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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—¿Cómo está? —El timbre de la heredera era una extraña mezcla de forzada naturalidad y aprensión.

—Bien. Eso creo.

Le hizo un informe completo de lo ocurrido: los Portales de Piedra y Rhuidean —hasta donde sabía por lo que había escuchado y lo que había deducido por el comentario de ver a través de los ojos de los antepasados—, las extrañas criaturas semejantes a la del estandarte del Dragón que marcaban los antebrazos de Rand, la revelación de Bair de que el joven era la perdición de los Aiel, la convocatoria a los jefes de clan en Alcair Dal. Amys y las otras Sabias debían de estar ocupándose de eso en este momento, y Egwene deseó fervientemente que así fuera. Incluso le contó a su amiga la extraña historia de los verdaderos padres de Rand, en resumen.

—Pero, no sé —añadió—. Desde entonces ha estado comportándose de un modo más raro que nunca. Y Mat no le anda a la zaga. No quiero decir que esté loco, pero… Ahora es tan inflexible como Rhuarc o Lan, al menos en ciertos aspectos; puede que incluso más. Creo que planea algo, algo que no quiere que sepa nadie, y tiene mucha prisa por ponerlo en marcha. Me preocupa un poco. A veces tengo la impresión de que ya no ve a la gente, sólo piezas en un tablero de damas.

Elayne no pareció preocupada en absoluto, al menos por eso.

—Él es lo que es, Egwene. Un rey o un general no puede permitirse el lujo de ver gente. Cuando un gobernante ha de tomar una decisión conveniente para la nación, sabe que en ocasiones alguien sale perjudicado por el bien general. Rand es un rey, Egwene, aunque sin una nación, a menos que contemos Tear; y, si no hace algo porque puede herir a alguien, acabará haciendo daño a todos.

Egwene bufó. Tal vez tuviera sentido lo que decía la heredera del trono, pero no por eso tenía que gustarle. Las personas eran personas y tenía que considerárselas como tal.

—Hay algo más. Algunas de las Sabias pueden encauzar. Ignoro cuántas de ellas, pero sospecho que no son pocas, en mayor o menor grado. Por lo que me ha dicho Amys, encuentran a todas las mujeres que tienen el don innato. —Ninguna Aiel moría tratando de aprender a canalizar sin saber siquiera qué estaba haciendo; no existía entre las Aiel lo que ellas conocían como espontáneas. Los hombres que descubrían su capacidad de encauzar se enfrentaban a un destino más sombrío: se encaminaban hacia el norte, a la Gran Llaga y puede que más allá, a las Tierras Malditas y Shayol Ghul. «Ir a matar al Oscuro», lo llamaban. Ninguno sobrevivía el tiempo suficiente para perder la razón—. Resulta que Aviendha es una de las que han nacido con el don. Creo que será muy fuerte, y Amys opina igual.

—Aviendha —repitió Elayne—. Por supuesto. Debí darme cuenta. Sentí la misma sensación de afinidad con Jorin nada más verla, como me ocurrió con ella. Y contigo, por supuesto.

—¿Jorin?

Elayne apretó los labios, disgustada consigo misma.

—Prometí que guardaría su secreto y, a la primera oportunidad, suelto la lengua. En fin, supongo que tú no la perjudicarás a ella ni a sus hermanas. Jorin es la Detectora de Vientos del Tajador de olas, Egwene. Puede encauzar, al igual que algunas de las otras Detectoras de Vientos. —Echó una ojeada a las columnas que las rodeaban y, de repente, el escote del vestido desapareció dejando paso a un cuello alto que le cubría hasta la barbilla. Se ajustó un oscuro chal de encaje que no llevaba un momento antes y que ahora le cubría el cabello y arrojaba sombras sobre su rostro—. Egwene, no debes decírselo a nadie. Jorin tiene miedo de que la Torre trate de obligarles a convertirse en Aes Sedai o controlarlas de algún modo. Le prometí que haría cuanto estuviera en mi mano para evitar que tal cosa ocurra.

—No diré una palabra —aseguró Egwene lentamente. Sabias y Detectoras de Vientos. Y, en ambos colectivos, mujeres capaces de encauzar sin que ninguna hubiera tenido que prestar los Tres Juramentos comprometiéndose a cumplirlos por la Vara Juratoria. Se suponía que el fin de esos Juramentos era que la gente confiara en las Aes Sedai o, al menos, que no temiera su poder. Sin embargo, las Aes Sedai todavía tenían que ocultar su condición las más de las veces. Las Sabias, y habría apostado a que también las Detectoras de Vientos, gozaban de una posición de prestigio en sus respectivas sociedades y del respeto de sus pueblos. Y todo ello sin necesidad de estar comprometidas para, supuestamente, no ponerlos en peligro. Era algo en lo que pensar.

