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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Pompeyo invernó aquel año entre los vascones, una poderosa tribu que ocupaba el extremo oeste de los Pirineos y cuyos hombres estaban plenamente decepcionados con Sertorio. Como se portaron bien con sus soldados, Pompeyo utilizó las tropas para construirles un reducto, después de que le juraran que Pompaelo (como denominaron al embrión de ciudad) sería siempre leal al Senado y al pueblo de Roma.

Aquel invierno fue amargo para Quinto Sertorio. Quizá sabía desde siempre que la suya era una causa perdida, y, desde luego, nunca había sido favorito de la Fortuna. Pero no podía admitir conscientemente esa realidad en su pleno significado. Él, por el contrario, se decía que las cosas le saldrían bien con tal de poder hacer creer a sus adversarios que no podían vencerle en el campo de batalla. Su decadencia había sobrevenido cuando la vieja y el muchachito comprendieron sus mañas y adoptaron la política de evitar las batallas.

Ofrecer una recompensa para que le traicionaran le había desmoralizado profundamente, pues Quinto Sertorio era romano y conocía la codicia que animaba en lo más hondo del más razonable y honrado de los mortales. Y ya no podía confiar en ninguno de sus partidarios romanos o itálicos, criados en sus mismas tradiciones, mientras que sus seguidores hispanos aún estaban libres de ese defecto particular causado por la civilización. Ahora siempre estaba al tanto de si una mano asía un cuchillo, de un determinado gesto en algún rostro, y su entereza comenzaba a quebrarse por el estado de nervios. Consciente de que su nueva manera de ser chocaría a los hispanos, se esforzaba ímprobamente por dominarse, y para lograrlo comenzó a recurrir al vino como sedante.

Luego -el peor golpe que recibió en su vida- de Nersae llegó la noticia de que había muerto su madre. La mayor pérdida para él. Ni aunque a sus pies hubiesen arrojado los cadáveres ensangrentados de su esposa germana y de su hijo, a quien deliberadamente había privado de una educación romana, se habría afligido tanto como por la muerte de su madre, Maria. Pasó varios días encerrado en su oscuro cuarto, con la sola compañía de la corza blanca Diana y una cantidad exorbitante de jarros de vino. ¡Años sin verse! ¡ Terrible pérdida! Sentimiento de culpa.

Cuando finalmente abandonó el cuarto era otro hombre. Él que hasta entonces había sido ejemplo de cortesía y afabilidad, se había vuelto persona amargada y suspicaz, hasta con los hispanos, capaz de injuriar a sus amigos más íntimos. Notaba físicamente que Pompeyo estaba acabando con el dominio que había tenido de Hispania al llevar a cabo con irritante eficacia aquella política de desgaste; sí, sentía físicamente desintegrarse su mundo. Y, alimentado por los insidiosos fantasmas del vino, surgió la paranoia. Al enterarse de que uno de los caudillos hispanos sacaba subrepticiamente a los hijos de la famosa escuela romana de Osca, se llegó con su guardia personal al espacioso y luminoso peristilo y mató a muchos de los niños que quedaban. Era el principio del fin.

Marco Perpena Vento nunca había olvidado ni perdonado el modo en que Sertorio le había arrebatado su ejército, ni soportaba la natural superioridad de aquel renegado partidario de Mario, natural del país de los sabinos. Cada vez que libraban una batalla, a Perpena se le hacía evidente que él no tenía el talento militar ni la devoción de la tropa tan apabullantes ambos en el caso de Sertorio. Era cruel admitir que no podía superar a Sertorio en nada! Excepto en perfidia, como se vería.

Desde el momento en que supo la recompensa que ofrecía Metelo Pío, adoptó una decisión. Que Sertorio facilitase sus propósitos dando palos de ciego fue una suerte con la que no había contado y que supo aprovechar.

Perpena dio una fiesta para paliar la monotonía de la vida en el invierno oscense, como dijo a sus amigos romanos e itálicos. A la que, naturalmente, invitó a Sertorio. No estaba seguro de si vendría hasta que vio el familiar rostro del tuerto cruzar la puerta; momento en que se apresuró a recibirle y acompañarle al locus consularis de su propia camilla, encargándose de que los esclavos le emborrachasen con vino fuerte sin agua.

