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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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El suelo estaba duro como una piedra, y el árbol tenía un tacto frío. Se aproximaba el invierno. Roland se hizo un corte, a modo de ensayo; al ver su propia sangre sintió náuseas. Pero éste era el lugar indicado.

El cuerpo fue hallado al cabo de unas horas por un transeúnte que al principio creyó que se trataba de un anciano que se había dormido. Era imposible determinar cuántas horas llevaba muerto, o si había tardado mucho en morir después de haberse clavado la delgada hoja de la espada en el vientre.

El 11 de noviembre, bajo una pertinaz lluvia, el alcalde Bailly fue ejecutado; a petición popular se erigió una guillotina en los Campos de Marte, donde en 1791 Lafayette había abierto fuego contra la multitud.

– Ha venido a verte un marqués -dijo Lucile a su marido.

Camille, que estaba leyendo La ciudad de Dios, alzó la vista y se apartó un mechón de la frente.

– Eso es imposible.

– Un antiguo marqués.

– ¿Tiene aire respetable?

– Sí. ¿Lo hago pasar? Os dejaré solos.

De pronto, a Lucile había dejado de interesarle la política. Las últimas palabras pronunciadas por Vergniaud antes de morir no cesaban de rondarle por la cabeza: «La Revolución, como Saturno, devora a sus hijos.» Se había convertido en una de las muchas consignas bajo las que había vivido. («¿Es que la autoridad paterna no cuenta para nada?» «No entiendo por qué se queja la gente de que hoy día no se puede ganar dinero, a mí no me cuesta ningún esfuerzo.» «Eran mis amigos, y mis escritos los han matado.») La persiguen en sueños, brotan de sus labios casi sin darse cuenta a lo largo de una conversación, constituyen la moneda corriente de los últimos cinco años. («Todo está organizado, no tocarán a ningún inocente.» «Detesto los gobiernos firmes.» «No hay nada de qué preocuparse, el señor Danton se ocupará de nosotros.») Lucile ha dejado de asistir a los debates de la Convención, donde se sentaba en la galería reservada al público y comía dulces con Louise Robert. En cierta ocasión acudió al Tribunal para oír al primo Antoine acosando a sus víctimas; fue un espectáculo lamentable.

– Se produjo una confusión sobre mi identidad -dijo De Sade a Camille-. Debí haberles remitido mis credenciales como funcionario de la Sección de Piques. Fue un error, un error que a veces basta para que alguien te denuncie como sospechoso. -De Sade extendió su mano suave y delicada y cogió el libro de Camille-. ¿Una lectura piadosa? -preguntó-. Vaya… ¿No habrá tenido esto algo que ver…?

– ¿Con el hecho de haberme desmayado? No, no. Me divierto escribiendo un libro sobre los padres de la Iglesia.

– En fin, dicen que sobre gustos no hay nada escrito -respondió De Sade-. Opino que los autores debemos apoyarnos.

Era un hombre menudo, de cincuenta y pocos años, rollizo, con el pelo rubio salpicado de canas, medio calvo, y con ojos de un azul pálido. Se había engordado recientemente, pero aún se movía con elegancia. Llevaba un traje oscuro y exhibía la tensa y concentrada expresión de un político «terrorista». En la mano sostenía unos papeles sujetos con una vistosa cinta tricolor.

– ¿Se trata quizá de unas ilustraciones obscenas? -inquirió Camille.

– ¡Por supuesto que no! -exclamó De Sade, mirándole con aire escandalizado-. Te consideras moralmente superior a mí, ¿no es cierto, señor abogado de la Lanterne?

– Me considero moralmente superior a la mayoría de la gente. Conozco todas las teorías, y poseo todos los escrúpulos éticos. El único fallo reside en mi conducta. Devuélveme el tomo de san Agustín, por favor.

De Sade depositó el libro sobre una mesita, con el santo boca abajo.

– Confieso que me pones nervioso -dijo el marqués, sentándose en una silla. Camille sonrió satisfecho-. Supuse que querrías confesarme tus preocupaciones.

– No… -contestó Camille tras unos instantes-. No deseo hacerlo. Pero si quieres, puedes contarme las tuyas. Te escucho.

