La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Cuando hablaba un colega suyo, Robespierre lo escuchaba con su puntiaguda barbilla apoyada entre las manos, y el rostro inclinado hacia el techo. No podían contarle nada nuevo relativo a los hechos cotidianos, a la política, a cómo manejar a la Convención y obtener una mayoría. Con frecuencia recordaba su época escolar, cuando estudiaba a la sombra de otros personajes más llamativos que él; recordaba Arras, donde se sentía acosado por todos, por su familia, por los magistrados locales, marginado por sus compañeros debido a sus ideas políticas.
No era como Danton; no deseaba regresar a casa. Ésta era su casa: las calles barridas por la lluvia e iluminadas por la luz de las farolas. Pero a veces, mientras sus colegas debatían un tema, durante unos instantes imaginaba que se encontraba en otro lugar; recordaba los prados verdegrisáceos, las silenciosa plazas de los pueblos y las ramas de los álamos doblegándose bajo el viento otoñal.
20 de Brumaire. En un edificio público conocido antiguamente como Nôtre-Dame se celebra el «Festival de la Razón». Todos los adornos religiosos, como los llama la gente, han sido retirados del edificio, y en la nave han erigido un templo griego de cartón. Una actriz de la Opéra representa el papel de diosa de la Razón, la cual es entronizada mientras el público canta el Ça Ira.
Presionado por los hébertistas, el obispo de París comparece ante la Convención y anuncia su ateísmo militante. El diputado Julien, que había sido un pastor protestante, aprovecha la ocasión para comunicar también el suyo.
El diputado Clootz (un radical) declaró:
– Un hombre religioso es una bestia depravada. Se parece a los animales que son criados para ser esquilados y asados en beneficio de los comerciantes y carniceros.
Robespierre regresó pálido y furioso de la Convención. Alguien va a pagar las consecuencias, pensó Eléonore.
– Si Dios no existe -dijo Robespierre-, si no existe un Ser supremo, ¿qué consuelo puede hallar la gente que ha sufrido y vivido siempre en la miseria? ¿Acaso creen esos ateos que pueden eliminar la pobreza, que pueden transformar la República en un paraíso en la Tierra?
Eléonore se volvió, sabiendo que no iba a recibir un beso.
– Saint-Just sí lo cree -contestó.
– No podemos garantizar el pan a la gente. No podemos garantizar justicia. ¿Es que vamos a arrebatarles también la esperanza?
– Parece como si Dios sólo sirviera para llenar un vacío en la política -dijo Eléonore.
Robespierre la miró desconcertado.
– Puede que sea así -respondió lentamente-. Quizá tengas razón. Antoine está convencido de que se puede conseguir todo por el mero hecho de desearlo, que cada individuo es el artífice de sí mismo, capaz de convertirse en una persona mejor, más virtuosa; luego, a medida que los individuos cambian, la sociedad cambia también. Ese proceso lleva… no sé, quizás una generación. El problema es que te olvidas de ello cuando te sientes agobiado por el trabajo, preocupado porque no puedes suministrar botas a los soldados, y piensas: «Todos los días fracaso en algo.» Al final, toda tu vida te parece un gigantesco fracaso.
Eléonore apoyó una mano sobre su brazo y dijo suavemente:
– No es un fracaso, cariño. Es el único triunfo que se ha producido en el mundo.
Robespierre sacudió la cabeza.
– Ya no veo las cosas en términos tan absolutos. Ojalá pudiera. A veces tengo la sensación de que estoy perdiendo el norte. Danton lo comprende, con él puedo hablar de esto. Dice que todo éxito va acompañado de algún fracaso, que así es la política.
– Danton es un cínico -dijo Eléonore.
– No, ésa es su opinión. Uno trata de guiarse por sus principios, pero hay que adaptarse a cada situación. En cambio Saint-Just opina lo contrario. Según él, toda circunstancia nos ofrece la oportunidad de aplicar nuestros principios.
– ¿Y tú qué opinas?
– Yo… -contestó Robespierre, alzando las manos en señal de impotencia-, no sé qué pensar. Pero en esta cuestión tengo unas ideas muy claras. No admito la intolerancia, el fanatismo, no puedo aceptar que la fe de unas gentes sencillas se vea pisoteada por unos imbéciles que no tienen ni idea de lo que significa la palabra fe. Dicen que los curas son unos fanáticos, pero los fanáticos son ellos, los que pretenden impedir que celebren misa.
Así que «no lo admites», pensó Eléonore. Eso significa que, si no ceden, deberán comparecer ante el Tribunal. Personalmente, ella no creía en Dios, al menos no en un Dios benéfico.
Robespierre subió a su habitación y escribió una carta a Danton. Cuando terminó de escribirla la leyó e hizo algunas correcciones, matizando y aclarando el significado de algunas frases. No estaba satisfecho con ella, de modo que la rompió en pedacitos y escribió otra. Quería pedir a Danton que regresara a París para ayudarle a aplastar a Hébert. Deseaba decirle que necesitaba su ayuda, pero no quería que lo interpretara como una petición de auxilio; necesitaba un aliado, pero no estaba dispuesto a dejarse dominar por él.
La segunda carta tampoco le satisfizo. ¿Por qué no se le había ocurrido pedir a Camille que la escribiera? Precisamente, aquel día Camille había expresado con exquisita sencillez y concisión lo que pensaba: «No necesitamos rosarios ni relicarios, pero cuando las cosas se ponen feas necesitamos un consuelo, y cuando la situación se agrava, necesitamos aferramos a la idea de que, a la larga, existe alguien capaz de perdonarnos.»
Robespierre permaneció sentado, con la cabeza inclinada hacia delante, pensativo. Sonríe. ¿Que hubiera dicho el padre Bérardier? He aquí a dos buenos chicos católicos. No importa que haga años que no asiste a misa, que Camille considere una especie de deber infringir todos los mandamientos de la ley de Dios. Al fin uno se encuentra de nuevo en el punto de partida. O no, depende. Robespierre recordaba al padre Proyart, quien solía abofetear a Camille por llevarse a misa el tomo de las Vidas paralelas de Plutarco. «Acabo de descubrir un pasaje de lo más excitante…», decía Camille. En aquellos días, Plutarco pasaba por ser un autor «excitante». No era de extrañar que Camille se desmandara en cuanto dejó a los curas. Nos pedían que fuéramos más que humanos. Yo traté de ser lo que ellos deseaban que fuera, aunque no era consciente de ello, aunque creía vivir según otro credo muy distinto.
Al cabo de un rato Robespierre intentó por tercera vez escribir una carta a Danton. Pero era inútil. Al fin, desesperado, sacó la libreta titulada Danton y la leyó. Cuando terminó no había sacado nada en limpio y se sentía más deprimido.
Jean-Marie Roland se ocultaba en Ruán. El 10 de noviembre, el día en que le notificaron que su esposa había sido ejecutada, abandonó la casa donde se ocultaba y echó a caminar, empuñando la espada. Tras recorrer unos cinco kilómetros, se detuvo en un camino desierto, junto a un huerto, y se sentó debajo de un manzano. Éste era el lugar indicado.