Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Favoritos De La Fortuna
Favoritos De La Fortuna - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
1 ... 177 178 179 180 181 182 183 184 185 ... 273
Перейти на страницу:

Cuando en Hispania se supo que había muerto Quinto Sertorio, sus seguidores huyeron a Lusitania y Aquitania, y hasta algunos de sus partidarios romanos e itálicos abandonaron a Perpena. Este, sin amilanarse, reunió a los que quedaban y en mayo salió de Osca para entablar batalla con Pompeyo, que le había encolerizado profundamente por la breve respuesta a su petición de recompensa. ¿Quién se creía que era aquel picentino para contestarle por cuenta de Cecilio Metelo? Cecilio Metelo, que ni se había dignado contestarle.

La batalla fue una celada. Perpena cayó sobre una de las legiones de Pompeyo que hacía provisiones al sur de Pompaelo; las tropas estaban dispersas y entorpecidas por la conducción de varias docenas de carros de bueyes. Al ver que el último ejército de Sertorio se les venía encima, los soldados de Pompeyo corrieron hacia un profundo barranco, y Perpena, eufórico, fue tras ellos. Sólo cuando el último hombre estuvo dentro del barranco, puso Pompeyo en marcha la trampa: por las cuestas surgieron miles de soldados que estaban ocultos, y abalanzándose sobre los hombres de Sertorio acabaron con ellos.

Unos soldados hallaron a Perpena escondido en una espesura y lo llevaron a presencia de Aulo Gabinio, quien inmediatamente lo remitió a Pompeyo. Demudado de terror, Perpena trató de negociar su vida ofreciéndole el archivo de Quinto Sertorio, que, según gemía, confirmaba que muchos personajes de Roma ansiaban que Sertorio venciera y rehiciera Roma conforme a los principios de Mario.

– Sean los que sean -dijo Pompeyo, con el rostro imperturbable y los ojos azules inexpresivos.

– ¿Cuáles? -inquirió Perpena temblando.

– Los principios de Mario.

– Por favor, Cneo Pompeyo, ¡te lo suplico! ¡Te entrego los papeles y por ti mismo verás la razón que tengo!

– Muy bien, dámelos -replicó Pompeyo lacónico.

Viendo el cielo abierto, Perpena dijo a Aulo Gabinio dónde hallarlos (pues los había transportado desde Osca) y aguardó con gran impaciencia a que regresase el destacamento. Dos soldados se acercaron con un arcón que dejaron en el suelo ante Pompeyo.

– Abridlo -dijo.

Se agachó y comenzó a revolver los rollos y las hojas un buen rato, sacándolo todo y desplegando algunas hojas para leerlas y asintiendo con la cabeza entre susurros. El resto de lo que contenía el arcón se limitó a mirarlo, pero algunos de los papeles más pequeños a los que echó una ojeada le hicieron enarcar las cejas. Se puso en pie cuando todo estaba amontonado y revuelto sobre la hierba pisoteada.

– Juntad toda esa porquería y quemadla ahora mismo -dijo a Aulo Gabinio.

Perpena se quedó boquiabierto.

Cuando ya ardía el montón de papeles, Pompeyo hizo un gesto con la barbilla a Gabinio con gesto de profunda repugnancia.

– Mata a ese gusano -dijo.

Perpena murió por la espada de un legionario romano, y la guerra en Hispania concluyó en el mismo momento en que su cabeza rodaba dando saltos por el suelo ensangrentado.

– Bueno, ya está -dijo Aulo Gabinio.

– Vete con viento fresco -replicó Pompeyo encogiéndose de hombros.

Los dos habían estado contemplando la cabeza de Perpena con los ojos desorbitados de terror; Pompeyo giró sobre sus talones y se dirigió a donde estaban los otros legados, que habían preferido quedar apartados de donde no les llamaban.

– ¿Tenías que quemar esos papeles? -inquirió Gabinio.

– Ah, sí.

– ¿Y no habría sido mejor llevarlos a Roma? Así la habríamos limpiado de traidores.

– ¿Y dar trabajo durante un siglo al tribunal de traiciones? -replicó Pompeyo meneando la cabeza y riendo-. A veces es más prudente seguir el criterio propio. Un traidor no deja de serlo porque se hayan convertido en humo los papeles que lo demuestran.

– No acabo de entender.