– Tomemos por ejemplo la caída de la Bastilla -dijo De Sade-. Es un arma de doble filo, ¿no crees? Te hizo famoso, y te felicito por ello. Demuestra que los perversos siempre prosperan, y que incluso los semiperversos tienen ciertas ventajas. Por otra parte, supuso un gran adelanto para la humanidad, quienesquiera que sean. En cuanto a mí, me quitaron de en medio antes de que comenzara todo, con tal rapidez que me dejé el manuscrito de mi última novela. Salí de la cárcel el Viernes Santo, al cabo de once años, Camille, y no pude hallar mis papeles en ningún sitio. Me llevé un gran disgusto.

– ¿Cómo se titula tu novela?

– Los 120 días de Sodoma.

– Pero han pasado cuatro años desde que saliste de cárcel. Has tenido tiempo de sobra para escribirla de nuevo.

– Mi primer manuscrito era una obra de arte, un prodigio de la imaginación que en estos tiempos tan insulsos me resultaría prácticamente imposible reproducir.

– ¿Qué quieres de mí? Supongo que no has venido a hablar de tus novelas.

El marqués suspiró.

– No, he venido para expresar mi opinión sobre los tiempos que corren. Me entusiasmó lo ocurrido en el juicio de Brissot. El hecho de que recobraras el sentido, por así decirlo, en brazos de unos fornidos caballeros. ¿Crees que habría sido posible no ejecutar a los brissotinos?

– Antes no lo creía, pero ahora me inclino a pensar que sí.

– ¿A pesar de que Marat fue asesinado?

– Es probable que la muchacha actuara sola. Ella afirmó que no tenía cómplices, aunque nadie la creyó. El juicio de Brissot duró varios días. Todos los acusados tuvieron ocasión de defenderse. Acudieron numerosos testigos a declarar. Los periódicos se hicieron eco de cuanto se dijo en el Tribunal. De no ser por la insistencia de Hébert, el juicio aún no habría concluido.

– Cierto -contestó Sade.

– Pero en el futuro los acusados no gozarán de esos derechos. Se considera que no son expeditivos, que no son republicanos. Temo que el hecho de reducir la duración de los juicios pueda acarrear serias consecuencias. Estamos ejecutando a personas que no deberían morir. Pero las ejecuciones continúan.

– Y los juicios ante el Tribunal Revolucionario -dijo Sade-. Me gustan los duelos, las venganzas, los crímenes pasionales, pero este aparato de Terror funciona fríamente, sin la menor pasión.

– Disculpa, pero no te entiendo.

– Tus primeros artículos eran despiadados, carentes del acostumbrado sentimentalismo. Esperaba grandes cosas de ti. Pero de pronto has empezado a retractarte. Te has arrepentido, ¿no es cierto? En septiembre me nombraron secretario del comité de mi Sección. No me refiero al pasado septiembre sino a cuando matamos a los prisioneros. Había algo puro, revolucionario y hermoso en la forma en que corría la sangre. La velocidad, el temor… Ahora hay un jurado que emite un veredicto, el verdugo le corta el pelo al reo y éste es conducido al cadalso en un carro. Los abogados exponen sus argumentos antes de que se pronuncie la sentencia de muerte. Opino que la muerte debe de ser algo natural, no algo sobre lo que se discute.

– No entiendo a qué viene todo eso.

– Supongo que para ti, al menos en tu presente estado de ánimo, representa el único proceso legal aceptable. Más aceptable si se trata de un juicio justo, y menos si los testigos son acosados y se acorta la duración del mismo. Pero a mí me resulta totalmente inaceptable. Cuanto más discuten, peor. No lo soporto. -De Sade hizo una pausa-. ¿Estás escribiendo algo, aparte de la obra teológica?

El marqués miró a Camille con sus pálidos y tímidos ojos de liebre, temeroso de que hubiera interpretado erróneamente sus palabras.

Camille vaciló.

– Me propongo escribir un libro, pero depende del apoyo que reciba. Es complicado. Sabemos que las conspiraciones proliferan, dominan nuestras vidas. No nos atrevemos a expresarnos libremente ante nuestros amigos, no confiamos en nuestras esposas, en nuestros padres ni en nuestros hijos. ¿Te suena melodramático? Esto parece Roma durante el reinado del emperador Tiberio.

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