Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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– Exacto.
– ¿Crees que perderemos, César?
– No.
– Entonces, ¿por qué me previenes de que algo puede salir mal? ¿Por qué dices que pensemos en que podemos perder el dinero?
César frunció el ceño y trató de explicar al griego lo que él, romano, había aprendido desde niño.
– Porque la ley romana no es tan irrecusable como parece. Depende en gran parte del juez y, según la ley de Sila, el juez no puede ser Varrón Lúculo. A ese respecto, tengo fe en la integridad de Varrón Lúculo para que designe un juez imparcial. Pero existe otro riesgo. A veces un buen abogado descubre un fallo en la ley que deshace toda la argumentación, y a Hibrida le defenderán los mejores abogados de Roma -añadió César, tenso, con las manos como garras-. Si yo estoy inspirado para solventar nuestro problema, ¿crees que no hay nadie más inspirado capaz de solventar el problema de Hibrida? Por eso mismo los hombres como yo disfrutan con la práctica legal, Ifícrates, cuando el juez y el proceso son intachables. Por muy claro y terminante que sea el cargo, hay que desconfiar del abogado de la parte contraria. ¿Y si le defiende Cicerón? ¡Tremendo! Ahora que yo creo que no le apetecerá cuando conozca los detalles. Pero Hortensio no le hará ascos. Y no debes olvidar que una de las partes tiene que perder. Vamos a luchar por un principio y eso es la razón más peligrosa para acudir ante los tribunales.
– Consultaré con mis colegas y mañana te daré una contestación -dijo Ifícrates.
Y le contestaron que fuese al pretor de extranjeros a solicitar un proceso civil contra Cayo Antonio Hibrida. Y al tribunal de Varrón Lúculo se dirigió César con sus clientes a depositar una sponsio de dos mil talentos, la suma que reclamaban a Hibrida por daños y perjuicios.
Varrón Lúculo les escuchó sin decir palabra, atónito; luego, meneó la cabeza aturdido y alargó la mano para examinar el documento bancario.
– Veo que es auténtico y habláis en serio -comentó a César.
– Totalmente, praetor peregrinus.
– ¿Y por qué no apeláis al tribunal de extorsiones?
– Porque el pleito no implica extorsión. Implica homicidio ¡y más que homicidio! Hay torturas, violaciones y constantes mutilaciones. Al cabo de tantos años, mis clientes no quieren entablar un proceso criminal. Quieren reclamar daños en nombre de las gentes de Tespias, Eleusis y Orcómenos a quienes dañó Cayo Antonio Hibrida. Son personas que no pueden trabajar ni ganarse la vida, ni engendrar hijos, por lo que su manutención cuesta a los demás ciudadanos de Tespias, Eleusis y Orcómenos una fortuna que mis clientes consideran que Cayo Antonio Hibrida debe abonarles. Es un proceso civil, praetor peregrinus, para resarcirse de daños.
– Pues presenta una síntesis de las pruebas, abogado, para que decida si ha lugar al proceso.
– Presentaré ante el tribunal y el juez que designes el testimonio de ocho víctimas o de testigos de las atrocidades. Seis de ellas son vecinos de la ciudad de Tespias, Eleusis y Orcómenos; las otras dos residen en Roma, uno es un liberto y el otro un sirio.
– ¿Por qué aportas testimonio de romanos, abogado?
– Para demostrar al tribunal que Cayo Antonio Hibrida sigue cometiendo esas atrocidades, praetor peregrinus.
Dos horas más tarde, Varrón Lúculo aceptaba el pleito ante su tribunal y registraba la sponsio de los griegos. Se envió un exhorto de comparecencia a Cayo Antonio Hibrida para que respondiese de los cargos al día siguiente. Luego, Varrón Lúculo designó juez a Publio Cornelio Cetego. Dominándose, César gritó de alegría para sus adentros. El juez era un hombre tan rico, que debía su fama al simple hecho de ser insobornable y persona tan cultivada y refinada, que lloraba cuando moría un pez o un perrillo casero, y hasta se había tapado la cabeza con la toga al ver que decapitaban a un pollo en la plaza del mercado. Y era un hombre que no sentía afecto alguno por los Antonios. ¿Consideraría Cetego que había que amparar a un senador colega suyo, fuese cual fuese el crimen o los cargos civiles? ¡No, Cetego no! Al fin y al cabo, no cabía la posibilidad de que el acusado fuese condenado a perder la ciudadanía romana o a ser desterrado. Era un pleito civil en el que sólo se trataba de dinero.