– Quiero decir que siguen insistiendo, Aulo Gabinio, siguen insistiendo.

Aunque había acabado la guerra, Pompeyo era persona demasiado minuciosa para hacer los bártulos y regresar a Italia con la cabeza de Perpena en una lanza. Quería hacer algo de limpieza; fundamentalmente liquidar a quienes pudiesen representar un peligro futuro. Entre los que perecieron se contaron la esposa germana y el hijo de Sertorio, que Pompeyo encontró en Osca al aceptar la capitulación de la plaza en junio. El hombre de treinta y tres años que le señalaron como hijo de Sertorio tenía un parecido físico que no dejaba lugar a dudas, a pesar de que no hablaba latín y parecía un ilergete hispano.

Al enterarse de la muerte de Sertorio, Clunia y Uxama se arrepintieron de la sumisión a Pompeyo, cerraron sus puertas y se aprestaron a resistir un asedio. Pompeyo lo hizo complacido. Clunia cayó y Uxama cayó, y, finalmente, lo hizo Caligurris, donde los asombrados romanos descubrieron que los hombres se habían comido a sus propias mujeres e hijos antes que rendirse; Pompeyo los mandó ejecutar a todos y luego arrasó no sólo la ciudad sino toda la región.

Naturalmente, durante todo este tiempo no había cesado la comunicación entre el general victorioso y Roma. No todas las cartas eran oficiales ni todos los documentos para difusión pública; entre los principales corresponsales de Pompeyo se contaba Filipo, que no cesaba de cacarear en el Senado. Los cónsules del año eran dos de los clientes secretos de Pompeyo, Lucio Gelio Poplicola y Cneo Cornelio Léntulo Clodiano, lo que significaba que éste podía reclamar la ciudadanía romana para aquellos hispanos que le habían ayudado sustancialmente. En cabeza de la lista de Pompeyo figuraba un nombre extranjero repetido: Kinahu Hadasht Byblos, tío y sobrino, de treinta y tres y veintiocho años respectivamente, ciudadanos acomodados de Gades y grandes mercaderes púnicos, pero sin incorporar el nombre de Pompeyo, pues no quería él que pululasen los Cneos Pompeyos hispanos. Tío y sobrino de Gades quedaron adscritos como clientes a uno de los últimos legados de Pompeyo, Lucio Cornelio Léntulo, primo del cónsul. Así entraron en la vida de Roma y su historia con los nombres de Lucio Cornelio Balbus Maior y Lucio Cornelio Balbus Minor.

Pompeyo no quiso apresurarse. Las minas de las cercanías de Cartago Nova volvieron a abrirse, los contestanos fueron castigados por atacar al difunto Cayo Memmio, cuya hermana había quedado viuda. ¡Tendría que arreglar aquello cuando regresase a Roma! Poco a poco la provincia de la Hispania Citerior fue recomponiéndose, instaurando en ella una burocracia organizada, una estructura de impuestos, reglas y leyes sucintas y todo lo necesario para romanizarla.

Luego, en otoño, Cneo Pompeyo Magnus se despidió de Hispania con el ferviente deseo de nunca más volver. Había recuperado casi por entero la seguridad en sí mismo y su engreimiento, aunque nunca más volvería a enfrentarse al enemigo sin un estremecimiento premonitorio, ni jamás volvería a emprender una guerra sin saber de antemano que disponía de unas cuantas legiones más que el adversario. ¡Y nunca más volvería a enfrentarse a un romano!

En las crestas del paso de los Pirineos el general victorioso plantó trofeos, entre ellos la coraza del caído Quinto Sertorio y la coraza con la que Perpena había sido decapitado. Bien sujetos a altos postes con travesaños quedaron batidos por el viento de las alturas los ptery ges como mudo recordatorio para los que pasasen de la Galia a Hispania de que no convenía enfrentarse a Roma. Además de los trofeos, Pompeyo erigió un mojón con una placa en la que quedó inscrito su nombre, su título, su misión, el número de ciudades que había tomado y los que habían sido recompensados con la ciudadanía romana.

Después, descendió a la Galia Narbonense y pasó el invierno deleitándose con gambas y salmonetes. Al igual que su guerra, aquel año había sido mejor y la cosecha, que en las dos provincias hispanas era buena, en la Galia Narbonense fue excepcional.

1 ... 177 178 179 180 181 182 183 184 185 ... 273
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)