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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Dónde iba a estar? Algunos de nosotros hemos esperado mucho para presenciar esto.

– Lo sé. Si eso es lo que os gusta…

– Creo que a todos nos gusta ver a un traidor castigado.

– Te estás precipitando. El jurado todavía no ha emitido su veredicto.

– Es imposible que la República pierda este caso -dijo Camille sonriendo-. Según parece, te asignan los mejores casos.

– Ningún letrado de París ha tenido que defender tantos casos imposibles como yo -respondió Lagarde. Tenía veintiocho años y procuraba tomarse las cosas con filosofía-. He pedido clemencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? Mi cliente ha sido acusada de ser lo que es, del mero hecho de existir. Es imposible defenderse de esas acusaciones. Hubiera podido hacerlo, pero me asignaron el caso el domingo por la noche y me advirtieron que me presentara ante el Tribunal al día siguiente por la mañana. Pedí a tu primo que me concediera tres días, pero se negó. Cuando el marido de la acusada fue juzgado, eran otros tiempos. Cuando la conduzcan a la guillotina, la llevarán en un carro.

– El carruaje cerrado resulta poco democrático. La gente tiene derecho a presenciar el espectáculo.

Lagarde miró a Camille de soslayo. «Los tipos de donde tu procedes son unos cínicos», pensó. Sin embargo, los comprendía; curiosamente, su presencia en el Tribunal resultaba tranquilizadora, como la de Fouquier-Tinville, serio, riguroso, un abogado de abogados, y su célebre y temperamental pariente, gracias al cual había obtenido el cargo. Eran preferibles a algunos de los sirvientes de la República, como Hébert, con su obsceno lenguaje y su ridícula palidez. Ayer, en ciertos momentos durante el juicio, Lagarde se había sentido físicamente indispuesto.

– Adivino lo que estás pensando -dijo Camille-. Conozco esa expresión. Sospecho que Hébert ha robado dinero del Ministerio de la Guerra, y si encuentro pruebas de ello tú tendrás que encargarte de su defensa.

En aquel momento apareció de nuevo Fouquier.

– El jurado va a emitir su veredicto -dijo-. Lo siento por ti, Lagarde.

La prisionera fue conducida hasta una silla, mientras la luz ponía de relieve su arrugado y ajado semblante.

– Está muy envejecida -observó Camille-. Parece medio ciega.

– Yo no tengo la culpa de eso -dijo el fiscal-. Aunque, sin duda -añadió con gran perspicacia-, cuando yo haya muerto la gente me echará la culpa a mí. Discúlpame, primo.

El veredicto fue unánime. Hermann se inclinó y preguntó a la prisionera si tenía algo que decir. La antigua reina de Francia sacudió la cabeza mientras agitaba las manos impacientemente sobre los brazos de la silla. Hermann pronunció la sentencia de muerte.

El tribunal se puso en pie. Los guardias se acercaron para llevarse a la prisionera. Fouquier ni siquiera le dirigió una mirada. Su primo se apresuró a ayudarlo a recoger los papeles que yacían sobre su mesa.

– Mañana será una jornada de descanso -dijo Fouquier-. Toma, sujétame eso. Es increíble que el fiscal del Estado no disponga al menos de un ayudante.

Hermann se inclinó educadamente ante Camille, y Fouquier dio las buenas noches al presidente del Tribunal. Camille observó a la viuda de Capeto mientras abandonaba la sala.

– Me cuesta creer que ésa sea la cumbre de nuestras ambiciones. Cortarle la cabeza a una vieja.

– No te entiendo, Camille. Jamás te he oído hablar bien de la austríaca. Acompáñame, necesito dar un paseo. ¿O estás citado con Robespierre?

Fouquier se sentía siempre orgulloso de su primo cuando estaban juntos en público, especialmente si Camille iba acompañado de Danton. Había observado las miradas de complicidad que se cruzaban, las bromas entre ellos; más de una vez había visto a Danton arrojar su fornido brazo sobre los hombros de su primo, y a su primo, durante una reunión nocturna, cerrar sus pérfidos ojos y apoyarse cómodamente en el hombro de Danton. Con Robespierre, por supuesto, no se comportaba de ese modo. Robespierre rara vez tocaba a nadie, sino que mantenía una actitud fría y distante. Sin embargo, Camille conseguía a veces hacerlo sonreír; compartían recuerdos, y quizás algún que otro chiste. La gente decía -aunque sonaba a herejía- que habían visto a Camille hacer reír a Robespierre.

