La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
X. La visita del marqués
El Rey y la Reina, el tirano y la tirana, habían sido ajusticiados. Pero su muerte no produjo la ansiada sensación de libertad interior que muchos esperaban, entre ellos Lucile. Había pedido reiteradamente a Camille que le relatara los pormenores de los últimos instantes de la Reina, pues deseaba saber si ésta se había ganado un puesto en las páginas de la historia, pero él no quería hablar de ello. Le dijo que, como ella sabía perfectamente, nada era capaz de inducirle a asistir a la ejecución. Hipócrita, contestó Lucile, deberías presenciar el resultado de tus actos. Camille la miró perplejo. Ya sé cómo muere la gente, respondió. Acto seguido le hizo una profunda e irónica inclinación, al estilo del viejo régimen, cogió su sombrero y salió. Rara vez discutían, pero se vengaba de ella con sus misteriosas ausencias, las cuales solían durar de diez minutos a varios días.
Volvió al cabo de una hora y dijo a Lucile que le apetecía invitar a unos amigos a cenar. Jeanette refunfuñó por no haberle avisado antes, pero siempre se encuentra comida suficiente si uno tiene dinero y sabe dónde comprarla. Camille desapareció de nuevo, y cuando Jeanette salió a comprar descubrió el motivo de la celebración: por la tarde se habían enterado en la Convención de que los austriacos habían sido derrotados en una larga y cruenta batalla en Wattignies.
Así pues, aquella noche alzaron sus copas por la reciente victoria y los nuevos comandantes. Hablaron del avance contra los insurrectos de la Vendée y del triunfo de los rebeldes en Lyon y Burdeos.
– Según parece, la República está prosperando mucho -observó Lucile, dirigiéndose a Hérault.
– En efecto, las noticias son excelentes -respondió éste. Pero estaba preocupado; había solicitado al comité que lo enviaran a Alsacia, donde se reuniría con Saint-Just, y debía partir pronto, quizá al día siguiente.
– ¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea? -preguntó Lucile-. Nos aburriremos mucho sin ti. Me alegro de que pudieras venir esta noche. Pensaba que quizá estuvieras ocupado en el comité.
– Últimamente tengo poco trabajo allí. No me cuentan nada. Me entero de las noticias a través de los periódicos.
– ¿No confían en ti? -preguntó Lucile, alarmada-. ¿Qué ha sucedido?
– Pregúntaselo a tu marido. Es el confidente del Incorruptible.
Al cabo de unos minutos se despidió de Lucile, diciendo que debía ultimar los preparativos del viaje. Camille se levantó y besó a Hérault en la mejilla.
– Regresa pronto -le dijo-, echaré de menos nuestros velados intercambios de insultos.
– No creo que regrese pronto -contestó Hérault, tratando de reprimir su emoción-. Al menos, en la frontera podré hacer un trabajo útil y veré al enemigo y averiguaré quiénes son. París se ha convertido en un lugar para depredadores.
– Discúlpame -dijo Camille-. Te estoy haciendo perder el tiempo. ¿Me devuelves mi beso?
– Si subierais juntos la escalera del cadalso -dijo una voz-, os pelearíais sobre cuál de vosotros debía preceder al otro.
– Supongo que yo -replicó Camille-. Aunque no sé muy bien cómo funciona eso. Es mi primo quien decide el orden de las ejecuciones.
De pronto se oyó un ruido como si alguien se hubiera atragantado.
– No tiene gracia -dijo Fabre, depositando la copa sobre la mesa y tosiendo-. Lo encuentro de muy mal gusto.
Se produjo un silencio, que Hérault aprovechó para despedirse de todos los presentes. Cuando se hubo marchado, reanudaron la conversación con forzada hilaridad, conducida por Fabre. La velada terminó temprano. Más tarde, cuando se acostaron, Lucile preguntó a su marido:
– ¿Qué ha pasado? Nuestras veladas nunca fracasan.
– Debe de ser porque se avecina el fin de nuestra civilización -respondió Camille. Luego añadió con tono cansado-: Probablemente se debe a que Georges está ausente.
