La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Qué curioso -dijo Théroigne secamente.
– Siéntate -le dijo Lucile-. ¿Te apetece algo? ¿Una bebida caliente? -La mujer le daba lástima; sintió deseos de ofrecerle algo de comer, de peinarla, de advertir a Camille que no le hablara en ese tono-. ¿Prefieres que os deje solos? -preguntó.
– No es necesario, puedes marcharte o quedarte, como gustes.
Bajo la luz de la lámpara, Lucile observó que tenía la cara llena de cicatrices. Sabía que hacía unos meses unas mujeres le habían dado una paliza en la calle. Dios mío, cuánto debe de haber sufrido, pensó Lucile, profundamente conmovida.
– No os entretendré -dijo Théroigne-. Supongo que sabes a lo que he venido.
– No -contestó Camille.
– Ya conoces mi forma de pensar. Los seguidores de Brissot serán juzgados esa semana. Yo soy una seguidora de él -dijo con tono frío, desapasionado-. Creo en ellos y en lo que representan. No me gusta tu política ni la de Robespierre.
– ¿Es esto lo que has venido a decirme?
– Quiero que acudas al comité de la Sección y me denuncies. Yo iré contigo. No negaré nada. Repetiré cuanto acabo de decirte.
– ¿Qué te sucede, Anne? -preguntó Lucile.
– Quiere morir -dijo Camille, sonriendo.
– Así es -murmuró Théroigne.
Lucile se acercó a ella pero Anne la apartó bruscamente. Camille miró a su esposa con aire de reproche. Lucile se sentó de nuevo.
– Es muy sencillo -dijo Camille-. No tienes más que salir a la calle y gritar: «¡Viva el Rey!» No tardarán en arrestarte.
Anne alzó su huesuda mano y se tocó una cicatriz blanca que le atravesaba la ceja.
– Me lo hicieron cuando pronuncié un discurso -dijo-. Me golpearon con un látigo. Me dieron patadas en el vientre y me pisotearon. Creí que iban a matarme. Hubiera sido una muerte atroz.
– ¿Por qué no te arrojas al río?
– Denúnciame. Vayamos ahora mismo. Sé que te gustaría hacerlo. Quiero que te vengues de mí.
– Es cierto -contestó Camille-, deseo vengarme de ti, ¿pero por qué habrías de morir de forma civilizada? Puede que odie a los hombres de Brissot, pero no merecen que sus nombres se vean mezclados con los de una basura como tú. No, Théroigne, mereces morir en la calle, como Louis Suleau. Me tiene sin cuidado quién te mate. Sólo espero que sufras una lenta agonía.
Théroigne permaneció inmóvil, sin inmutarse.
– Te lo ruego -dijo humildemente, sin alzar la vista de la alfombra-. Te lo suplico.
– Vete -respondió Camille.
Théroigne se dirigió hacia la puerta, con la cabeza gacha.
– ¡No te marches, Anne! -exclamó Lucile-. ¿Pero no ves que va a matarse? -añadió, dirigiéndose a Camille.
– No -respondió éste.
– Eres perverso -murmuró Lucile-. Si existe el infierno, te abrasarás en él.
La puerta se cerró bruscamente. Lucile se levantó y se abalanzó sobre Camille. Quería herirlo para vengar el daño que había causado a aquella desgraciada que había acudido a ellos en busca de ayuda. Camille la sujetó por las muñecas y la miró fríamente, mientras Lucile temblaba de furia y las lágrimas rodaban por sus mejillas.
– Lo siento -dijo Lucile-. Sé que no puedes hacer lo que te pidió, es absurdo, pero debe de existir el medio de ayudarla. En el fondo, todo el mundo desea vivir.
– Te equivocas. Todos los días se llevan detenidos a un montón de ciudadanos. Esperan a que aparezca una patrulla y se ponen a dar vivas al Delfín o gritan exigiendo que Robespierre sea guillotinado. Hay muchas formas de morir. Théroigne sólo tiene que escoger la que mejor le convenga.
Lucile se levantó y corrió a encerrarse en la alcoba. Jadeaba y sentía una opresión en el pecho. Con todas esas furiosas pasiones que laten en nuestras mentes y nuestros cuerpos, el día menos pensado se desplomarán estas paredes y la casa se vendrá abajo. Sólo quedarán unos cascotes, un montón de huesos y unas briznas de hierba, y la gente leerá nuestros diarios para averiguar quiénes éramos.
