Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Quiero un sombrero —dijo Mat, acercando a Puntos al buhonero. Si tenía que permanecer en el Yermo un poco más de tiempo, al menos se resguardaría los ojos del condenado resol—. Pagaré un marco de oro por un sombrero como ése.
—¡Hecho! —aceptó una ronca y melodiosa voz de mujer.
Mat miró en derredor y dio un respingo. La única mujer que había a la vista, aparte de Aviendha y de las Doncellas, era la que se acercaba caminando desde el segundo carromato, pero ciertamente no encajaba con aquella voz, una de las más hermosas que había oído en su vida. Rand la miró ceñudo y sacudió la cabeza; tenía razón para hacerlo. Era una cuarta parte más baja que Kadere pero debía de pesar tanto o más que él. Los rollos de grasa casi le tapaban los oscuros ojos y ocultaban si eran rasgados o no, pero su nariz era una trompa que empequeñecía la del buhonero. Llevaba un vestido de seda de un pálido tono cremoso que se ceñía a su oronda figura, y un chal blanco de encaje cubría el áspero cabello negro que recogían unos ornamentados peinecillos de marfil; se movía con una incongruente ligereza, casi como cualquiera de las Doncellas.
—Buena oferta —abundó con aquel timbre musical—. Soy Keille Shaogi, buhonera. —Le quitó de un tirón el sombrero a Kadere y se lo tendió a Mat—. Una prenda resistente, caballero, y casi nueva. Una ganga. Necesitaréis algo así para sobrevivir en la Tierra de los Tres Pliegues. Aquí, un hombre puede morir… —Los gruesos dedos hicieron un seco chasquido—, en un suspiro. —Su risa poseía el mismo timbre profundo y acariciante de su voz—. O una mujer. Un marco de oro, dijisteis. —Al ver que el joven dudaba, sus ojillos casi enterrados en carne relucieron como los de un cuervo—. Rara vez ofrezco el mismo trato a un hombre dos veces.
Que era una mujer peculiar era lo menos que podía decirse de ella. Kadere no protestó más allá de una mueca de fastidio. Si eran socios, no cabía duda cuál de ellos era el que llevaba las riendas del negocio. Además, si el sombrero evitaba que se le cociera el cerebro, por lo que a Mat se refería valía su precio. Keille mordió el marco que el joven le entregó antes de soltar el sombrero. Por pura casualidad le estaba bien; y, aunque no tenía menos calor bajo la ancha ala, al menos sí le proporcionaba una bendita sombra. Mat guardó el pañuelo en un bolsillo de la chaqueta.
—¿Alguna cosa para los demás? —Los ojos de la fornida mujer pasaron sobre los Aiel—. Qué criatura tan bonita —murmuró al fijarse en Aviendha, a la que dedicó una mueca que podría ser una sonrisa. A Rand le habló dulcemente—: ¿Y vos, mi buen caballero? —Que de semejante rostro saliera esa voz, especialmente con aquel tono meloso, resultaba en verdad chocante—. ¿Algo que os resguarde de esta implacable tierra? —Haciendo que Jeade’en cambiara de posición para escrutar a los conductores, Rand negó con la cabeza. Con el shoufa rodeándole el rostro realmente parecía un Aiel.
—Esta noche, Keille —intervino Kadere—. Haremos tratos cuando acampemos, en un sitio llamado Estancia Imre.
—Vaya, conque eso haremos. —Observó unos instantes la columna Shaido y al grupo de las Sabias más largamente. De pronto se volvió hacia su carromato mientras decía al otro buhonero—: Entonces ¿por qué tienes a estas buenas gentes plantadas de pie aquí? Vamos, Kadere, muévete.
Rand la siguió con la mirada al tiempo que volvía a sacudir la cabeza.
Junto al vehículo de la mujer, en la parte trasera, había un juglar. Mat parpadeó, convencido de que el calor le había afectado el cerebro y estaba viendo espejismos, pero el individuo no desapareció; era un hombre de cabello oscuro que llevaba una capa de parches. Contempló con inquietud al gentío hasta que Keille lo empujó hacia la escalerilla obligándolo a subir delante de ella. Antes de dirigirse a su carromato, Kadere miró el de la mujer con una impasibilidad propia de los Aiel. Una pandilla muy rara, realmente.
—¿Viste al juglar? —preguntó Mat a Rand, que asintió con aire absorto, sin quitar ojo de la hilera de carromatos como si no hubiera visto esta clase de vehículos en toda su vida.