Tras besar a su esposa se dio la vuelta en la cama, pero Lucile sabía que estaba despierto, escuchando los sonidos de la ciudad por la noche y escrutando la oscuridad con sus negros ojos.
Está preocupado, pensó Lucile. Al menos, desde que Saint-Just partió de París, Camille pasaba más tiempo en compañía de Robespierre. Robespierre lo conocía; si sucedía algo malo, él lo averiguaría y se lo comunicaría a Lucile.
Al día siguiente Lucile fue a visitar a Eléonore. Si era cierto que Eléonore era la amante de Robespierre, ello no parecía haberla convertido en una mujer más satisfecha y amable. A los pocos minutos soltó sin rodeos:
– No sé cómo se las arregla, pero el caso es que Camille consigue que Max haga lo que quiere, cosa que nadie ha logrado jamás. De una forma muy amable y educada, por supuesto. -Eléonore se inclinó hacia adelante como para transmitir a Lucile su inquietud-. Se levanta temprano y se ocupa de la correspondencia. Luego acude a la Convención. Va a las Tullerías por asuntos del comité. Más tarde se da una vuelta por el Club de los Jacobinos. Las sesiones del comité comienzan a las diez de la noche y no regresa hasta el amanecer.
– Trabaja mucho. Pero ¿qué esperabas? Robespierre es así.
– Dice que nos casaremos en cuanto se haya resuelto la crisis. Pero yo no lo creo, jamás se casará conmigo.
Hacía unas semanas, Lucile y su madre habían visto en la calle a Anne Théroigne. Apenas la había reconocido. Estaba muy estropeada y tenía el rostro hundido, como si le faltaran algunos dientes. Al pasar junto a ellas las miró con curiosidad, pero no se detuvo. Lucile sintió lástima por ella, era una víctima de los tiempos que corrían. «Nadie adivinaría que había sido una mujer muy atractiva», observó Annette. Lucile sonrió. Hacía poco había celebrado su cumpleaños, según dijo, sin mayores problemas. La mayoría de los hombres todavía la miraban con interés.
Solía reunirse de nuevo con Camille por las tardes. Éste acudía rara vez a la Convención. Muchos de los «montañeses» habían partido en distintas misiones; buena parte de los diputados de derechas, los que habían votado contra la ejecución del Rey, habían abandonado sus cargos públicos y se habían marchado de París. Más de setenta diputados habían firmado una protesta contra la expulsión de Brissot, Vergniaud y sus secuaces; estaban presos, y sólo los buenos oficios de Robespierre habían impedido que comparecieran ante el Tribunal. François Robert había caído en desgracia, y Philippe Égalité esperaba ser juzgado; Collot d’Herbois estaba en Lyon, azuzando a los rebeldes. Danton gozaba del aire del campo. Saint-Just y el marido de Babette, Philippe Lebas, se habían reunido con los Ejércitos; el trabajo del comité solía retener a Robespierre en las Tullerías. Camille y Fabre se habían cansado de contar los escaños vacíos. Entre los escasos diputados que quedaban, apenas tenían amigos con los cuales charlar ni enemigos con los que pelearse. Y Marat había muerto.
Unos días después de la cena celebrada en casa de los Desmoulins, Théroigne se presentó en la rue des Cordeliers. Estaba demacrada, sucia y desesperada.
– Deseo ver a Camille -dijo.
Había adquirido la costumbre de hablar sin mirar a la cara de su interlocutor, como si recitara un monólogo privado. Camille, que estaba sentado sin hacer nada, sumido en sus pensamientos, oyó su voz.
– Tienes un aspecto muy deteriorado -dijo al verla-. Si eso es cuanto puedes hacer para realzar tus encantos femeninos, debo confesar que me gustabas más antes.
– Veo que sigues teniendo unos modales exquisitos -respondió Théroigne, contemplando un grabado en la pared-. ¿Quién es esa mujer a la que van a cortar la cabeza?
– María Estuardo, el personaje histórico favorito de mi esposa.