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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Es corto -comentó César con ojos pícaros.

– Es mediano -replicó Cicerón tajante.

– Tienes buen aspecto y has engordado, que falta te hacía.

– Estoy bien, y deseando volver a los tribunales. Aunque -añadió, pensativo- no creo que deba enfrentar mis dotes a las tuyas.

titanes no deben enfrentarse nunca. Prefiero a los del estilo

Hortensio y Cayo Cotta.

– Yo esperaba una actuación más brillante por su parte -dijo César-. De no haber decidido el jurado de antemano y si se hubiera tenido en cuenta mi argumentación, habrían perdido el caso; son torpes y descuidados.

– Estoy de acuerdo. ¿Cayo Cotta es tío tuyo, verdad?

– Sí, pero no importa; a él y a mí nos gusta enfrentarnos.

Se detuvieron a comprar una empanada a un vendedor que hacía años estaba instalado con su tenderete ante la casa oficial del flamen dialis.

– Yo creo -dijo Cicerón devorando con fruición la empanada- que persisten muchas dudas legales respecto a tu antiguo flaminado. ¿No tienes tentaciones de recuperarlo y trasladarte a esa cómoda y bonita residencia detrás del tenderete de Gavius? Tengo entendido que vives en una casa del Subura. No es un domicilio adecuado para un abogado como tú, César.

César se sacudió las ropas y tiró el resto de la empanada en dirección a un pájaro.

– ¡Ni aunque viviese en una choza del Esquilino me vendrían tentaciones, Cicerón! -respondió.

– Yo, te confieso que me alegra vivir en el Palatino -añadió Cicerón, atacando la segunda empanada-. Mi hermano Quinto vive en la casa familiar del Carinae -dijo con gesto ampuloso, como si fuese la casa solariega de la familia y no una vivienda adquirida cuando él era niño-. Hablando de conocidos -prosiguió, riendo al recordar algo-, habrás oído lo que dijo Quinto Calidio después de un juicio en el tribunal de extorsiones en que fue condenado por sus iguales, ¿no?

– Me temo que no. Explícamelo.

– Dijo que no le extrañaba haberlo perdido, porque la tarifa para sobornar al jurado en estos tiempos en que los jurados de los tribunales están todos formados por senadores, como dispuso Sila, es de cien mil sestercios, y que él no podía permitirse tal gasto.

César se echó a reír.

– Entonces, tendré cuidado de no acercarme al tribunal de extorsiones.

– Sobre todo cuando esté Léntulo Sura de portavoz del jurado.

Como Publio Cornelio Léntulo Sura había sido portavoz del jurado del proceso a Dolabela el viejo, César enarcó las cejas.

– ¡Me alegra saberlo, Cicerón!

– Querido amigo, no hay nada en absoluto que yo pueda enseñarte sobre los tribunales -añadió Cicerón con ampuloso gesto-, pero si tienes alguna duda, consúltame.

– Pierde cuidado, que lo haré -dijo César, estrechándole la mano y alejándose en dirección al menospreciado Subura.

Quinto Hortensio salió de detrás de una columna y se acercó a Cicerón, que seguía contemplando la alta figura de César disminuir a lo lejos.

– Ha estado brillante -dijo Hortensio-. Unos años más, querido Cicerón, y tú y yo no podremos dormirnos sobre los laureles.

– Con un jurado honrado, querido Hortensio, habrías perdido tus laureles esta mañana.

– ¡No seas cruel!

– Eso no durará, ¿sabes?

– ¿El qué?

– Los jurados formados estrictamente por senadores.

– ¡Tonterías! El Senado ha recuperado la hegemonía para siempre.

– Eso sí que es una tontería. Existe gran inquietud entre la ciudadanía a favor de que los tribunos de la plebe recuperen sus derechos. Y cuando los recuperen, Quinto Hortensio, serán caballeros quienes constituyan el jurado.

Hortensio se encogió de hombros.

– A mí me da igual, Cicerón. Senadores o caballeros, el soborno es el soborno… en caso necesario.

– Yo no soborno a mis jurados -replicó Cicerón muy tieso.

– Ya lo sé. Ni él tampoco -dijo Hortensio, señalando hacia el Subura-. ¡Pero es una costumbre generalizada, querido amigo, una costumbre!

