La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Vio a dos jóvenes campesinos, sonrientes, ateridos de frío, que vendían unos conejos a los parroquianos. Portaban los esqueléticos animales, que habían cazado en los campos con trampas, colgados de un palo, como unos fardos sanguinolentos. Alguien se los robará, pensó Danton, y se quedarán sin dinero y sin conejos. Al cabo de un rato vio a dos muchachas que discutían acaloradamente en el portal de un comercio, con las manos apoyadas en las caderas. Las aguas del río, sucias y hediondas, se deslizaban como una temible plaga al encuentro del invierno que se aproximaba, mientras la gente caminaba apresuradamente hacia sus casas para protegerse de los peligros de la ciudad y la noche.
El carruaje era nuevo y extraordinariamente elegante; pese a la oscuridad, Danton advirtió que estaba recién pintado y pulido. De pronto oyó el crujir de unos arneses y el cochero lo detuvo junto a él. Danton vio un semblante pálido y redondo que lo observaba desde el interior del vehículo.
– Mi querido Danton, qué sorpresa.
Danton se detuvo de mala gana. Los caballos aspiraron el húmedo y frío aire del anochecer.
– Enseguida te he reconocido por tu envergadura -dijo Hébert, asomando la cabeza por la ventanilla-. ¿Qué haces caminando a estas horas por la calle? Es muy arriesgado.
– ¿Es que no tengo aspecto de saber cuidar de mí mismo?
– Por supuesto que sí, pero la ciudad está llena de ladrones armados. ¿Quieres que te acompañe a algún sitio?
– No, a menos que estés dispuesto a regresar a donde has venido.
– Desde luego. Sube.
– ¿Conoces las señas de Robespierre? -preguntó Danton al cochero.
– ¿Cuándo has regresado? -inquirió Hébert. Danton tuvo la satisfacción de notar un leve temblor en su voz.
– Hace dos horas.
– ¿Cómo está tu familia? Espero que bien.
– Eres una persona extremadamente desagradable, Hébert -respondió Danton, instalándose en el asiento frente a él-, de modo que no trates de disimular.
Hébert soltó una risita nerviosa.
– Supongo que te has enterado sobre ciertos discursos que he pronunciado -dijo.
– En los que atacabas a mis amigos.
– Yo no lo expresaría en estos términos -protestó Hébert-. Al fin y al cabo, si no tienen nada de qué avergonzarse… Les ofrezco la oportunidad de demostrar que son unos buenos patriotas.
– Ya lo han demostrado.
– Ninguno de nosotros tiene por qué temer que se investigue su conducta. No vayas a suponer que te estaba criticando a ti.
– No creo que te atrevieras a hacerlo.
– De hecho, pensé que una alianza táctica entre nosotros…
– Antes prefería formar una alianza táctica con un reptil.
– Piensa en ello -insistió Hébert, sin rencor-. A propósito, ¿te has enterado de que Camille se desmayó en el Tribunal? El pobre está un poco pachucho últimamente.
– Le transmitiré tus saludos.
– Eligió un momento muy inoportuno. La gente dice, comprensiblemente, que se arrepiente de su participación en la caída de Brissot. Es un sentimental, como solía decir Marat. Aunque lo cierto es que su conducta actual no encaja con otras actuaciones suyas. Me refiero concretamente a los linchamientos de 1789. Hummm… Bien, ya hemos llegado. Para expresarlo sin rodeos, te diré que este mes he observado que Robespierre se muestra bastante escurridizo. Cuídate mucho.
– Gracias por haberme acompañado, Hébert.
Tras esas palabras, Danton se apeó del coche. Hébert asomó de nuevo su blanco semblante por la ventanilla y dijo:
– Trata de convencer a Camille de que se tome unas vacaciones.
– Está muy ocupado, pero no dudo de que se tomaría el día libre si se tratara de asistir a tu funeral.
La untuosa sonrisa se borró del rostro de Hébert.
– ¿Significa eso una declaración de guerra? -preguntó.
