La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Te ruego que te apresures, amigo -le dijo a Sanson.
Los gastos del verdugo han aumentado notablemente desde que comenzó el Terror. Tiene que pagar a siete ayudantes con el dinero de su sueldo, y pronto tendrá que alquilar media docena de carros al día. Antes se arreglaba con dos ayudantes y un carro. El salario que ofrece no atrae a la gente. Él mismo tiene que comprar la cuerda con que atar a los clientes, y las cestas en las que posteriormente son depositados los cadáveres. Al principio todos creían que la guillotina era la gran solución, pero cuando uno tiene que cortar veinte o treinta cabezas al día se plantean unos problemas importantes. ¿Acaso saben los señores del Gobierno la cantidad de sangre que sale de un cuerpo decapitado? La sangre lo echa todo a perder, especialmente las ropas del señor Sanson. La multitud que presencia el espectáculo no se da cuenta, pero a veces éste se ensucia hasta las rodillas.
Es un trabajo muy duro. Cuando te toca un cliente que ha intentado matarse antes y ha perdido el conocimiento, debido al veneno ingerido o a la pérdida de sangre, uno puede partirse la espalda tratando de colocarlo debajo de la cuchilla. Recientemente el ciudadano Fouquier insistió en que guillotinaran a un cadáver, lo cual era absurdo. Por otra parte, cuando un reo es inválido o deforme resulta muy complicado atarlo a las tablas y el gentío, que apenas alcanza a ver nada, se aburre y comienza a abuchear. Entretanto se forma una larga cola, y los que están al final de la misma empiezan a gritar y a desmayarse. Si todos los clientes fueran jóvenes, varones, estoicos y estuvieran en buena forma, Sanson tendría pocos problemas, pero este tipo de reos no abunda. Los ciudadanos que viven cerca se quejan de que el verdugo no echa suficiente serrín para limpiar la sangre, cuya hedor es insoportable. La máquina es bastante silenciosa y eficiente, pero es preciso pagar al afilador de la cuchilla.
Sanson trata de que la operación sea lo más rápida y eficaz posible. Fouquier no debería quejarse tanto. Decapitar a los brissotinos, por ejemplo, que eran veintiuno más el cadáver, le llevó treinta y seis minutos exactamente. Sanson no pudo contratar a un experto para que cronometrara el tiempo que le llevó, pero pidió a un amigo suyo que lo hiciera, por si el fiscal se quejaba de que tardaba demasiado.
En los viejos tiempos el verdugo era una persona estimada y respetada. Se promulgó una ley especial para impedir que la gente lo insultara. Contaba con un público fiel que acudía a verlo trabajar, que apreciaba su pericia. La gente iba a presenciar las ejecuciones voluntariamente; pero algunas ancianas, que se distraían tejiendo prendas de punto para los soldados, recibían un dinero por asistir, que se apresuraban a gastárselo en vino; y los guardias nacionales, que estaban obligados a asistir, al cabo de unos días se hartaban de presenciar aquel macabro espectáculo.
En cierta ocasión el verdugo mandó celebrar misa por el alma de un condenado; pero actualmente eso está prohibido. Los condenados no son más que unos números que figuran en una lista. Antes, la muerte en la guillotina estaba rodeada de cierta distinción, era especial, individual. El día de la ejecución, uno madrugaba, rezaba, se ponía un traje morado, adoptaba un aire marmóreo y se colocaba una flor en el ojal. Pero ahora te traen a los clientes en unos carros como si fueran ganado, aterrados y estupefactos por la rapidez con que pasan de ser juzgados a ser ejecutados; en lugar de un arte, es más bien como trabajar en el matadero.
«Escribo estas palabras mientras escucho unas risas en una celda junto a la mía…»
Desde el primer día en que entró en la cárcel, Manon no había dejado de escribir. Deseaba dejar constancia de su inocencia, su credo, su autobiografía. Al cabo de un rato le dolía la muñeca, los dedos se le agarrotaban debido al frío y sentía deseos de llorar. Cuando dejaba de escribir para meditar sobre el pasado, en lugar de tratar de hallar la forma de expresarlo, sentía un profundo vacío en su interior. «… No nos queda nada.» Yacía en su jergón, contemplando la oscuridad, tratando de reunir fuerzas para un último acto heroico.
Todos los días temía que le comunicaran que su marido había sido capturado, que estaba detenido en una cárcel provincial, que se dirigía a París para ser juzgado con ella. Pero ¿y si apresaban a François-Léonard? Quizá no le informaran de ello. Ese era el precio de su discreción, de su buena conducta; habían sido tan discretos, se habían comportado de forma tan ejemplar, que ni siquiera sus mejores amigos podían sospechar que existiera algo entre Buzot y ella.