– Una costumbre que no da satisfacción a un abogado. Cuando gano un proceso me gusta saber que lo he ganado por mérito propio, no por el dinero que me haya dado el cliente para comprar al jurado.

– Pues eres un loco y no te irán bien las cosas.

El rostro agradable, aunque no de belleza clásica, de Cicerón se

contrajo y un fulgor terrible iluminó sus ojos marrones.

– ¡Acabaré contigo, Hortensio, no te quepa la menor duda!

– Mi posición es sólida y no podrás moverme.

– Eso es lo que dijo Anteo antes de que Hércules le levantase del suelo. Ave, Quinto Hortensio.

A finales de enero del año siguiente, Cinnilla dio una hija a César, Julia, una niñita blanca y delicada que hizo las delicias de los padres.

– Un hijo representa un gasto enorme, querida esposa -dijo César-, mientras que una hija es una carta política muy valiosa cuando es de estirpe patricia por ambos lados y tiene una buena dote. Nunca se sabe cómo va a salir un hijo, y nuestra Julia es preciosa. Ya verás como tiene docenas de pretendientes como su abuela Aurelia.

– Yo no veo muchas perspectivas de una buena dote -dijo la madre, que, aunque había tenido un parto difícil, ya se recuperaba.

– ¡No te preocupes, Cinnilla querida! Cuando tenga edad de casarse tendrá su dote.

Aurelia estaba en su elemento cuidando a aquella nieta que había conquistado totalmente su cariño. Tenía otros cuatro nietos: los dos hijos de Lia de distinto esposo y la niña y el niño de Ju-Ju, pero ninguno de ellos vivía en su casa ni eran progenie de su hijo, la luz de su vida.

– Tendrá los ojos azules porque son muy claros -dijo Aurelia, encantada de que la pequeña hubiese salido al padre-, y el pelito es blanco.

– Me alegro de que le veas pelo -dijo César muy serio-. A mí me parece pelona, cosa lamentable, siendo una César, que debería tener una profusa melena.

– ¡Tonterías! ¡Claro que tiene pelo! Ya verás si tiene melena cuando cumpla un año; pero no se le oscurecerá mucho. La tendrá plateada en vez de dorada esta ricura.

– A mi me parece tan fea como Cnea.

– ¡César, César, es una recién nacida! Y se va a parecer mucho a ti.

– Predestinada -comentó César, y salió del cuarto.

Se dirigió a la hospedería más lujosa de la ciudad en la esquina del Foro con el Clivus Orbius. Había recibido recado de los clientes que le habían encomendado el litigio contra Dolabela, que habían vuelto a Roma y deseaban verle urgentemente.

– Tenemos otro caso para encomendarte -dijo el jefe de los griegos, Ifícrates de Salónica.

– Me siento halagado -dijo César, frunciendo el ceño-. ¿A quién queréis acusar? Apio Claudio Pulcro lleva muy poco tiempo de gobernador para que tengáis una querella contra él, y eso en el caso de que el Senado consintiera en juzgar a un gobernador en desempeño de su mandato.

– Es un caso aparte que nada tiene que ver con los gobernadores de Macedonia -replicó Ifícrates-. Queremos que acuses a Cayo Antonio Hibrida por las atrocidades que cometió cuando fue prefecto de caballería con Sila hace diez años.

– ¡Por los dioses, después de tanto tiempo! ¿Por qué?

– No esperamos ganarlo, César. No es el objeto de nuestra misión. Es que por nuestras experiencias con Dolabela el viejo nos hemos dado cuenta cabal de que se nos impone el sometimiento a ciertos romanos que son poco más que animales. Y creemos que ya es hora de que Roma lo sepa. Las peticiones de nada sirven, pues nadie las lee y menos el Senado. Los procesos por traición y extorsión son asuntos enrarecidos a los que sólo asisten las clases altas romanas. Ahora, lo que deseamos es llamar la atención de los caballeros y de las clases bajas, por lo que hemos pensado en un juicio ante el tribunal de homicidios, que es un foro al que acuden todas las clases. Y al pensar en un caso adecuado para ello, a todos nos vino inmediatamente a la cabeza el nombre de Cayo Antonio Hibrida.

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