9 de Brumaire, en el palacio de Justicia.
Brissot había envejecido. Tenía un aspecto más frágil, andaba con la espalda encorvada y se había quedado calvo. De Sillery también había envejecido; ¿qué había sido de su pasión por el juego? No se hubiera atrevido a apostar sobre el resultado del juicio; esto no era algo abstracto, sino muy concreto. De vez en cuando se preguntaba qué le había llevado a convertirse en un brissotino. En estos momentos debía haber estado sentado junto a Philippe; a Philippe le quedaba otra semana de vida.
– ¿Me recuerdas, Brissot? -preguntó, inclinándose hacia adelante-. Fuimos testigos en la boda de Camille.
– Es cierto -respondió Brissot-. También lo fue Robespierre.
Vergniaud, que solía vestirse de forma un tanto desaliñada, ofrecía esta noche un aspecto impecable, como para demostrar que la cárcel y el juicio no habían hecho mella en él. Permanecía inmutable pues no quería dar a sus enemigos la satisfacción de verlo hundido. ¿Dónde estaba esta noche Buzot?, se preguntó. ¿Dónde estaba el ciudadano Roland? ¿Dónde estaba Pétion? ¿Muertos o vivos?
El reloj dio las diez y cuarto. Había anochecido y llovía. Cuando el jurado entró de nuevo en el Tribunal, los letrados se precipitaron hacia ellos. El ciudadano Fouquier, acompañado por su primo, atravesó la amplia sala con el suelo de mármol, hacia la luz, para leer los veintidós veredictos antes de poder irse a casa a cenar y beberse una botella de vino.
Su primo Camille estaba nervioso y pálido, y le temblaba la voz. Durante los seis días que duró el juicio, Fouquier había citado ante el jurado numerosas frases entresacadas de los artículos de Camille, acusaciones de una conspiración federalista, de intrigas monárquicas. De tanto en tanto, cuando los acusados oían una de esas célebres frases, se volvían al unísono para contemplar a Camille. Era como si lo hubieran ensayado. Había sido muy duro para su primo, pensó Fouquier. Ya había ordenado los carros para conducir a los veintidós acusados al cadalso.
Había algo teatral en aquella escena, pensó Fouquier, como si un pintor le hubiera dado unas pinceladas: el negro y blanco de las baldosas, la oscilante llama de las velas, el alegre colorido de la bandera tricolor. Las velas iluminaban el rostro de su primo, que tomó asiento. El portavoz del jurado se puso en pie. Un secretario sacó de una carpeta varias sentencias de muerte. Alguien que estaba sentado detrás del fiscal preguntó:
– ¿Qué sucede, Camille?
De pronto sonó un grito. Los acusados se levantaron apresuradamente. Los guardias se precipitaron hacia ellos y los letrados arrojaron los papeles y se levantaron de sus asientos. Alguno de los acusados, Charles Valazé, se había desplomado en el suelo. Unas mujeres de entre el público se pusieron a chillar, tratando de averiguar lo sucedido, mientras los guardias intentaban contener a los espectadores.
– ¡Que forma de terminar! -dijo un jurado.
Vergniaud, sin descomponerse, indicó al doctor Lehardi, uno de los acusados, que se acercara. Lehardi se arrodilló junto a Valazé y extrajo de su vientre una daga ensangrentada. Fouquier se apresuró a arrebatársela, diciendo:
– Es inaudito. Podría haberme asesinado a mí.
Brissot estaba sentado hacia delante, con la barbilla apoyada en el pecho. La sangre de Valazé había formado un charco rojo sobre las baldosas negras y blancas. Dos gendarmes cogieron el cuerpo de Valazé, que parecía haberse encogido, y lo sacaron fuera de la sala.
Pero el drama aún no había concluido. El ciudadano Desmoulins, al tratar de abandonar la sala del Tribunal, había perdido el conocimiento y se había caído redondo al suelo.
17 de Brumaire: la ejecución de Philippe, conocido como el ciudadano Égalité. Su última comida consistió en un par de chuletas, unas ostras y una buena botella de Burdeos. Para dirigirse al cadalso se puso un chaleco de piqué blanco, una casaca verde y unos calzones amarillos, siguiendo el más puro estilo inglés.