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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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La mujer miró de soslayo a Mat antes de contestar:

—En este caso, toda la verdad, la revelada a las Sabias y a los jefes de clan hasta ahora, es que eres nuestra perdición. Nuestra muerte y nuestra salvación. Sin ti, ni uno solo de nosotros sobrevivirá a la Última Batalla. Puede que ni siquiera lleguemos vivos a ese conflicto. Tal es la profecía y la verdad. Contigo… «Esparcirá como agua sobre la arena la sangre de quienes se llaman a sí mismos Aiel y los quebrará como ramitas secas, si bien salvará a un resto del resto y ésos vivirán». —Sostuvo su mirada sin encogerse. Era una mujer dura de una tierra dura.

Rand rodó de nuevo sobre el costado y volvió a ensimismarse en la contemplación del valle. Todos, excepto Mat, se marcharon.

A media tarde avistó finalmente a una figura que trepaba por la ladera a trompicones, débilmente. Era Aviendha. Mat no se había equivocado: iba en cueros, como su madre la trajo al mundo. Por muy Aiel que fuera, también los rayos de sol le habían dejado señal, ya que sólo tenía curtidos el rostro y las manos, de manera que el resto del cuerpo estaba muy rojo debido a la insolación. Rand se alegró de verla. Él no le caía bien, pero sólo porque creía que había tratado mal a Elayne: el motivo más simple que cabía. No por una profecía ni por su destrucción ni por los dragones de sus brazos ni porque fuera El que Viene con el Alba: por una simple razón humana. Casi deseaba volver a sentir sobre él aquellas frías y retadoras miradas.

Cuando la joven reparó en él se quedó paralizada y en sus ojos, de una tonalidad verde azulada, no había asomo de frialdad. El ardor de su mirada hacía que el fuego del sol pareciera tibio; de ser cierto, habría quedado hecho cenizas allí mismo.

—Eh…, Rand —llamó quedamente Mat—. Yo que tú no le daría la espalda.

El joven dejó escapar un suspiro cansado. Por supuesto. Si la muchacha había entrado en las columnas de cristal, tenía que saberlo. Bair, Melaine y las otras habían tenido años por delante para acostumbrarse a la idea. Para Aviendha, por el contrario, era una herida recién abierta, sin costra todavía. «No es de extrañar que me odie».

Las Sabias salieron, presurosas, al encuentro de Aviendha y la condujeron rápidamente hacia otra tienda. Cuando Rand volvió a verla llevaba puestas una amplia falda marrón y una blusa blanca suelta, con un chal echado sobre los brazos. No parecía muy contenta con su nuevo atuendo. Se dio cuenta de que la estaba mirando, y la ira plasmada en su rostro —una pura rabia animal— bastó para hacerle volver la cabeza.

Las sombras empezaban a alargarse hacia las lejanas montañas para cuando Moraine apareció, trastabillando y cayendo y volviendo a incorporarse mientras subía la ladera, tan quemada como Aviendha. Rand se quedó estupefacto al reparar en que también iba desnuda. Las mujeres no estaban en sus cabales, ni más ni menos.

Lan saltó del peñasco y bajó corriendo hacia ella. La levantó en sus brazos y volvió cuesta arriba a toda prisa, puede que más rápido de lo que había bajado, a la par que maldecía y llamaba a gritos a las Sabias. La cabeza de Moraine se mecía flojamente sobre su hombro. Las Sabias salieron a su encuentro y la cogieron; tuvieron que frenar al Guardián a la fuerza, sujetándolo, para que no entrara tras ellas en la tienda. Lan se quedó fuera, paseando arriba y abajo, descargando el puño contra la palma de la otra mano.

Rand se tendió de espaldas y prendió la mirada en el techo bajo de la tienda. Se habían ganado tres días. Debería sentirse contento de que Moraine y Aviendha hubieran regresado sanas y salvas, pero lo que causaba su alivio eran aquellos tres días ganados. El tiempo lo era todo. Era preciso que eligiera el terreno que le convenía y quizá todavía tenía esa posibilidad.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Mat.

—Algo que debería ser de tu agrado. Voy a romper las reglas.

—A lo que me refiero es si vas a comer algo. Yo estoy hambriento.

