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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Sin embargo, el aire no era menos seco, y el calor era igualmente implacable, con el sol semejando una masa de oro fundido en lo alto de un cielo completamente despejado. Rand se había cubierto la cabeza con un shoufa para resguardarse lo más posible del abrasador astro, y bebía frecuentemente del odre colgado en la silla de Jeade’en. Cosa extraña, llevar puesta la chaqueta lo ayudaba a aguantar el calor; no es que sudara menos, pero la camisa se mantenía húmeda debajo del rojo paño de lana, lo cual en cierto modo lo refrescaba. Mat había utilizado una tira de tela para sujetarse a la cabeza un gran pañuelo blanco, como un extraño gorro que le colgaba sobre la nuca, y a menudo se ponía la mano a modo de visera sobre los ojos para protegerlos del cegador fulgor. Portaba la extraña arma con los cuervos grabados y la larga cuchilla como si fuera una lanza, con la punta del astil metida en el estribo.

Su grupo constaba de unos cuatrocientos Jindo; Rand y Mat cabalgaban a la cabeza, junto con Rhuarc y Heirn. Los Aiel caminaban, por supuesto, y las tiendas y parte del botín obtenido en Tear iban cargados en mulas y caballos de carga. Varias Doncellas de los Jindo se habían adelantado en abanico para explorar el terreno, mientras que los Soldados de Piedra iban detrás, como tropa de retaguardia. La columna principal iba jalonada de ojos avizores, lanzas aprestadas y arcos con las flechas encajadas en la cuerda. Supuestamente, la paz de Rhuidean debería extenderse hasta que los que habían acudido a Rhuidean estuvieran de regreso a sus dominios; pero, como Rhuarc explicó a Rand, se sabía de errores cometidos, y ni las disculpas ni los pleitos de sangre hacían que los muertos regresaran de sus tumbas. Por lo visto Rhuarc era de la opinión de que un error de ese tipo tendría lugar esta vez y, sin duda, proveniente del grupo Shaido.

Las tierras del clan Shaido se encontraban más allá de las de los Taardad Jindo, en la misma dirección desde Chaendaer, y el grupo avanzaba en paralelo, a poco menos de medio kilómetro de distancia del de ellos. Según Rhuarc, Couladin debería haber esperado otro día a que su hermano regresara. El hecho de que Rand hubiera visto a Muradin después de que se hubiera arrancado los ojos no marcaba ninguna diferencia; diez días era el plazo máximo asignado. Partir antes significaba abandonar a quienquiera que hubiera entrado en Rhuidean. No obstante, Couladin había ordenado a los Shaido desmontar las tiendas tan pronto como vio que los Jindo empezaban a poner bultos sobre los animales de carga. Ahora los Shaido avanzaban junto a ellos con sus propios exploradores y su tropa de retaguardia, aparentemente haciendo caso omiso de los Jindo, pero la distancia mantenida entre ambos grupos nunca se ampliaba en más de un centenar de pasos. Era normal tener testigos de una media docena de los septiares más grandes cuando un hombre buscaba las marcas de jefe de clan, y la gente de Couladin superaba a los Jindo al menos en dos a uno.

A mitad de camino entre los Shaido y los Taardad iban las Sabias; caminaban igual que los demás Aiel, incluidos los extraños hombres y mujeres vestidos de blanco a los que Rhuarc llamaba gai’shain y que se encargaban de conducir las bestias de carga. No eran sirvientes exactamente, pero Rand no acababa de entender la explicación de Rhuarc respecto a honor, obligaciones y cautivos; Heirn había sido aun más impreciso, como quien se esfuerza por explicar por qué el agua es húmeda. Rand sospechaba que ese tercer grupo era la razón de que el trecho de separación no se acortara repentina y violentamente. Moraine, Egwene y Lan cabalgaban al lado de las Sabias o, al menos, lo hacían las dos mujeres. El Guardián montaba en su caballo de guerra un poco apartado, en el lado de los Shaido, vigilándolos con tanta intensidad como escudriñaba el accidentado paisaje. A veces Moraine o Egwene o ambas a un tiempo desmontaban para caminar un rato y conversar con las Sabias. Rand habría dado hasta su último céntimo por escuchar lo que hablaban. Miraban en su dirección con frecuencia; unas rápidas ojeadas que supuestamente él no habría debido advertir. Por alguna razón Egwene se había peinado con dos trenzas adornadas con cintas rojas, como una novia. El joven ignoraba el motivo. Había hecho un comentario al respecto ante de partir de Chaendaer —sólo mencionándolo— y ella casi le había arrancado la cabeza.