En la conjura participaban todos los invitados, y el ambiente era tenso por el miedo y el recelo, y todos no hacían otra cosa que beber vino sin aguar hasta que Perpena reparó en que no habría nadie lo bastante sobrio para hacer lo convenido. Sertorio había llevado a la corza blanca, por supuesto, pues últimamente no se apartaba de ella, y el animal estaba echado en la camilla entre su amo y Perpena, una afrenta que a éste le mortificaba más profundamente aún, pensando en el malvado propósito de la fiesta. Así, en cuanto pudo, se levantó del lectus medius y situó en él de un empujón al medio romano medio hispano Marco Antonio, un hombre ruin habido por uno de los grandes Antonios con una campesi¡na, y al que el padre no había reconocido y menos favorecido con la abierta generosidad de esa familia.

La conversación fue haciéndose más grosera, y la jarana más vulgar con Antonio en primer plano. Sertorio, que detestaba las palabras y las bromas obscenas, se mantenía al margen; se contentaba con acariciar a Diana y seguir bebiendo, con la parte viva de su rostro fría, impertérrita. Luego, uno de los comensales hizo un comentario particularmente grosero, con la complacencia de todos menos de Sertorio, quien se echó hacia atrás en la camilla con gesto de disgusto. Temiendo que fuese a levantarse y se marchara, Perpena dio la señal, aunque no sabía si la oirían en medio de aquel escándalo, y tiró la copa de plata al suelo con tal fuerza que el recipiente rebotó en el aire causando gran estruendo. Se hizo un silencio absoluto, y Antonio fue mucho más rápido que el incauto y ebrio Sertorio. Sacó de la túnica un puñal de legionario, se abalanzó sobre Sertorio y se lo clavó en el pecho. Diana lanzó un chillido y escapó corriendo, mientras Sertorio trataba de incorporarse, pero todos los presentes se le echaron encima para sujetarle de brazos y piernas para que Antonio pudiera seguir apuñalándole. Sertorio no había proferido grito alguno, pero de haber gritado pidiendo ayuda nadie habría acudido, pues desde primera hora de la noche la escolta de hispanos que había dejado fuera de la casa de Perpena ya no existía: habían sido asesinados.

Sin dejar de chillar, la corza blanca saltó sobre la camilla cuando los asesinos se apartaban y comenzó a olfatear enloquecida a su ensangrentado y exánime amo. ¡Ahora sí que se trataba de una tarea de la que Perpena se sentía capaz! Cogiendo el cuchillo que había tirado Marco Antonio, lo clavó en la parte izquierda del pecho del animal, que se desplomó hecho un ovillo sobre el cadáver de Sertorio, y cuando los eufóricos asesinos cogieron al amo para tirarlo a la calle como un mueble viejo, cogieron también a Diana y la arrojaron encima de él.

Pompeyo supo la noticia del modo que cabía esperar, como pensó después, aunque en aquel momento le pareció asquerosa y repugnante. Pues Marco Perpena Vento le envió la cabeza de Sertorio con un jinete a todo galope desde Osca a Pompaelo. Acompañaba al siniestro trofeo una nota que decía que Metelo Pío le debía a Perpena cien talentos de oro y veinte mil iugera de tierra. Y añadía que había dirigido a Metelo Pío una carta en el mismo sentido.

Pompeyo le contestó por su cuenta y envió un correo urgente a Metelo Pío con una copia de la respuesta.

No me causa alegría saber que Quinto Sertorio ha muerto a manos de un gusano como tú, Perpena. Era sacer pero merecía un mejor fin por manos más nobles.

Me complace sobremanera negarte la recompensa, que no se ofrecía por una cabeza. Se ofrecía a quien facilitase información que nos permitiese apresar o matar a Quinto Sertorio. Si la copia de la proclama que tú viste no lo especificaba así échale la culpa al escriba. Yo desde luego no vi ninguna que no lo especificase. Tú, Perpena, eres de una familia consular en la que ha habido senadores y pretores. Debías de habértelo pensado.

Me imagino que sucederás a Quinto Sertorio en el mando y me complace sobremanera informarte que la guerra continuará hasta la muerte de todos los traidores cuando todos los insurgentes hayan sido vendidos como esclavos.

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