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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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La primera de dichas noticias concernía al Tribunal de Responsabilidades Políticas. Este Tribunal, que no cesaba de actuar, había dictado su sentencia contra 'La Pasionaria', en la que se condenaba a la acusada al pago de veinticinco millones de pesetas, a quince años de extrañamiento del territorio nacional y a la pérdida de la nacionalidad española. La segunda concernía a la Falange: La Junta Política había acordado que las cinco rosas, ya marchitas, que adornaron la tumba de José Antonio en Alicante, fueran enviadas, como regalo emotivo y en una artística urna, a la Casa de España, de Nueva York.

La noticia que Hitler comunicó al mundo fue que Alemania declaraba la guerra a Rusia. Sin previo aviso, y pese al pacto de no agresión concertado entre los dos países, en la madrugada del 26 de junio las tropas alemanas cruzaron las fronteras soviéticas. Von Ribbentrop dijo: "La máquina militar más grande de la historia se ha puesto en marcha hacia el Este". Al lado del III Reich lucharían las tropas finlandesas, al mando del mariscal Mannerheim, y las tropas rumanas, al mando del general Antonescu.

Esta vez el viraje había sido de tal calibre que la tierra pareció temblar. Los teletipos informativos acribillaron a sus agencias. Las emisoras de radio parecían haberse vuelto locas. Unos comentaristas decían: "Esto es el principio". Otros decían: "Esto es el fin".

Hitler lanzó una fulgurante proclama para justificar su decisión. Afirmó que Rusia había traicionado el pacto germano-soviético. Que se había dedicado sistemáticamente a una propaganda subversiva en los territorios ocupados por Alemania, creando en ellos disturbios, como los que tuvieron lugar en Yugoslavia. Que ejercía por doquier una labor de espionaje con fines concretos de agresión. Que había concentrado en las fronteras alemanas ¡ciento sesenta divisiones! Que había atacado a Finlandia sin el consentimiento del Gobierno alemán. Que había cometido crueldades horribles en los Estados bálticos que se había anexionado. "El bolchevismo es una amenaza para el mundo y Alemania ha decidido acabar con él".

Acabar con el bolchevismo… La frase sonaba bien. ¿Qué actitud tomarían las democracias capitalistas? Pronto se supo: lanzaron un suspiro de alivio. Hitler, sin duda mal aconsejado por los astrólogos, había caído en la trampa: creación del segundo frente. Inglaterra se solidarizó con Rusia. Una frase de Lord Marley definió la tesis del Imperio Británico: "Inglaterra debería unirse con el diablo para luchar contra Alemania". El deán de Canterbury organizó preces a favor de los soviets. Los Estados Unidos ayudarían también a la URSS… Amanecer dijo: "Se repite, a escala mundial, la lucha entablada en España en 1936".

Nadie sabía lo que iba a ocurrir. El auténtico poderío de Rusia era la incógnita. Nadie dudaba de que la máquina militar puesta en marcha por Hitler era efectivamente la más grande de la historia. Ahora bien, ¿hasta qué punto ello bastaría para triunfar en tan gigantesca empresa? El recuerdo de Napoleón acudió a todas las mentes… La inmensidad del territorio ruso, de que tanto hablaron a Cosme Vila en la Escuela de Formación Política, de Moscú, ocupó una vez más el primer plano de las especulaciones. ¿Y el invierno, el invierno ruso, que tanto asustaba a la mujer de Cosme Vila? ¿Conseguiría Hitler asestar un golpe definitivo al Ejército Rojo antes que la nieve sepultara los caminos? 26 de junio… La fecha había sido bien elegida. Y el comienzo no podía ser más prometedor: las divisiones motorizadas del Führer avanzaban arrolladoramente. Y así, como si se buscara un símbolo, el primer bombardeo aéreo había convertido en llamas varios objetivos de San Petersburgo, la antigua ciudad zarista, que la revolución había denominado Leningrado y en la que desembarcaron los comunistas españoles admitidos en Rusia.