Rhuarc y Heirn ya regresaban hacia el lugar donde aguardaban los otros Jindo. Los cien guardias que rodeaban a Rand esperaron pacientemente, enfocando la vigilante mirada de manera alternativa en el joven y en cualquier cosa que pudiera servir de escondite incluso a un ratón. Los conductores empezaron a coger las riendas, pero Rand continuó inmóvil.
—Qué gente tan rara estos buhoneros, ¿no te parece, Rand? —comentó Mat—. Aunque supongo que hay que ser raro para venir al Yermo. O si no, fíjate en nosotros. —Esta observación consiguió que Aviendha torciera el gesto, pero Rand ni siquiera pareció escucharlo. Mat quería hacerlo hablar, que dijera algo. Cualquier cosa. Su silencio resultaba irritante—. ¿Se te había pasado por la cabeza que escoltar a un buhonero fuera tan gran honor para que Rhuarc y Couladin se lo disputaran? ¿Entiendes algo de todo este ji’e’toh?
—Eres un necio —murmuró Aviendha—. No tiene nada que ver con el ji’e’toh. Couladin intenta actuar como un jefe de clan, pero Rhuarc no puede permitirlo hasta que haya ido a Rhuidean. Los Shaido son de los que robarían los huesos a un perro; seguramente robarían los huesos y el perro, pero aun así se merecen un verdadero jefe. Y por causa de Rand al’Thor tenemos que permitir que un millar de Shaido levanten sus tiendas en nuestras tierras.
—Sus ojos —musitó Rand sin apartar la vista de los carromatos—. Un hombre peligroso.
—¿Los ojos de quién? —Mat frunció el entrecejo—. ¿De Couladin?
—Los de Kadere. Mucho sudar y ponerse pálido, pero la expresión de sus ojos no ha cambiado un solo instante. Siempre hay que fijarse en los ojos, no en la apariencia.
—Claro, Rand. —Mat rebulló inquieto en la silla y levantó a medias las riendas como si estuviera a punto de salir a galope. Pensándolo bien, más habría valido que Rand hubiera seguido callado—. Hay que fijarse en los ojos.
La mirada escrutadora de Rand se dirigió hacia las cimas de las agujas pétreas y los cuetos más cercanos, girando la cabeza a un lado y a otro.
—El tiempo es el principal riesgo —murmuró—. El tiempo coloca las trampas. Tengo que evitar las suyas a la par que tiendo las mías.
Que Mat viera, allá arriba no había nada aparte de unos arbustos y alguno que otro árbol atrofiado. Aviendha escudriñó las alturas con el entrecejo fruncido y después miró a Rand mientras se ajustaba el chal.
—¿Trampas? —repitió Mat. «Luz, que me dé una respuesta que no sea un desvarío»—. ¿Quién está tendiendo trampas?
Por un momento Rand lo miró como si no entendiera su pregunta. Los carromatos de los buhoneros se habían puesto en marcha con una escolta de Doncellas trotando a los lados, haciendo un giro para seguir a los Jindo, que avanzaban a paso ligero; los Shaido también se habían puesto en movimiento. Otras Doncellas se adelantaron corriendo para explorar. Sólo los Aiel que rodeaban a Rand continuaban inmóviles, si bien el grupo de las Sabias remoloneaba, pendiente de ellos; por los gestos de Egwene, Mat creyó que la joven quería acercarse a ellos para ver qué pasaba.
—No puedes verlo ni sentirlo —dijo finalmente Rand, que se inclinó un poco hacia Mat y susurró, aunque lo bastante alto para que lo oyeran, como si estuviera fingiendo—: Ahora cabalgamos con el mal, Mat. Ten cuidado. —De nuevo sonreía de aquel modo sesgado, observando el paso de los carromatos.
—¿Crees que el tal Kadere es maligno?
—Un hombre peligroso, Mat. Los ojos siempre los descubren. Aunque ¿quién sabe? Sin embargo, ¿qué motivo tengo para preocuparme, con Moraine y las Sabias vigilándome, pendientes de mí? Y no olvidemos a Lanfear. ¿Habrá habido algún hombre con más ojos vigilantes sobre él? —De repente se puso erguido en la silla—. Ha empezado —musitó—. Ojalá tuviera tu suerte, Mat. Ha empezado y ya no hay vuelta atrás, caiga del lado que caiga la cuchilla. —Asintiendo para sí mismo, taconeó al rodado y partió en pos de Rhuarc, con Aviendha trotando a su lado y los cien Jindo siguiéndolo.