Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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– Yo.
A Cinna la afirmación le pareció absurda y se partió de risa.
– ¡César -replicó cuando pudo hablar-, eres un bicho raro!
– Tal vez no sea un bicho tan raro. Tal vez sea un pollo, que no es un bicho tan raro; o tal vez sea un costillar de cordero colgado del gancho de una carnicería.
– Nunca sé cuándo bromeas -dijo Cinna aturdido.
– Eso es porque rara vez bromeo.
– ¡Bah, cuando has dicho que eres el único que no puede perder hablabas en broma!
– Hablaba totalmente en serio.
– ¿No vas a unirte a Lépido?
– Ni aunque estuviera ya ante las puertas de Roma, Lucio.
– Pues cometes un error; yo voy a unirme a él.
– No te lo reprocho. La Roma de Sila te arruinó.
Y el joven Cinna marchó a Saturnia, en donde estaba Lépido con sus legiones. La segunda conminación, expedida esta vez por Catulo en nombre del Senado, le llegó a Lépido y éste volvió a negarse a regresar a Roma; y antes de que Catulo regresase a Campania con sus legiones, César solicitó una entrevista.
– ¿Qué quieres? -inquirió frIamente el hijo de Catulo César, a quien nunca le había gustado aquel joven demasiado bien parecido e inteligente.
– Quiero unirme a tu estado mayor en caso de que haya guerra.
– No quiero tenerte en mi estado mayor.
La mirada de César cambió y adoptó el brillo asesino de Sila.
– No tengo por qué gustarte para que me utilices, Quinto Lutacio.
– ¿Y en qué iba a utilizarte? O por decirlo mejor, ¿en qué puedes servirme? Me han dicho que ya has pedido unirte a Lépido.
– ¡Eso es mentira!
– No, por lo que yo he oído. El joven Cinna fue a verte antes de marchar de Roma y quedasteis de acuerdo.
– El joven Cinna vino a presentarme sus mejores deseos, como es el deber de todo buen cuñado cuando el matrimonio de su hermana ha sido consumado.
– Puede que a Sila le convencieses de tu lealtad, César -replicó Catulo dándole la espalda-, pero a mí jamás me quitarás de la cabeza que eres un enredador. No te quiero a mi lado porque no deseo tener en mi estado mayor a nadie de cuya lealtad desconfío.
– Primo, si Lépido marcha sobre Roma, yo lucharé por ella. Si no formo parte de tu estado mayor, lo haré en otro destino. Soy un patricio romano de la misma sangre que tú y no soy cliente ni partidario de nadie -se detuvo a medio camino de la puerta-. Y harías muy bien en considerarme un hombre que actuará siempre de acuerdo con la constitución de Roma. Seré cónsul en mi año, pero no porque un perdedor como Lépido se haya convertido en dictador de Roma. Lépido no tiene el valor ni la categoría, Catulo. Y quiero añadir que tú tampoco.
Así fue como César permaneció en Roma mientras los acontecimientos se concatenaban cada vez con mayor rapidez hacia la sublevación. El senatus consultum de re publica defendenda quedó ¿aprobado; Flaco, príncipe del Senado, murió; el segundo interrex celebró elecciones y, finalmente, Lépido marchó sobre Roma. Junto con varios miles de ciudadanos de alta cuna, baja cuna e intermedios, César se presentó con armas y coraza ante Catulo en el Campo de Marte, y le destinaron con un grupo compuesto por varios centenares a guarnecer el puente de madera que daba entrada a la ciudad por la parte del Transtiberimo. Como Catulo se negó a dar ningún tipo de mando al ganador de la corona cívica, César sirvió como un simple soldado raso y no participó en los combates; cuando concluyó la batalla bajo las murallas servianas del Quirinal, regresó a su casa sin presentarse voluntario para perseguir a Lépido por la costa de Etruria.
No olvidaría la arrogancia y el menosprecio de Catulo. Pero Cayo Julio César sabía guardarse su odio; ya le llegaría su hora a Catulo.Esperaría.
Para gran disgusto de César, a su llegada a Roma se encontró con que el joven Dolabela estaba desterrado y Cayo Verres se dedicaba a pavonearse rezumando virtud y probidad. Verres era ahora esposo de la hija de Metelo Caprario y muy popular entre los caballeros electores, quienes pensaban que su testimonio contra el joven Dolabela era un buen desagravio al rehabilitado ordo equester. ¡Al fin había un senador que osaba acusar a uno de sus colegas!