La guerra había cambiado el signo. Ahora tenía otro nombre, al igual que le ocurriera a San Petersburgo: Cruzada contra la Rusia Soviética. En todas las parroquias alemanas se leía un mensaje, opuesto al del deán de Canterbury, que decía: "La lucha contra la URSS es la lucha por el cristianismo de todo el mundo". Hungría y Eslovaquia declararon la guerra a la URSS. Francia rompió con ésta sus relaciones diplomáticas. El Duce pasó revista, en Verona, a la primera división italiana dispuesta para trasladarse al frente ruso. Se alistaban, para acudir al combate, voluntarios franceses, noruegos, suecos, daneses. En el interior de Rusia, según las primeras impresiones, reinaba el mayor desconcierto. En Gerona, personas como el notario Noguer pensaban, aun sin atreverse a decirlo en voz alta: "Ahora comprendemos que el corazón de Hitler es realmente capaz de algo grande".

Ésa fue la inmediata repercusión en España. Los ánimos se galvanizaron en favor de Alemania y los anglófilos como Manolo y Esther no acertaban a opinar. Actos de afirmación patriótica brotaron como por ensalmo en toda la geografía nacional. Bombardear a Londres era, al fin y al cabo, discutible… ¿Pero era discutible bombardear a Leningrado… y Moscú?

Las jerarquías de la política española dieron el ejemplo. El ministro Serrano Súñer, en Madrid, ante una imponente manifestación, gritó: "¡Rusia es culpable! ¡Culpable de nuestra guerra civil! ¡Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador! ¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!". José Luis Arrese, secretario general del Movimiento, recordó a todos los camaradas el "millón de muertos" que, por culpa de Rusia, habían convertido a España en un campo de sangre.

El contagio colectivo, aquel fenómeno psicológico que tanto preocupaba al doctor Chaos, se convirtió una vez más en realidad. La Falange anunció qué organizaba banderines de enganche para ir a luchar contra Rusia. Navarra, y en su nombre la Excelentísima Diputación Foral y Provincial -don Anselmo Ichaso redactó el texto-, sugirió su adhesión entusiasta a todos los países que luchaban contra el comunismo. "Navarra se une en espíritu con los valientes defensores de la civilización cristiana y eleva sus preces al Altísimo por el triunfo total en la lucha por nosotros iniciada en julio de 1936". Aparecieron carteles en todas partes, sin exceptuar la Rambla gerundense:

"Para vengar a España. Para estar presentes en la tarea de Europa. Alistaos en los banderines de voluntarios contra el comunismo".

"Rusia nos robó, en 1936 y 1937, seis mil niños de España, que hay que rescatar cueste lo que cueste".

En 1 de julio, día en que murió en Nueva York el gran pianista Paderewski, primer presidente de la República polaca después del armisticio de 1918, los corresponsales de Prensa que se habían ido al frente ruso empezaban a publicar sus crónicas. Dichas crónicas revelaban que el espíritu con que luchaban los soldados rusos era contradictorio. Mientras en determinados sectores huían a la desbandada o se entregaban ¡con los generales al frente!, en otros demostraban un valor extraordinario y "se pegaban al terreno como lapas". Los lectores no sabían a qué carta quedarse. En un punto, eso sí, coincidían todos los informadores: en que los comisarios políticos, tan conocidos en España -los gerundenses recordaron a Goriev y a Axelrod, y por la memoria de Ignacio desfilaron los muchos que viera en Madrid, durante su estancia en el Hospital Pasteur-, actuaban en forma despiadada. Pistola en mano, cuando sus hombres chaqueteaban, disparaban a placer, como había ocurrido en la batalla del Ebro, de lo que fue testigo la Torre de Babel. A veces se decidían por encerrar una sección en cualquier refugio, taponando luego la salida. Otras veces enterraban a los cadáveres de pie, de modo que sólo asomara la cabeza.

Tales detalles levantaban oleadas de indignación, al igual que los referidos al lamentable aspecto que ofrecían los prisioneros rusos. Según los cronistas alemanes, algunos combatían descalzos y declaraban que habían vendido sus botas para comprar cigarrillos, lo que contrastaba con la apariencia pimpante de los jefes. ¿Dónde estaba la tan cacareada igualdad? Para los lectores recalcitrantes, para quienes sospechaban que se trataba de mera propaganda, ahí estaban las correspondientes fotografías… Claro que éstas podían también falsearse, o elegirse a voluntad. No obstante, era evidente que a medida que fueran pasando los días la verdad se abriría paso, tanto más cuanto que la gente estaba ya acostumbrada a leer entre líneas. ¡Sí, por lo menos en este sentido la decisión de Hitler era de agradecer! Por fin el mundo -y Gerona- sabría si Rusia, prácticamente aislada del exterior desde 1917, era o no era un paraíso.

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