Ocupaba una celda fría y desnuda pero limpia. Le servían la comida en una bandeja, pero Manon decidió declararse en huelga de hambre. Poco a poco fue reduciendo la cantidad de comida que ingería, hasta que la trasladaron al hospital de la prisión. Allí le ofrecieron la oportunidad de testificar en el juicio de los brissotinos, para lo cual necesitaba alimentarse y recuperar las fuerzas.
Puede que fuera un truco. Durante los días que duró el juicio, la trasladaron al palacio de Justicia, donde la retuvieron en una pequeña habitación, fuertemente custodiada. Pero no llegó a ver a los acusados, ni a los jueces ni al jurado. Uno de sus guardianes le informó sobre el suicido de Valazé. Una muerte lleva a otra muerte. ¿Qué fue lo que dijo Vergniaud sobre la bonita joven de carácter apacible que había asesinado a Marat? «Nos ha matado, pero nos ha enseñado a morir.»
Habían aplazado el juicio de Manon, quizá porque confiaban en capturar a Roland y juzgarlos juntos. Manon pudo haber solicitado clemencia, pero su vida no merecía sacrificar todo cuanto ella había defendido. Por otra parte, ¿quién se apiadaría de ella? ¿Danton? ¿Robespierre? Camille Desmoulins había asistido al juicio de los brissotinos y había afirmado, según le habían dicho a Manon: «Eran mis amigos; los han matado mis escritos.» Pero sin duda se había arrepentido de haberse arrepentido, antes de que unas manos jacobinas lo recogieran del suelo donde había caído desmayado.
El día en que la trasladaron a la prisión de la Conciergerie, Manon comprendió que no volvería a ver a su marido ni a su hija. Las celdas se hallaban situadas debajo de la sala del Tribunal. Ésta era la última etapa; aunque capturaran a Roland, ella habría muerto antes de que él llegara a París. Manon compareció ante el Tribunal el 8 de noviembre, 18 de Brumaire según las cuentas de ese charlatán de Fabre d’Églantine. Lucía un vestido blanco, y sobre su melena castaña se reflejaban los últimos rayos de sol. Fouquier se mostró expeditivo. Aquella misma tarde la trasladaron en un carro al cadalso. Mientras el viento le azotaba las mejillas, Manon temblaba de frío y terror. Empezaba a oscurecer, pero a lo lejos vio la silueta de la máquina, la siniestra geometría del filo de la cuchilla, recortándose contra el cielo.
Declaración de un testigo presenciaclass="underline"
«Robespierre avanzó lentamente… Llevaba unas gafas que servían para ocultar su tic nervioso. Estaba pálido. Hablaba despacio, con acento mesurado. Pronunciaba unas frases tan largas que cada vez que se detenía para quitarse las gafas y frotarse los ojos, pensábamos que había concluido su discurso. Pero tras mirar al público fijamente, volvía a ajustarse las gafas y añadía unas cuantas frases a sus largas parrafadas.»
Últimamente, cuando se acercaba a un colega, éste se sobresaltaba y lo miraba como si se sintiera culpable. Era como si hubiera comunicado a los demás el temor que él mismo experimentaba. Dado que tenía un caminar ligero, no sabía qué hacer para advertirles de su presencia, si toser, tropezar o chocar con algún mueble. Sabía que sus compañeros sospechaban que los estuviera acechando, y cuando se topaban con él, todas sus dudas y recelos ascendían a la superficie.
Durante las reuniones del comité, Robespierre solía permanecer en silencio pues no quería imponer sus opiniones. Sin embargo, cuando se abstenía de hacer algún comentario sabía que los otros sospechaban que los estaba vigilando y tomando nota de lo que decían. Era cierto; tomaba muchas notas. A veces, cuando expresaba su opinión, Carnot le contradecía secamente y Robert Lindet le miraba con aire solemne, como si albergara serias reservas. Robespierre, enojado, increpaba a Carnot para obligarlo a callar. ¿Quién se creía que era? No tenía ningún derecho a hablarle así por el mero hecho de que hacía tiempo que se conocían. Sus colegas se miraban con aprehensión. En ocasiones sacaba de la carpeta de Carnot unos documentos, unos informes en los que los comandantes se quejaban de que sus hombres padecían disentería o no tenían zapatos, o que los caballos morían por falta de forraje. Tras leerlos los extendía sobre la mesa, como un jugador depositando sus naipes, sin dejar de mirar a Carnot; me pregunto, decía, si realmente te esfuerzas en resolver esos problemas. Carnot se mordía el labio, rehuyendo su mirada.