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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Algo tiró de Egwene hacia atrás violentamente. El Corazón de la Ciudadela desapareció en la negrura, como si alguien la alejara bruscamente arrastrándola por el cuello de la blusa.

Egwene despertó dando un respingo; miró el techo bajo de la tienda envuelto en la noche mientras sentía el alocado palpitar de su corazón. Por los costados abiertos sólo penetraba un poco de luz de luna. Yacía bajo las mantas —en el Yermo hacía tanto frío de noche como calor durante el día, y el brasero en el que se quemaba estiércol seco, que emitía un olor dulzón, apenas proporcionaba calor—, igual que estaba cuando se había quedado dormida. Entonces ¿qué había tirado de ella, haciéndola regresar?

De repente reparó en Amys, que estaba sentada junto a ella con las piernas cruzadas, encubierta por las sombras. El rostro de la Sabia, envuelto en oscuridad, era tan sombrío y severo como la noche.

—¿Fuisteis vos, Amys? —dijo, iracunda—. No tenéis derecho a arrastrarme de ese modo. Soy una Aes Sedai del Ajah Verde… —Ahora ya le salía fácilmente la mentira—, y no tenéis derecho a…

—Al otro lado de la Pared del Dragón —la cortó la voz severa de la Sabia—, en la Torre Blanca, eres una Aes Sedai. Aquí no eres más que una ignorante alumna, una necia chiquilla que gatea por un nido de víboras.

—Sé que dije que no entraría en el Tel’aran’rhiod sin vos —repuso Egwene, procurando hablar con un tono razonable—, pero…

Algo la aferró por los tobillos y la levantó en vilo en el aire; las mantas cayeron y las ropas de la joven se amontonaron en sus axilas. Se quedó colgada cabeza abajo, con el rostro a la altura del de Amys. Furiosa, se abrió al saidar… en vano. Estaba bloqueada.

—Querías marcharte sola —siseó—. Se te advirtió, pero tenías que irte. —Sus ojos relucían en la oscuridad, un brillo que aumentaba más y más—. Sin preocuparte por lo que podría estar esperándote. En los sueños existen cosas que atenazan el corazón más valeroso. —Alrededor de los ojos, semejantes a unas brasas azules, el semblante de la Sabia se derritió, se alargó, y brotaron escamas donde antes había piel; sus mandíbulas se proyectaron hacia adelante, repletas de aguzados dientes—. Cosas que pueden devorar incluso el corazón más valeroso —gruñó.

Chillando, Egwene arremetió contra el escudo que le impedía tocar la Fuente Verdadera. Intentó golpear aquel rostro espantoso, aquella cosa que no podía ser Amys, pero algo le sujetó las muñecas y tiró, dejándola inerme y temblorosa en el aire. Lo único que pudo hacer fue chillar de terror cuando aquellas mandíbulas se cerraron sobre su rostro.

Gritando, Egwene se sentó bruscamente, aferrada a las mantas. Haciendo un gran esfuerzo logró cerrar la boca, pero no pudo hacer nada para contener los temblores que la sacudían violentamente. Se encontraba en la tienda. ¿O no? En las sombras, cruzada de piernas, envuelta en la aureola del saidar, estaba Amys. ¿O no era ella? Desesperada, se abrió a la Fuente y a punto estuvo de ponerse a chillar otra vez al chocar de nuevo contra la barrera. Apartó bruscamente las mantas y gateó sobre las alfombras hasta donde tenía sus ropas dobladas y empezó a revolverlas. Entre ellas guardaba un cuchillo pequeño. ¿Dónde estaba? ¿Dónde? ¡Aquí!

—Siéntate —ordenó Amys con acritud—, antes de que te medique por tener hipocondría y azogue. No te gustaría el sabor de la medicina.

Egwene se giró sobre las rodillas, sujetando el pequeño cuchillo con las dos manos, que sólo gracias a tenerlas juntas alrededor del mango no le temblaban de manera incontrolada.

—¿Sois realmente vos esta vez?

—Soy yo, ahora y también antes. Las lecciones duras son las mejores. ¿Piensas clavarme eso?