– Robespierre estará ya acostado -respondió Camille-. A menos que el comité esté todavía reunido. Supongo que es imposible que pierdas ese caso.

– ¡Dios me libre! -contestó Fouquier, agarrando a su primo del brazo mientras paseaban bajo la fría luz del amanecer. Un policía los saludó amablemente-. El próximo juicio importante es el de Brissot y los de esa pandilla que hemos conseguido atrapar. He decidido basar mis acusaciones en tus escritos, en tu «Historia secreta» y otros artículos que escribiste sobre Brissot después de la disputa que sostuviste con él a raíz del caso de aquel matrimonio acusado de frecuentar los casinos. Son excelentes. Si no te importa, utilizaré algunas frases tuyas. Confío verte en el tribunal.

Evoquemos brevemente una escena que se produjo en los días posteriores a la Bastilla: Brissot está en el despacho de Camille, sentado en una esquina de la mesa. De pronto irrumpe Théroigne y planta un beso en la seca mejilla de Camille. Era mi amiga, pensó Camille. Luego surgió el caso de la pareja aficionada al juego y nos encontramos de golpe en bandos opuestos. Brissot lo convirtió en caso personal, y Camille no tolera la menor crítica. Cuando se producen, reacciona violentamente o bien se repliega en sí mismo mientras estudia una estrategia de ataque.

– Soy un experto en sistemas de ataque -dice Camille a su primo-, pero no conozco ningún sistema de defensa.

– Vamos -contestó el fiscal. No sabía a qué se refería Camille, aunque eso no era una novedad. Fouquier le pasó la mano por el cabello, en un gesto afectuoso, y Camille reaccionó como si le hubiera picado una avispa. Fouquier no se inmutó. Estaba de excelente humor; le apetecía beberse una botella de buen vino, aunque procuraba no excederse con la bebida durante los casos importantes. Sin embargo, temía no poder conciliar el sueño o sufrir alguna pesadilla. Confiaba en que su primo, al que veía rara vez, accediera a hacerle compañía y charlara con él un rato. Por ser dos chicos de provincias, pensó, las cosas les habían ido estupendamente bien.

A la mañana siguiente, poco después de las once, Henri Sanson entró en la celda de la prisionera para prepararla. Sanson era hijo del hombre que había ejecutado a su marido. María Antonieta llevaba un vestido blanco, un ligero chal, unas medias negras y unos zapatos de tacón alto morados, que había conservado consigo durante su cautiverio. El verdugo le ató las manos a la espalda y le cortó el pelo, que, según explicó su doncella, María Antonieta le pidió que peinara en un moño para comparecer ante el juez y el jurado. La Reina no se movió, y Sanson no permitió que el acero le rozara el cuello. Al cabo de unos segundos sus largos cabellos, antes de color miel y actualmente salpicados de canas, yacían en el suelo de la celda. Sanson los recogió para quemarlos.

El carro aguardaba en el patio. Era un carro común y corriente, antiguamente utilizado para transportar leña, en el que habían instalado unas tablas para que los reos se sentaran. La Reina perdió su compostura al verlo, pero no gritó. Tras pedir al verdugo que le desatara las manos unos instantes, a lo que éste accedió, se puso de cuclillas en un rincón, junto a la pared, y orinó. Luego, el verdugo le ató las manos de nuevo y la ayudó a subir al carro. Mientras se dirigía al cadalso, los cansados ojos de María Antonieta escrutaron los rostros de la multitud que la rodeaba. El recorrido hasta el lugar de la ejecución duró una hora. La Reina no pronunció una palabra. Cuando subió los escalones del cadalso, unas manos, indiferentes a su sufrimiento, la ayudaron a mantener el equilibrio. La Reina se echó a temblar, sintiendo que la flaqueaban las fuerzas. Debido a su escasa vista y al terror que había hecho presa en ella, pisó accidentalmente al verdugo. «Lo lamento, señor, ha sido sin querer», murmuró. Unos minutos después del mediodía, la guillotina le cortó la cabeza, proporcionando a Père Duchesne «la mayor alegría que he experimentado en mi vida».

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