A despecho de sí mismo, Rand se echó a reír. ¿Comer algo? Le importaba un bledo si no volvía a probar bocado. Mat lo miraba como si estuviera loco, y ello hizo que arreciaran sus carcajadas. De loco nada. Por primera vez, alguien iba a enterarse de lo que significaba que él fuera el Dragón Renacido. Pensaba romper las reglas de un modo que nadie esperaba.

35

Unas duras lecciones

El Corazón de la Ciudadela en el Tel’aran’rhiod era tal como lo recordaba Egwene en el mundo reaclass="underline" grandes columnas de pulida piedra roja elevándose hasta el distante techo, y, bajo la gran cúpula central, Callandor, hincada en las baldosas. Sólo faltaba la gente. Las lámparas doradas no estaban encendidas y, sin embargo, había una especie de luz, de algún modo mortecina e intensa al mismo tiempo, que parecía proceder de todas partes y de ninguna. Esto solía ocurrir a menudo en los ambientes interiores en el Tel’aran’rhiod.

Lo que Egwene no esperaba ver era la mujer que había de pie al otro lado de la fulgente espada de cristal, escudriñando las pálidas sombras entre las columnas. El modo en que iba vestida dejó perpleja a Egwene. Estaba descalza y llevaba unos amplios pantalones de seda amarilla brocada. Por encima del fajín, también en amarillo pero de un tono más oscuro, estaba desnuda salvo por unas cadenas doradas que le rodeaban la garganta. Unos pendientes pequeños de oro le decoraban las orejas en relucientes hileras y, lo más chocante de todo, era otro anillo que llevaba en la nariz y unido por una fina cadena jalonada de diminutos medallones a uno de los de la oreja izquierda.

—¿Elayne? —exclamó, boquiabierta, Egwene mientras se ajustaba el chal como si fuera ella la que llevaba descubierto el busto. La joven había elegido esta vez el atuendo de una Sabia por ninguna razón en particular.

La heredera del trono dio un brinco y, cuando se volvió hacia su amiga, el atuendo había cambiado por completo y llevaba un recatado vestido color verde pálido con cuello alto bordado y mangas largas rematadas en picos que caían sobre sus manos. Los pendientes y el aro de la nariz habían desaparecido.

—Es como se visten las mujeres de las islas de los Marinos cuando están en alta mar —se apresuró a explicar, colorada hasta la raíz del pelo—. Quería comprobar qué se sentía al ir vestida así y éste me pareció el lugar más apropiado. Después de todo, no puedo hacerlo en el barco.

—¿Y qué se siente? —preguntó Egwene con curiosidad.

—De hecho, un poco de frío. —Elayne recorrió con la mirada las columnas—. Y te da la impresión de que te están observando fijamente aun cuando no haya nadie. —De repente se echó a reír—. Pobres Thom y Juilin. La mayor parte del tiempo no saben dónde poner los ojos. La mitad de la tripulación son mujeres.

Egwene también escudriñó las columnas y encogió los hombros con desasosiego. Daba la sensación de que hubiera alguien observando. Sin duda se debía a que eran las únicas personas que había en la Ciudadela. Nadie que tuviera acceso al Tel’aran’rhiod esperaría encontrar gente a quien vigilar aquí.

—¿Thom? ¿Thom Merrilin? ¿Y Juilin Sandar? ¿Están con vosotras?

—Oh, Egwene, Rand los envió. Rand y Lan. Bueno, de hecho fue Moraine la que envió a Thom, pero Rand se lo ordenó a maese Sandar. Para que nos ayuden. Nynaeve se siente muy ufana, por Lan, se entiende, aunque jamás lo admitiría.

Egwene sonrió levemente. ¿Así que era Nynaeve la que se sentía ufana? Vaya, pero si Elayne estaba radiante; y había vuelto a cambiar su vestido, esta vez con un escote mucho más bajo, sin que al parecer fuera consciente de ello. El ter’angreal, el anillo retorcido de piedra, ayudaba a la heredera a entrar en el Mundo de los Sueños con igual facilidad que ella, pero no otorgaba control. Eso tenía que aprenderse. Cualquier idea concisa —como por ejemplo cómo le gustaría a Rand— aún producía cambios espontáneos en Elayne.

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