Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Favoritos De La Fortuna
Favoritos De La Fortuna - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
1 ... 181 182 183 184 185 186 187 188 189 ... 273
Перейти на страницу:

– ¿Qué es lo que hizo? -inquirió César.

– Era prefecto de caballería a cargo de las regiones de Tespias, Eleusis y Orcómenes cuando Sila y parte de su ejército acampaban en Beocia. Pero él no hizo muchos servicios de armas, sino que se complacía morbosamente en torturar, herir, forzar a mujeres y hombres, niños y niñas, y en matar.

– ¿Hibrida?

– Sí, Hibrida.

– Yo siempre le tuve por un Antonio más… borracho más que sobrio, derrochón y ávido de mujeres y comida. Pero torturar… -añadió César, con gesto de repugnancia-. Incluso en el caso de un Antonio no es corriente. ¡Antes lo creería de un Ahenobarbo!

– Las pruebas son abrumadoras, César.

– Supongo que habrá salido a la madre, que no era romana, aunque siempre oi que era una mujer bastante decente; una apulia. Pero los apulios no son bárbaros, y lo que me contáis es pura barbarie. ¡Ni Cayo Verres llegó a tanto!

– Las pruebas son abrumadoras -repitió Ifícrates con mirada furtiva-. Quizás ahora entiendas nuestra lamentable situación. ¿Quién de las clases altas de Roma nos creerá si no habla toda la ciudad de nosotros y toda Roma ve con sus propios ojos las pruebas?

– ¿Tenéis víctimas como testigos?

– Docenas si hace falta. Gente de intachable virtud y condición. Los hay sin ojos, sin orejas, sin lengua, mancos, sin pies, sin piernas, sin genitales, sin útero, sin brazos, despellejados, sin nariz… Ese hombre fue una bestia. Y sus amigos también, aunque ellos no importan porque no pertenecían a la nobleza.

– Entonces, son víctimas vivas -comentó César asqueado.

– La mayoría, cierto. Antonio actuaba como si se tratara de un arte, un arte que consistía en causar el mayor dolor y mutilación posible sin provocar la muerte. Su mayor placer era regresar a esas ciudades meses después para comprobar que las víctimas seguían vivas.

– Bien, me repugna, pero, desde luego, acepto el caso -dijo César con firmeza.

– ¿Por qué ha de repugnarte?

– Es que su hermano mayor, Marco, está casado con una prima mía lejana, la hija de Lucio César, que fue cónsul y posteriormente asesinado por Cayo Mario. Hay tres niños sobrinos de Hibrida que son primos lejanos míos. Y no está bien visto acusar a miembros de tu misma familia, Ifícrates.

– ¿Pero ese parentesco alcanza realmente a Cayo Antonio Hibrida? Tu prima no está casada con él.

– Cierto, y por ese motivo acepto el caso. Pero muchos lo desaprobarán. Existe consanguinidad con los tres hijos de Julia.

Fue a Lucio Decumio a quien decidió dirigirse, en vez de a Cayo Matius o alguien más afín a su rango.

– Tú que lo sabes todo, papá, ¿has oído algo de eso?

Dotado de un físico que le impedía parecer más viejo en la juventud y más joven en la vejez, Lucio Decumio seguía igual que siempre, y a César le costaba calcular su edad, pero debía de tener unos sesenta años.

– Un poco; no mucho. Los esclavos no le duran más de seis meses y nunca se ve que los entierre. A mí, eso de que no los entierren me hace sospechar. Suele ser señal de cosas muy raras.

– ¡No hay nada más despreciable que la crueldad con los esclavos!

– Eso lo pensarás tú, César, que tienes la mejor madre del mundo y has sido educado como es debido.

– ¡No debería tener nada que ver con la manera en que uno ha sido educado! -replicó César airado-. Es algo que atañe a la naturaleza propia de una persona. Entiendo que esas atrocidades las perpetren los bárbaros, pues sus costumbres, sus tradiciones y sus dioses les imponen cosas que los romanos ya hemos puesto fuera de la ley hace siglos. Pero pensar que un noble romano, ¡de la familia de los Antonios!, se deleite en infligir tales sufrimientos… ¡de verdad que me cuesta creerlo!

Pero Lucio Decumio estaba más informado.