—Elayne es la mujer que te interesa.

El comentario hizo que Rand bajara la vista hacia Aviendha. La expresión desafiante había aparecido de nuevo en sus ojos azul verdosos, pero no era más que una fina capa que encubría sólo a medias una total aversión. La había encontrado esperando a la puerta de la tienda cuando despertó por la mañana y desde entonces no se había apartado más de tres pasos de él. Era evidente que las Sabias la habían enviado para espiarlo y, naturalmente, se suponía que él no tenía que darse cuenta. Era una joven hermosa y daban por sentado que era lo bastante necio para no ver más allá de sus narices. Seguramente también era la razón de que ahora vistiera faldas y no llevara más armas que un pequeño cuchillo en el cinturón. Por lo visto las mujeres pensaban que los hombres eran más simples que el asa de un cubo. Bien pensado, ninguno de los otros Aiel había comentado nada sobre el cambio de atuendo, pero incluso Rhuarc evitaba mirarla demasiado. Probablemente sabían el motivo de que estuviera allí o tenían una vaga idea del plan de las Sabias y no querían hablar de ello.

Rhuidean. Todavía no sabía por qué había ido allí la Aiel; Rhuarc había mascullado algo sobre «asuntos de mujeres», obviamente reacio a comentar el asunto delante de la joven. Habida cuenta de que Aviendha no se apartaba de él, significaba no hablar de ello ni poco ni mucho. Ahora el jefe de clan los escuchaba con atención, al igual que Heirn y todos los Jindo que estaban lo bastante cerca para oírlos. Con los Aiel nunca se sabía de seguro, pero a Rand le dio la impresión de que su expresión era divertida. Mat silbaba quedamente y hacía toda una ostentación de mirar a cualquier otra parte excepto a ellos dos. Con todo, ésta era la primera vez en todo el día que Aviendha le había dirigido la palabra.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

Las amplias faldas no la estorbaban para caminar y mantenía el paso de Jeade’en. No era exactamente caminar: deslizarse lo describía mejor. Si hubiera sido un felino, Rand estaba seguro de que habría estado meneando la cola.

—Elayne es una mujer de las tierras húmedas, de tu propia clase. —Alzó la cabeza en un gesto arrogante. La corta cola de caballo que las guerreras Aiel llevaban atada a la nuca había desaparecido, y el pañuelo doblado que ceñía sus sienes casi le envolvía el cabello—. Exactamente la mujer que te interesa. ¿No te parece hermosa? Tiene la espalda recta, los miembros fuertes y flexibles y los labios carnosos y rojos como granas. Su cabello parece oro hilado y sus ojos, zafiros. Su piel es más suave que la seda más fina, su busto lleno y armonioso. Sus caderas…

—Sé que es hermosa —la interrumpió precipitadamente Rand, que sentía arderle las mejillas—. ¿Qué te propones?

—Me limito a describirla. —Aviendha levantó la cabeza y lo miró, ceñuda—. ¿La has visto en el baño? No tengo que explicártelo si la has visto…

—¡Pues claro que no la he visto! —Ojalá su voz no sonara tan estrangulada. Rhuarc y los demás estaban pendientes de sus palabras y la expresión impasible de sus rostros apuntaba claramente el regocijo que disimulaban. Mat giró los ojos al tiempo que sonreía con picardía.

La Aiel se encogió de hombros y se ajustó el chal.

—Tendríamos que haberlo arreglado. Pero la he visto y actuaré como su hermana segunda. —El énfasis parecía apuntar que significaba lo mismo que si hubiera dicho tu hermana segunda; las costumbres Aiel eran raras, ¡pero esto alcanzaba la categoría de descabellado!—. Sus caderas…

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