Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—¡Basta!
La joven lo miró de soslayo.
—Es la mujer indicada para ti. Elayne ha puesto el corazón a tus pies como una guirnalda nupcial. ¿Crees que había alguien en la Ciudadela de Tear que no estuviera enterado?
—No quiero hablar más de Elayne —declaró con firmeza. Y sobre todo si su intención era seguir en la misma línea. La idea consiguió que de nuevo le ardiera la cara. ¡A esta chica no parecía importarle lo que decía ni quién la estaba escuchando!
—Haces bien en sonrojarte. Mira que dejarla a un lado cuando te había abierto su corazón… —El tono de Aviendha sonaba duro y despectivo—. Te escribió dos cartas, desnudando su alma como desnudaría su cuerpo bajo el techo de tu madre. La sedujiste para robarle besos en cualquier rincón y después la rechazaste. ¡Dijo en serio cada palabra escrita en esas cartas, Rand al’Thor! Cada palabra. Egwene me lo contó. ¿Qué intenciones tienes respecto a ella, hombre de las tierras húmedas?
Rand se pasó los dedos por el cabello y tuvo que arreglarse otra vez el shoufa. ¿Que Elayne había dicho en serio cada palabra escrita? ¿En las dos cartas? Eso era del todo imposible. ¡Pero si una contradecía a la otra casi punto por punto! De repente dio un respingo. ¿Que Egwene se lo había contado? ¿Respecto a las cartas de Elayne? ¿Es que las mujeres hablaban de estos asuntos entre ellas? ¿Planeaban unas con otras el mejor modo de desconcertar a un hombre?
De repente echó de menos a Min. Ella no lo hacía sentirse como un estúpido. Bueno, aparte de dos o tres veces. Y nunca lo había insultado. Vale, lo había llamado «pastor» en varias ocasiones. Pero se sentía a gusto con ella, envuelto en una especie de calidez. En ningún momento lo hacía sentirse como un completo idiota, como Elayne y Aviendha.
Su silencio pareció irritar aun más a la Aiel, si tal cosa era posible. Mascullando entre dientes, pisando fuerte al caminar como si quisiera machacar algo o a alguien, se ajustó y se arregló el chal al menos media docena de veces seguidas. Finalmente sus rezongos cesaron y en lugar de ello se puso a mirarlo con fijeza, sin quitarle los ojos de encima en ningún momento. Como un buitre. Rand no entendía cómo era capaz de seguir andando sin tropezar y caer de bruces.
—¿Por qué me miras así? —demandó.
—Estoy escuchando, Rand al’Thor, ya que no quieres que hable. —Esbozó una sonrisa tirante, con los dientes apretados—. ¿Te gusta que esté pendiente de ti, escuchando?
Rand miró a Mat, que cabalgaba detrás de la Aiel, y su amigo sacudió la cabeza. No había quien entendiera a las mujeres. Intentó centrarse en lo que le aguardaba, pero resultaba difícil con los ojos de la mujer clavados en él. Unos hermosos ojos de no ser por que rebosaban rencor, pero habría preferido que miraran a otra parte.
Llevando la mano a modo de visera sobre los ojos para resguardarlos del intenso resplandor, Mat procuró no mirar a Rand ni a la Aiel que caminaba entre sus caballos. No entendía cómo la aguantaba su amigo. Aviendha era bastante guapa —a decir verdad, muy guapa, sobre todo ahora que llevaba algo parecido a un atuendo de mujer—, pero tenía una lengua viperina y un genio que hacía parecer manso el de Nynaeve. Se alegró de que fuera Rand el que tenía que soportarla, y no él.
Se quitó el pañuelo de la cabeza para enjugarse el sudor del rostro y después volvió a ponérselo. Empezaba a estar harto del calor y del implacable sol. ¿Es que en esta tierra no había una condenada sombra? El sudor le escocía en las heridas. Había rechazado la Curación anoche, cuando Moraine le despertó después de que, por fin, hubiera conseguido dormirse. Unos cuantos cortes eran un precio bajo con tal de evitar que alguien utilizara el Poder sobre uno, y la infusión de sabor repugnante preparada por las Sabias le había quitado el dolor de cabeza. Bueno, hasta cierto punto. Dudaba que la Aes Sedai pudiera hacer nada para remediar lo que todavía le molestaba y no tenía intención de decírselo hasta que él mismo lo hubiera entendido. Y puede que ni aun entonces. Ni siquiera quería pensar en ello.