– César, eso sucede cada día; y lo sabes. Quizá cosas no tan horribles, pero si no son más frecuentes es simplemente porque la gente teme que se sepa. ¡Piénsalo un poco! Ese Antonio Hibrida es noble, como tú dices; los tribunales le protegen y los de su clase le defienden. ¿Qué va a temer una vez que ha empezado? Lo que impide que la gente empiece a hacer cosas de ésas, César, es el temor a que les sorprendan, porque si les descubren son castigados. Y cuanto más alto sea uno, más dura es la caída. Pero a veces hay gente con agallas para llevar a cabo sus deseos y hace esas cosas. Como ese Antonio Hibrida. No hay muchos como él, ¡muchos, no! Pero siempre hay alguno, César, siempre hay alguno.

– Si, tienes razón. Claro que tienes razón -dijo César bajando los párpados, sumido en sus pensamientos-. Lo que tú dices es que a esas personas hay que pedirles cuentas. Castigarlas.

– Para que no haya muchas como ellas. Si se deja a uno, se atreven muchos mas.

– Así que tendré que pedirle cuentas. No será fácil.

– No será fácil.

– Aparte de esos rumores difusos de que desaparecen esclavos, ¿qué más sabes de él, papá?

– No mucho, salvo que todos le odian. Los comerciantes le detestan y la gente humilde también. Si pellizca a una niña cuando pasa por la calle, lo hace con fuerza para hacerla llorar.

– ¿Y cómo se explica lo de mi prima Julia?

– Pregúntaselo a tu madre, César; no a mi.

– ¡A mi madre no se lo puedo preguntar, Lucio Decumio!

El suburano pensó un instante y asintió con la cabeza.

– No, claro que no -hizo una pausa-. Bien, esa Julia es una tonta… no una de las Julias listas, desde luego. Su Antonio es poco formal, no sé si me entiendes, pero no es un hombre cruel. Un atolondrado que no sabe cuándo hay que dar a los niños una patada en el culo.

– ¿Quieres decir que los niños son unos salvajes?

– Como jabalíes.

– Vamos a ver… Marco, Cayo y Lucio. ¡Ah, me gustaría saber más sobre asuntos de familia! Lo que pasa es que no escucho lo que cuentan las mujeres. Mi madre me lo podría explicar en un periquete… Pero ella es muy lista, papá, y en seguida sabrá por qué me interesa y luego querrá disuadirme de que acepte el caso. Y nos pelearemos. Si, está claro que es mejor que no sepa que voy a aceptarlo -añadió con un suspiro y gesto entristecido-. Creo que será mejor que me entere de más cosas sobre los hijos del hermano de Hibrida.

Lucio Decumio torció el gesto y alzó los ojos al cielo.

– Yo los veo por el Subura… Por el Subura no deberían campar a sus anchas sin pedagogo ni criado, pero lo hacen, y roban comida en las tiendas más por fastidiar que por necesidad.

– ¿Qué edad tienen?

– Pues no sé exactamente, pero Marco debe de tener unos doce por la estatura, pero actúa como uno de cinco; yo creo que tendrá siete u ocho. Los otros dos son más pequeños.

– Sí, todos los Antonios son unos bestias. Imagino que el padre de los niños no tendrá mucho dinero.

– Siempre andan apurados, César.

– Le perjudicaré a él y a los hijos si llevo el caso a los tribunales.

– No lo aceptes.

– Tengo que aceptarlo, papá.

– ¡Eso ya lo sé!

– Lo que necesito son testigos. A ser posible libertos… o mujeres, o niños, dispuestos a declarar. Debe estar cometiendo también aquí esas atrocidades. Y no todas las víctimas serán esclavos que desaparecen.

– Ya miraré yo, César.

En cuanto le vieron entrar por la puerta, las mujeres se dieron cuenta de que le había sucedido algo, pero ni Aurelia ni Cinnilla le preguntaron nada. En circunstancias normales, Aurelia lo habría hecho, pero la niña centraba todos sus afanes y no dio tanta importancia a la desazón de César y, así, no tuvo oportunidad de disuadirle de que procesara a Cayo Antonio Hibrida, cuyos sobrinos eran primos de César.

1 ... 181 182 183 184 185 186 187 188 189 ... 273
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)