaneció, procesado por su campo visual. El traje de la mujer estaba llenando el espacio vacío en el que se habría situado, utilizando conjeturas bien fundamentadas y su propio y riguroso conocimiento del entorno tridimensional. Todas las salvaguardas permanecían en su lugar. Si el servidor se movía muy rápido o hacía algo que al traje le pareciera sospechoso, volvería a editarse y a aparecer en el campo visual de Khouri.
En ese momento apareció la figura sólida de un hombre donde había estado el servidor. Había una ligera desigualdad entre el hombre y su entorno, estaba demasiado enfocado, era demasiado brillante y las sombras no caían sobre él como deberían haberlo hecho, pero esos errores eran deliberados. El traje podría haber hecho que el hombre apareciera con un aspecto totalmente realista, pero se consideraba más inteligente degradar la imagen un poco. De esa forma, el espectador no podría olvidar que estaba tratando con una máquina.
—Eso está mejor —dijo la figura.
Khouri vio a un hombre anciano, frágil, de barba y cabellos blancos.
—¿Es usted Nevil…? ¿Cómo dijo que se apellidaba?
—Nevil Clavain. Usted debe de ser Ana Khouri, creo. —Su voz era casi normal. Solo quedaba un diminuto margen de artificialidad, una vez más bastante deliberado.
—Nunca he oído hablar de usted. —La mujer miró a Thorn.
—Yo tampoco —dijo él.
—Sería imposible —dijo Clavain—. Acabo de llegar, ya saben. O más bien, estoy a punto de llegar.
Khouri podía enterarse de los detalles más tarde.
—¿Qué le ha pasado a Ilia?
El rostro del anciano se tensó.
—No son buenas noticias, me temo. Será mejor que vengan conmigo. —Clavain se dio la vuelta con solo un mínimo de rigidez. Echó a andar por el túnel, estaba claro que esperaba que lo siguieran.
Khouri miró a Thorn. Su compañero asintió sin decir una palabra.
Se pusieron en marcha tras Clavain.
Este los guió por las catacumbas de la Nostalgia por el Infinito. Khouri no hacía más que decirse que el servidor no podía hacerle ningún daño, por lo menos nada que Ilia no hubiera sancionado ya. Si Ilia había instalado un nivel beta, solo le habría dado una serie limitada de permisos, y las posibles acciones estarían firmemente constreñidas. De todos modos, el nivel beta solo conducía al servidor; el programa en sí (y no era más que eso, se recordó, un programa muy listo) se estaba ejecutando en una de las redes restantes de la nave.
—Dígame lo que ha pasado, Clavain —le dijo ella—. Dijo que estaba a punto de llegar. ¿Qué quiso decir con eso?
—Mi nave está en la fase de deceleración final —le dijo Clavain—. Se llama Luz del Zodíaco. Estará en este sistema en breve y se detendrá cerca de esta nave. Mi contrapartida física está a bordo de ella. Invité a Ilia a que instalara este nivel beta ya que el intervalo de tiempo luz nos impedía realizar algo parecido a unas negociaciones coherentes. Ilia me complació… y aquí estoy.
—¿Y dónde está Ilia?
—Puedo decirles dónde está —dijo Clavain—. Pero no estoy del todo seguro de lo que pasó. Es que me desconectó.
—Debe de haberlo conectado otra vez —dijo Thorn.
Estaban caminando, o más bien vadeando, un cieno de la nave del color de la bilis que les llegaba a las rodillas. Desde que dejaron el estacionamiento se habían movido por partes del navío que giraban para tener gravedad, aunque el efecto variaba dependiendo de la ruta exacta que siguieran.
—En realidad no me conectó ella —dijo Clavain—. Eso es lo más extraño. Supongo que se podría decir que volví en mí y me encontré… bueno, creo que me estoy adelantando.
—¿Está muerta, Clavain?
—No —dijo para responder a Khouri con cierto grado de énfasis—. No, no está muerta. Pero tampoco está bien. Me alegro de que hayan llegado. Tengo entendido que tienen pasajeros en ese trasbordador.
No parecía que mereciera la pena mentir.
—Dos mil —dijo Khouri.
—Ilia dijo que necesitarían hacer unos cien viajes en total. Este es su primer viaje de ida y vuelta, ¿no?
—Denos tiempo y conseguiremos hacer los cien —dijo Thorn.
—Es posible que lo que quizá ya no tengan sea tiempo —replicó Clavain—. Lo siento, pero así son las cosas.
—Usted mencionó unas negociaciones —dijo Khouri—. ¿Qué cojones hay que negociar?
Una sonrisa comprensiva arrugó el anciano rostro de Clavain.
—Bastante, me temo. Ustedes tienen algo que mi contrapartida quiere con todas sus fuerzas, ya ven.
El servidor conocía bien la nave. Clavain los llevó por un laberinto de pasillos y huecos, rampas y conductos, cámaras y antecámaras que atravesaban muchos distritos de los que Khouri solo tenía un conocimiento incompleto. Había regiones de la nave que no se habían visitado en décadas de tiempo mundial, lugares en los que ni siquiera Ilia se había mostrado muy dispuesta a perderse. La nave siempre había sido un lugar inmenso e intrincado, su topología tan insondable como el sistema de metro abandonado de una metrópolis desierta. Había sido una nave acosada por muchos fantasmas, no todos ellos necesariamente cibernéticos o imaginarios. Los vientos habían soplado de un lado a otro a lo largo de kilómetros de pasillos vacíos. Estaba infestada de ratas, acechada por máquinas y locos. Sufría de mal humor y fiebres, como una casa vieja.