Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Ayudaré en lo que pueda —dijo fríamente—, pero apenas tengo influencia en Rand. De momento, está tejiendo el Entramado a su albedrío.
—En tal caso hemos de vigilarlo más estrechamente y mantener la esperanza. —Bair suspiró—. Aviendha, te reunirás con Rand al’Thor cuando despierte cada día y no te separarás de él hasta que vuelva a sus mantas por la noche. Te pegarás a él como si fueras su piel. En cuanto a tu aprendizaje, me temo que habrá de hacerse según nos lo permitan las circunstancias; será penoso para ti ocuparte de ambas cosas, pero no queda más remedio. Si hablas con él, y sobre todo si escuchas, no creo que tengas problemas para permanecer a su lado. Pocos hombres rechazarían la compañía de una bonita joven que los atiende. A lo mejor se le escapa algo.
Aviendha se había ido poniendo más rígida a medida que hablaba Bair, y, cuando por fin terminó la Sabia, espetó:
—¡No lo haré!
Un profundo silencio cayó sobre las mujeres y todos los ojos se volvieron hacia ella, pero la joven sostuvo las miradas con actitud desafiante.
—¿No lo harás? —musitó suavemente Bair—. No lo harás. —Era como si saboreara cada palabra de un modo extraño.
—Aviendha, nadie te pide que traiciones a Elayne, sólo que hables con él —intervino Egwene con intención de apaciguarla, pero, en todo caso, la antigua Doncella Lancera pareció todavía más ansiosa por encontrar un arma.
—¿Es ésta la disciplina que se imparte ahora a las Doncellas? —dijo, cortante, Amys—. En tal caso, descubrirás que la nuestra es mucho más rígida. Si existe alguna razón por la que no puedes estar cerca de Rand al’Thor, dínoslo. —La actitud desafiante de Aviendha se atenuó ligeramente, y la joven masculló algo ininteligible. La voz de Amys adquirió un timbre cortante como el filo de un cuchillo—. ¡Habla claro!
—¡No me gusta! —barbotó Aviendha—. ¡Lo odio! ¡Lo odio!
Si Egwene no hubiera conocido a la joven habría pensado que estaba al borde de las lágrimas. Sin embargo, las palabras de Aviendha la conmocionaron; no podía decirlo en serio.
—No te estamos pidiendo que lo ames ni que lo metas en tu cama —increpó Seana con un timbre acerbo—. Te estamos mandando que escuches a ese hombre, ¡y vas a obedecer!
—Chiquilladas —resopló Amys—. ¿Qué clase de jóvenes hay hoy en el mundo? ¿Es que ninguna deja de ser una niña?
Bair y Melaine hablaron aun con más acritud; la mujer mayor amenazó con atar a Aviendha al caballo de Rand en lugar de la silla de montar —y lo dijo como si realmente se propusiera hacerlo al pie de la letra— y Melaine sugirió que, en lugar de dormir por las noches, Aviendha podría ponerse a cavar y cerrar agujeros para que se le aclararan las ideas. Egwene comprendió que las amenazas no tenían el propósito de coaccionarla; estas mujeres esperaban que se las obedeciera y estaban dispuestas a conseguirlo. Cualquier tarea inútil que Aviendha se buscara sería por mostrarse obstinada. Pero esa tozudez pareció menguar y encogerse bajo la penetrante mirada de cuatro pares de ojos clavados en ella, de manera que la joven adoptó una postura en cuclillas más defensiva, pero siguió aguantando, sin dar su brazo a torcer.
Egwene se inclinó junto a ella y le puso la mano en el hombro.
—Me dijiste que éramos casi como hermanas, y creo que lo somos. ¿Querrás hacerlo por mí? Tómalo como si cuidaras de él en nombre de Elayne. Sé que también la aprecias a ella. Podrías comunicarle que Elayne decía en serio lo que escribió en sus cartas. A Rand le gustará saberlo.
El rostro de Aviendha se contrajo en un espasmo.
—Lo haré —aceptó, viniéndose abajo—. Lo cuidaré por Elayne. Por Elayne.
—Chiquilladas. —Amys se estremeció—. Lo vigilarás porque te lo hemos ordenado, muchacha. Si piensas que lo haces por otra razón, descubrirás que estás equivocada y será doloroso. Echa más agua. Apenas sale vapor.