Moraine y las Sabias lo observaban. Bueno, suponía que observaban a Rand, pero la sensación era la misma. Cosa sorprendente, la de cabello dorado, Melaine, se había subido a la grupa de Aldieb, detrás de Moraine; mantenía torpemente el equilibrio y se aferraba a la cintura de la Aes Sedai mientras hablaban. Por lo que sabía, los Aiel jamás montaban a caballo. Una guapa mujer, la tal Melaine, con aquellos ardientes ojos verdes; lo malo era que encauzaba. Un hombre tendría que ser un idiota redomado para enredarse con una de ellas. Rebulló en la silla de Puntos al tiempo que se recordaba que a él le importaba un pimiento lo que hicieran los Aiel.
«He estado en Rhuidean. He hecho lo que me dijeron que tenía que hacer esos necios con pinta de serpiente. ¿Y qué he sacado en limpio? Esta jodida lanza, un medallón de plata y… Podría marcharme ahora. Y si tuviera una pizca de sentido común, lo haría».
Sí, podía marcharse, intentar salir del Yermo por sí mismo antes de morir de sed o por insolación. Lo haría si Rand no siguiera tirando de él, aferrándolo. La manera más fácil de comprobarlo era intentar marcharse. Al contemplar el desolado paisaje, se encogió. Sopló una ráfaga de aire —parecía haber salido de un horno— y se levantaron pequeños remolinos de polvo amarillo del agrietado suelo. La reverberación del calor hacía rielar las montañas en lontananza. Quizá sería mejor quedarse un poco más.
Una de las Doncellas que se habían adelantado para explorar regresó trotando y se paró junto a Rhuarc, al que habló al oído. Luego lanzó una sonrisa a Mat, y el joven se afanó en quitar un cardo enganchado en la crin de Puntos. La recordaba muy bien: una pelirroja llamada Dorindha, más o menos de la edad de Egwene. Dorindha era una de las que lo habían embaucado para jugar al Beso de las Doncellas, y fue quien recibió la primera prenda. No es que no quisiera mirarla a los ojos y, desde luego, no porque fuera incapaz de hacerlo, pero mantener a su caballo limpio de cardos y cosas por el estilo era importante.
—Buhoneros —anunció Rhuarc cuando Dorindha volvió corriendo sobre sus pasos—. Carromatos de buhoneros que vienen en esta dirección. —No parecía complacido.
Por el contrario, Mat se sintió mucho más animado. Ésta podría ser la solución. Si sabían cómo entrar al Yermo también debían saber cómo salir de él. Se preguntó si Rand sospechaba lo que estaba pensando; se mostraba tan perturbado como cualquiera de los Aiel.
El grupo imprimió un poco más de velocidad a la marcha —y la comitiva de Couladin imitó a los Jindo y al grupo de las Sabias sin apenas vacilación; probablemente sus propias exploradoras también le habían informado—, un paso lo bastante rápido para que los caballos tuvieran que ir casi al trote. El sol no molestaba a los Aiel ni poco ni mucho, ni siquiera a los gai’shain con sus túnicas blancas. Era como si se deslizaran sobre el resquebrajado suelo.
Tres kilómetros más adelante tuvieron a la vista los carromatos, dieciocho vehículos avanzando en fila india. Todos iban preparados para la dureza del viaje, con ruedas de repuesto atadas en cualquier sitio. A despecho de una fina capa de polvo amarillo, los dos primeros parecían cajas pintadas de blanco sobre ruedas o pequeñas casas, con sus peldaños de madera en la parte trasera y el tubo metálico de una chimenea sobresaliendo por el tejado. Los tres últimos, arrastrados por tiros de veinte mulas, tenían el aspecto de inmensos barriles, también blancos, y sin duda iban llenos de agua. Los carromatos intermedios eran muy semejantes a los de los buhoneros que pasaban por Dos Ríos, con ruedas altas de sólidos radios y montones de cacharros que tintineaban y cosas metidas en grandes bolsas de malla, todos colgados alrededor de las tensas cubiertas de lona con forma semicircular.
Los conductores frenaron tan pronto como divisaron a los Aiel y esperaron a que las columnas llegaran hasta ellos. Un hombre corpulento, vestido con una chaqueta gris pálido y tocado con un oscuro sombrero de ala ancha, bajó de un salto de la parte trasera del primer carromato y se quedó observándolos; de vez en cuando se quitaba el sombrero para limpiarse la frente con un pañuelo blanco. Si lo había puesto nervioso encontrarse de cara con unos mil quinientos Aiel, Mat no podía reprochárselo. Lo extraño era la expresión de los Aiel que estaban más cerca de Mat. Rhuarc, que trotaba delante del caballo de Rand, tenía un gesto sombrío; y el de Heirn era más duro que el de las propias piedras.