Danton se encogió de hombros.
– Puedes interpretarlo como te parezca. Ya puedes partir -ordenó al cochero.
Danton se detuvo unos momentos para observar al carruaje mientras éste se alejaba, y soltó un par de palabrotas. Le hubiera gustado asestar un buen puñetazo a Père Duchesne. Las hostilidades comienzan en este punto.
– ¿Qué tal le va a tu hermana en su matrimonio?-preguntó Danton a Eléonore.
– Supongo que bien -respondió ésta, enrojeciendo-. Philippe Lebas no es gran cosa.
Qué estúpida, desgraciada y rencorosa eres, pensó Danton.
– No te molestes en acompañarme -dijo.
Llamó a la puerta de la habitación de Robespierre, pero nadie respondió. Al entrar encontró a Robespierre sentado a su mesa, escribiendo en un pequeño cuaderno. Este alzó la cabeza y lo miró con aire hosco.
– ¿Por qué hacías ver que no estabas?
– Lo lamento, Danton -contestó Robespierre, ruborizándose ligeramente-. Creí que era Cornélia.
– ¡Pues menuda forma de tratar a tu amiga! Siéntate y relájate. ¿Qué estás escribiendo? ¿Una carta de amor a otra mujer?
– No, yo…, no importa. -Robespierre cerró el cuaderno apresuradamente y unió las manos, como si estuviera rezando-. Hace una semana me hubieras sido de gran ayuda, Danton. Vino a verme Chabot. ¿Qué opinas de Chabot?
Danton reflexionó unos instantes.
– Creo que es un bufón que debajo de la gorra de la libertad tiene la sesera hueca.
– Ese matrimonio…, los hermanos Frei serán arrestados mañana. Fue el matrimonio lo que le hizo caer en una trampa.
– ¿Te refieres a la dote? -preguntó Danton.
– Exactamente. Esos presuntos hermanos eran millonarios. Y a Chabot le gusta todo eso, es muy susceptible al lujo. ¿Y por qué no? Ha pasado muchas penurias.
Danton miró a Robespierre y pensó: «Se está ablandando.»
– Compadezco a esa chica judía -dijo Robespierre.
– Dicen que no es hermana de ninguno de esos dos individuos. Según parece, la sacaron de un burdel de Viena.
– A la gente le gusta murmurar. La sirvienta de Chabot, a la que él arrojó de su casa, ha tenido un hijo suyo. Ese es el hombre que en septiembre habló de forma tan conmovedora en el Club de los Jacobinos sobre los derechos de los hijos ilegítimos.
Es difícil adivinar qué disgusta más a Robespierre, pensó Danton, si la traición, la especulación o el sexo.
– Decías que Chabot fue a verte.
– Sí -contestó Robespierre, sacudiendo la cabeza y sonriendo, como si no acabara de entender la condición humana-. Llevaba un paquete que, según dijo, contenía 100.000 francos.
– Debiste haberlos contado.
– Puede que fueran recortes de periódico. Se puso a hablar de conspiraciones, como de costumbre. Le pregunté si tenía pruebas y respondió afirmativamente, pero que todo estaba escrito con tinta invisible. -Robespierre soltó una carcajada y prosiguió-: Me dijo: «Este dinero me ha sido confiado para sobornar al Comité de Salvación Pública, de modo que he decidido entregártelo a ti. ¿Podrías facilitarme un salvoconducto para salir del país?» Una escena lamentable. Mandé que lo arrestaran a la mañana siguiente. Está en la prisión de Luxemburgo. Cometimos el error de darle una pluma y tinta, tal como nos pidió, y cada día envía una larga misiva, tratando de justificar su conducta, al comité de Policía. En sus cartas cita tu nombre con frecuencia.
– Supongo que no lo escribirá con tinta invisible -replicó Danton-. A propósito… -añadió, sacando la carta de Robespierre del bolsillo y arrojándola sobre la mesa-. ¿Qué es eso de eliminar a Hébert?