Aviendha arrojó otro puñado de líquido sobre las piedras como si estuviera arremetiendo con una lanza. Egwene se alegró de ver que la joven había recuperado su espíritu combativo, pero decidió hablar con ella a solas para prevenirla. Tener carácter estaba bien, pero había ciertas mujeres —estas cuatro Sabias, por ejemplo, y Siuan Sanche— con quienes era aconsejable controlar el genio al tratar con ellas. Uno podía pasarse el día entero chillando y discutiendo con el Círculo de Mujeres, pero al final acababa haciendo lo que ellas querían y deseando haber mantenido la boca cerrada.
—Ahora que todo está arreglado —dijo Bair—, disfrutemos del vapor en silencio mientras podemos. Algunas de nosotras tenemos todavía mucho que hacer esta noche y las siguientes, si es que vamos a organizar una reunión en Alcair Dal para Rand al’Thor.
—Los hombres siempre hallan el modo de hacer trabajar a las mujeres —comentó Amys—. ¿Por qué iba a ser diferente Rand al’Thor?
El silencio se adueñó de la tienda salvo por el siseo del agua cuando Aviendha rociaba las piedras calientes. Las Sabias estaban sentadas con las manos sobre las rodillas, respirando profundamente. Realmente resultaba muy agradable, incluso relajante, aquel calor húmedo, la sensación de limpieza del resbaladizo sudor en la piel. Egwene decidió que merecía la pena perder un rato de sueño.
Empero, Moraine no parecía estar relajada. Contemplaba el humeante caldero como si estuviera viendo algo más, a lo lejos.
—¿Fue muy malo? —musitó en un quedo susurro Egwene para no molestar a las Sabias—. Me refiero a Rhuidean.
—Los recuerdos se disipan —respondió la Aes Sedai en un tono igual de bajo. No apartó la mirada de su lejana visión, y su voz sonó casi tan gélida como para enfriar el aire caliente de la tienda—. La mayoría ya se han borrado. Algunos, ya los conocía. Otros… La Rueda gira según sus designios, y nosotros sólo somos los hilos del Entramado. He dedicado mi vida a encontrar al Dragón Renacido, a encontrar a Rand, y a prepararlo para que afronte la Última Batalla. Y me ocuparé de que sea así, cueste lo que cueste. Nada ni nadie es más importante que eso.
Sacudida por un escalofrío a despecho de estar sudando, Egwene cerró los ojos. La Aes Sedai no quería consuelo. Era un pedazo de hielo, no una mujer. Egwene se propuso recuperar la sensación de bienestar de momentos antes. Sospechaba que ocasiones como ésta se le presentarían pocas y muy de tarde en tarde en los días venideros.
36
Los buhoneros
Los Aiel levantaron el campamento a primera hora y partieron de Rhuidean cuando el sol aún no había salido y perfilaba intensamente el contorno de las lejanas montañas. Rodearon Chaendaer en tres grupos y descendieron a los accidentados llanos rotos por colinas, altas agujas pétreas y cuetos de punta roma de todas las tonalidades del gris al pardo, algunos rayados con vetas rojizas y ocres. De vez en cuando, surgía un gran arco natural conforme avanzaban al noroeste, o extrañas e inmensas losas pétreas guardando un precario equilibrio, siempre al borde de desplomarse. Dondequiera que Rand miraba, en el horizonte se dibujaba el quebrado perfil de montañas melladas. Daba la impresión de que todos los despojos del Desmembramiento del Mundo se hubieran amontonado aquí, en este lugar llamado el Yermo de Aiel. Allí donde el suelo no era arcilla resquebrajada de color amarillo o marrón o un tono intermedio, era pedregoso y estaba surcado por todas partes por cárcavas secas y hoyos. La escasa y dispersa vegetación era achaparrada, en su mayoría arbustos espinosos y plantas sin hojas y con aguzadas púas; las escasas flores, blancas, rojas o amarillas, resultaban sorprendentes en su aislamiento. De tanto en tanto surgían parches de hierba dura que cubría el suelo, y muy de tarde en tarde aparecía un árbol atrofiado que seguramente también tenía espinas o púas. Comparado con Chaendaer y el valle de Rhuidean, casi podía considerarse exuberante. El aire era tan límpido y la tierra tan árida que Rand tenía la impresión de que la vista alcanzaba a kilómetros y kilómetros de distancia.