Vacilante, Egwene enfundó el cuchillo.

—No tenéis derecho a…

—¡Tengo todo el derecho! Me diste tu palabra. Ignoraba que las Aes Sedai podían mentir. Si voy a enseñarte, he de estar segura que me obedecerás. ¡No estoy dispuesta a ver cómo una alumna mía se degüella a sí misma! —Amys suspiró. El halo resplandeciente desapareció, como también la barrera que había entre Egwene y el saidar—. Ya no puedo mantener el escudo más tiempo. Eres mucho más fuerte que yo. En el Poder Único, se entiende. Faltó poco para que rompieras la barrera que te puse. Sin embargo, si no vas a cumplir tu palabra, no estoy segura de querer enseñarte.

—La cumpliré, Amys, lo juro. Pero he de reunirme con mis amigas en el Tel’aran’rhiod. También se lo prometí. Pueden necesitar mi ayuda, Amys, mi consejo. —En la oscuridad resultaba difícil adivinar qué pensaba la Sabia al quedar su rostro casi oculto por las sombras, aunque a Egwene no le pareció que su expresión se hubiera suavizado lo más mínimo—. Por favor, Amys. Me habéis enseñado mucho ya. Creo que sería capaz de localizar dónde están. Por favor, no interrumpáis vuestras enseñanzas ahora, cuando todavía me queda tanto por aprender. Haré lo que vos queráis.

—Trénzate el cabello —dijo Amys con voz inexpresiva.

—¿Que me lo trence? —repitió, desconcertada, Egwene. No le importaba hacerlo, pero ¿por qué? Ahora lo llevaba suelto, cayendo sobre los hombros, aunque no hacía mucho casi no había cabido en sí de orgullo el día en que el Círculo de Mujeres, en casa, había manifestado que ya era lo bastante mayor para llevar trenza, el estilo de peinado que todavía llevaba Nynaeve. En Dos Ríos, peinarse con trenza significaba que una joven había alcanzado la edad para considerársela una mujer.

—En dos trenzas, una sobre cada oreja. —El timbre de Amys seguía siendo frío e impasible—. Si no tienes cintas para entretejerlas con el cabello, yo te daré algunas. Así es como se peinan las niñas Aiel. Niñas demasiado pequeñas para fiarse de su palabra. Cuando me demuestres que sabes cumplir la tuya, podrás dejar de peinarte así. Pero, si vuelves a mentirme, haré que te cortes las faldas, como las de los vestidos de las chiquillas, y te haré llevar una muñeca. Cuando decidas comportarte como una mujer, se te tratará como a tal. Acepta estas condiciones o dejaré de enseñarte.

—Las aceptaré si vos accedéis a acompañarme cuando tenga que reunirme con…

—¡Acepta, Aes Sedai! Yo no hago tratos con chiquillas o con quienes son incapaces de mantener su palabra. Harás lo que te ordene, aceptarás lo que considere a bien ofrecer, y nada más. En caso contrario, márchate y sé la única responsable de provocar tu muerte. ¡Yo no contribuiré a que eso ocurra!

Egwene se alegró de que la tienda estuviera a oscuras, pues así su gesto ceñudo pasó inadvertido. Cierto, había dado su palabra, pero esto era muy injusto. Nadie intentaba obligar a Rand a dar rodeos para eludir unas reglas estúpidas. Bueno, a lo mejor él era diferente. En cualquier caso, no estaba segura de querer cambiar su situación por la de Rand, de preferir ser el blanco de la lanza de Couladin a someterse a los dictados de Amys. Indiscutiblemente, Mat no aguantaría las reglas de nadie, pero él, ni que fuera ta’veren ni que no, no tenía nada que aprender; lo único que tenía que hacer era ser él mismo. Seguramente se negaría a aprender nada de presentarse el caso, a menos que tuviera que ver con el juego o con cruzar apuestas con tontos. Pero ella sí deseaba aprender. A veces era como una sed insaciable; por mucho que absorbiera no quedaba saciada. Con todo, le seguía pareciendo injusto. «Las cosas hay que tomarlas como son», pensó tristemente.

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