—Vamos bastante adelantadas a lo que habíamos programado, Egwene. Jorin ha estado enseñándome a trabajar con los fenómenos atmosféricos. ¡No te imaginas el tamaño de los flujos de aire que es capaz de tejer! Entre las dos estamos consiguiendo que el Tajador de olas viaje más deprisa que nunca, y es un navío realmente veloz de por sí. Llegaremos a Tanchico dentro de tres días o quizás en dos, según Coine. Es la Navegante, la capitana. Diez días desde Tear a Tanchico, calculo. Y eso, parándonos para hablar con todos los barcos Atha’an Miere que vemos. Egwene, los Marinos creen que Rand es su Coramoor.

—¿De veras?

—Coine ha interpretado mal parte de lo ocurrido en Tear. Para empezar, da por sentado que las Aes Sedai sirven ahora a Rand, y Nynaeve y yo pensamos que lo mejor era no sacarla de su error. Tan pronto como informe a otras Navegantes, la noticia se propagará y se pondrán al servicio de Rand. Creo que harán cualquier cosa que les pida.

—Ojalá los Aiel se mostraran tan dispuestos. —Egwene suspiró—. Rhuarc opina que algunos podrían rehusar reconocerlo, lleve o no los dragones de Rhuidean en los brazos. Uno de ellos, un tipo llamado Couladin, estoy segura de que lo mataría si se le presentara la menor oportunidad.

Elayne adelantó un paso, impetuosa.

—Tú te ocuparás de que eso no ocurra. —No era una pregunta ni una petición. En sus azules ojos había un brillo ardiente y en su mano sostenía una daga desenvainada.

—Haré absolutamente todo cuanto esté en mi mano. Rhuarc le ha puesto guardias personales.

Elayne pareció reparar por primera vez en la daga que empuñaba y tuvo un sobresalto. El arma desapareció.

—Tienes que enseñarme lo que quiera que Amys esté enseñándote a ti, Egwene. Resulta desconcertante que aparezcan y desaparezcan cosas o que de repente esté vestida con ropas distintas. Me ocurre e ignoro por qué.

—Te enseñaré, no te preocupes. Cuando tenga tiempo. —De hecho llevaba ya demasiado tiempo en el Tel’aran’rhiod—. Elayne, si no aparezco aquí cuando tengamos que reunirnos de nuevo, no te preocupes. Lo intentaré, pero quizá no me sea posible. No te olvides de decírselo a Nynaeve. Si no vengo, probad las noches siguientes. No me retrasaré más de una o dos, estoy segura.

—Si tú lo dices —repuso, poco convencida, Elayne—. Nos llevará semanas descubrir si Liandrin y las otras se encuentran o no en Tanchico. Thom es de la opinión que la ciudad estará sumida en el caos. —Sus ojos se desviaron hacia Callandor, cuya hoja estaba embebida en el suelo hasta más de la mitad—. ¿Por qué crees que hizo eso?

—Dijo que con ello tendría a los tearianos sujetos a él. Mientras la espada siga ahí, saben que va a regresar. Quizá sabe lo que dice. Eso espero.

—Oh, pensé que… Que quizás él… Bueno, que estaba furioso por algo.

Egwene la miró con el entrecejo fruncido. Esta actitud tímida no era propia de Elayne.

—¿Furioso por qué?

—Oh, por nada. Sólo era una idea. Egwene, le di dos cartas antes de marcharme de Tear. ¿Sabes cómo reaccionó?

—No, no lo sé. ¿Decías algo por lo que piensas que podría haberse enfadado?

—Por supuesto que no. —Elayne soltó una risa jovial; sonaba forzada. De repente su vestido era de lana oscura, lo bastante grueso para un invierno riguroso—. Tendría que ser una necia para escribir cosas que lo irritaran. —Su cabello se levantó en todas direcciones, como una absurda corona, pero la joven no era consciente de ello—. Al fin y al cabo, lo que intento es que se enamore de mí, sólo eso. Oh, ¿por qué tienen que ser tan complicados los hombres? ¿Por qué tienen que hacer las cosas tan difíciles? En fin, por lo menos está lejos de Berelain. —La lana se transformó de nuevo en seda, con el escote aun más bajo que al principio; el cabello le caía sobre los hombros en relucientes ondas que empañaban el brillo de la seda. Vaciló un momento y se mordió el labio inferior—. Egwene, si tienes ocasión, ¿querrás decirle que hablaba en serio cuando…? ¿Egwene? ¡Egwene!

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