Sin embargo, César hizo saber a través de Lucio Decumio y Cayo Matius que actuaría como abogado de cualquier residente del Subura y durante los meses siguientes -en los que se produjo la caída de Lépido y Bruto, y el ascenso de Pompeyo- se ocupó de una serie de casos sencillos, pero con gran éxito. Creció su fama jurídica y los aficionados a la abogacía y la retórica comenzaron a asistir a todos los juicios en que actuaba él de abogado defensor, principalmente ante el pretor urbano o de extranjeros, y a veces ante el tribunal de homicidios. A pesar de sus calumnias, a Catulo la gente comenzó a dejar de hacerle caso porque les gustaba oir lo que decía César y aún más su modo de expresarlo.
Cuando de algunas ciudades de Macedonia y de Grecia central acudieron a él para pedirle que presentara acusación contra Dolabela el viejo (por la época en que había sido gobernador, pues entretanto Apio Claudio Pulcro ya había llegado a su provincia), César aceptó. Era el primer proceso importante en que intervenía, pues había de celebrarse en el quaestio de repetundae, el tribunal de extorsiones, e implicaba a un hombre de familia de alcurnia y gran influencia política. No conocía muy bien las circunstancias del mandato de gobernador de Dolabela y comenzó a entrevistarse con los posibles testigos, compilando pruebas con gran meticulosidad. A sus clientes etnarcas les parecía un hombre delicioso, escrupulosamente deferente con su dignidad y siempre afable y de trato fácil, y lo que más les admiraba era su extraordinaria memoria: no olvidaba detalle de lo que le decían y a veces sacaba partido a un comentario en apariencia de lo más trivial que resultaba ser más importante de lo que nadie había pensado.
– De todos modos -dijo a sus clientes la mañana en que se iniciaba el juicio-, quiero preveniros de que el jurado está formado totalmente por senadores y Dolabela cuenta con grandes simpatías entre ellos, pues se le considera un buen gobernador que logró mantener a raya a los escordiscos. No creo que ganemos.
No ganaron. A pesar de que las pruebas eran abrumadoras, el jurado senatorial, al tratarse de un colega, hizo caso omiso y, aunque la oratoria de César fue extraordinaria, se pronunció el ABSOLVO. César no se excusó ante sus clientes ni ellos quedaron decepcionados con su actuación; la exposición y la argumentación de César fueron considerados lo mejor que se había escuchado en mucho tiempo y muchos acudieron a él pidiéndole que editara los discursos.
– Serán libros de texto para los estudiantes de retórica y leyes -dijo Marco Tulio Cicerón, que le solicitó copias a título personal-. No podías ganarlo, desde luego, pero me alegro muchísimo de haber regresado a tiempo del extranjero para una oratoria mejor que la de Hortensio y Cayo Cotta.
– Yo también me alegro, Cicerón. Una cosa es que Cetego se deshaga en elogios y otra que un abogado de tu categoría te pida copias de los discursos -contestó César, muy ufano porque Cicerón se las solicitase.
– No puedes enseñarme nada en oratoria -dijo Cicerón, comenzando a demoler inconscientemente sus cumplidos-, pero ten la seguridad de que estudiaré con todo detalle tu método de investigación del caso y de presentación de pruebas. -Iba caminando por el Foro, y Cicerón no dejaba de hablar-. Lo que me fascina es cómo has sabido dar amplitud a tu voz. En conversación normal es muy grave y, sin embargo, cuando hablas en público la elevas de un modo que es perfectamente audible. ¿Quién te enseñó ese recurso?
– Nadie -contestó César extrañado-. Me he dado cuenta de que los que tienen voz grave cuestan más de oir que los que tienen voz más aguda. Y cuando quiero que me oigan la convierto en aguda.
– Apolonio Molon, con quien he estado estudiando estos dos últimos años, dice que la voz de un hombre está en función de la longitud de su cuello. Cuanto más largo es el cuello, más grave es la voz. ¡Tú tienes un cuello bien largo y escuálido! Yo, por suerte, tengo la longitud correcta -añadió complacido.