El rumor se corrió inmediatamente por el Foro y una multitud comenzó a apiñarse al poco rato ante el tribunal del pretor de extranjeros. Como César fomentase el interés acrecentando las atrocidades de Hibrida, la multitud fue en aumento y comenzó a mostrarse impaciente porque se iniciase el juicio al día siguiente. ¿Sería posible que fueran a verse cosas tan horribles como un hombre despellejado y una mujer a la que habían quitado los genitales al punto de que no podía orinar bien?
La noticia del caso había llegado hasta la casa de César, como pudo intuir al ver la cara de su madre.
– ¿Qué es lo que he oído? -inquirió muy seria-. ¿Vas a intervenir en un proceso contra Cayo Antonio Hibrida? ¡No es posible! Existe parentesco.
– No hay ningún parentesco entre Hibrida y yo, mater.
– ¡Sus sobrinos son primos tuyos!
– Son hijos de su hermano y la consanguinidad es por parte de su madre. La habría si fuesen hijos de Hibrida, en caso de que los tuviese, y, entonces, primos míos.
– ¡No puedes hacerle esto a una Julia!
– Lamento que afecte a la familia, mater, pero no afecta directamente a una Julia.
– ¡Los Julio Césares están aliados por matrimonio a los Antonios! ¡Razón más que suficiente!
– ¡No lo es! ¡Más necios son los Julio Césares por buscar alianza con los Antonios, unos salvajes y derrochadores! Y yo te digo, mater, que no consentiré que una Julia de mi familia se case con un Antonio -replicó César, volviendo la espalda.
– ¡César, te ruego que lo reconsideres! Será tu ruina.
– No voy a reconsiderarlo.
El resultado de la discusión fue una cena muy tensa. Desvalida ante aquellos dos impertérritos adversarios, su esposo y su suegra, Cinnilla se escapó al cuarto de la niña en cuanto pudo, alegando que la pequeña tenía cólico, estaba echando los dientes, sufría una erisipela y todos los males infantiles que se le ocurrieron. Y a solas quedaron César y Aurelia, con la barbilla alzada.
Algunos manifestaron su desaprobación, pero César no sentaba en modo alguno un precedente con aquel caso; había habido muchos otros en los que la consanguinidad era mucho más manifiesta que las objeciones técnicas que personas como Catulo planteaban para el proceso de Cayo Antonio Hibrida.
Naturalmente, Hibrida no podía hacer caso omiso del exhorto y aguardaba ante el tribunal del pretor de extranjeros acompañado de un grupo de caras conocidas, entre ellas la de Quinto Hortensio y el tío de César, Cayo Aurelio Cotta. A Cayo Tulio Cicerón no se le veía por parte alguna, ni entre el público; hasta que César lo descubrió con el rabillo del ojo, en el momento en que Cetego abría la sesión. ¡Cicerón no podía faltar en un proceso tan escandaloso! Y menos al tratarse de un proceso por vía civil.
César vio inmediatamente que Hibrida estaba nervioso. Era un individuo grande, musculoso y de cuello grueso: un Antonio. Tenía el pelo recio y rizado, y sus ojos avellana eran tan antonianos como la nariz aquilina y la abultada barbilla que ascendía hacia una boca pequeña y sensual. Hasta que se había enterado de sus atrocidades, César había juzgado aquel rostro brutal como el de un zoquete que bebe y come mucho y muy dado a placeres sexuales. Pero ahora lo entendía mejor. Era la cara de un verdadero monstruo.
Las cosas comenzaron mal para Hibrida cuando Hortensio optó por un estilo agresivo y solicitó que se suspendiera inmediatamente el juicio, alegando que si el asunto era la décima parte de serio de lo que indicaba la querella, debía ser zanjado ante un tribunal de lo criminal. Varrón Lúculo permanecía sentado impávido, sin tratar de intervenir si el juez no le pedía consejo, cosa que Cetego no estaba dispuesto a hacer. Más tarde o más temprano le llegaría el turno de presidir aquel tribunal y no le apetecían las monótonas discusiones sobre una bolsa de dinero. No, aquel caso sí que era una breva; le repugnaba, pero al menos no sería aburrido. Así que replicó hábilmente a Hortensio y continuó la vista con justa autoridad.