Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Gitara Moroso. Una Aes Sedai con el don de la Predicción. Rand recordaba haber leído su nombre en alguna parte, pero ¿dónde? Y tenía un hermano. O hermanastro. Siempre, a medida que iba creciendo, se había preguntado qué se sentiría teniendo un hermano o una hermana. ¿Quién sería? ¿Dónde estaría? Tuvo que rechazar aquellos pensamientos porque Amys continuaba con la historia:
—Casi todas las jóvenes Aiel sueñan con convertirse en Doncella y aprender al menos las nociones básicas en el uso del arco y la lanza, así como de la lucha con pies y manos. Con todo, aquellas que dan el último paso y se esposan con la lanza descubren que no saben nada. Para Shaiel fue aun más difícil. Sabía manejar el arco bastante bien, pero nunca había corrido más de un kilómetro ni vivido con lo que encontrara. Hasta una chiquilla de diez años la superaba. Ni siquiera conocía qué plantas indican la presencia de agua. Empero, perseveró y, al cabo de un año, hizo sus votos con la lanza, se convirtió en una Doncella y fue adoptada en el septiar Chumai de los Taardad.
Y finalmente había ido a Tar Valon con las Doncellas, para morir en la ladera del Monte del Dragón. La respuesta a una pregunta que planteaba nuevos interrogantes. Ojalá hubiera visto su rostro.
—Hay en tus rasgos cosas de ella —dijo Seana como si le leyera los pensamientos. Se había sentado cruzada de piernas y tomaba vino en una pequeña copa de plata—. De Janduin, menos.
—¿Janduin? ¿Mi padre?
—Sí. Era jefe del clan Taardad por aquel entonces, el más joven que se recuerde. Sin embargo, tenía carisma, fuerza. La gente lo escuchaba y lo seguía, hasta los que no pertenecían a su clan. Puso fin a la enemistad de sangre que existía entre Taardad y Nakai desde hacía doscientos años, y creó una alianza no sólo con los Nakai, sino con los Reyn, con los que sostenían un enfrentamiento próximo a la enemistad de sangre. También estuvo a punto de acabar con la enemistad entre Shaarad y Goshien, y seguramente lo habría conseguido si Laman no hubiera talado el Árbol. A pesar de su juventud, fue él quien dirigió a los Taardad, los Nakai, los Reyn y los Shaarad para hacer pagar con sangre a Laman su traición.
Tenía… Es decir, que también él había muerto. En el semblante de Egwene había compasión. Rand hizo caso omiso; no quería la compasión de nadie. No tenía por qué sentirse triste ni lamentar la muerte de unas personas a las que no había conocido. Y, sin embargo, así era como se sentía.
—¿Cómo murió Janduin?
Las Sabias intercambiaron una mirada incierta.
—Fue al comienzo del tercer año en busca de Laman cuando Shaiel se quedó embarazada —prosiguió, al cabo, Amys—. Conforme a las leyes, tendría que haber regresado a la Tierra de los Tres Pliegues. Una Doncella tiene prohibido portar la lanza mientras está embarazada. Pero Janduin era incapaz de prohibirle ni negarle nada; si le hubiera pedido la luna para un collar, habría intentado alcanzársela. De modo que Shaiel se quedó y, en la última batalla, a las puertas de Tar Valon, murió y la criatura desapareció. Janduin no se perdonó el no haberla obligado a obedecer la ley.
—Renunció a su puesto como jefe de clan —prosiguió Bair—, algo que jamás había ocurrido. Le dijeron que no podía hacerlo, pero él se marchó. Fue hacia el norte con los jóvenes para cazar trollocs y Myrddraal en la Llaga, algo que sólo hacen los muchachos necios y las Doncellas con menos seso que una cabra. Empero, los que regresaron contaron que lo mató un hombre. Por lo visto, Janduin afirmaba que ese hombre se parecía a Shaiel, y fue incapaz de alzar contra él la lanza cuando el hombre lo ensartó.
Entonces, había muerto. Los dos. Nunca dejaría de querer a Tam ni de pensar en él como padre, pero deseó haber visto, al menos una sola vez, a Janduin y a Shaiel.
Egwene trató de consolarlo, naturalmente, como suelen hacer las mujeres. No tenía sentido intentar hacerle entender que había perdido algo que jamás tuvo. Como recuerdo de unos padres tenía la queda risa de Tam al’Thor y, aunque más borroso, el de las suaves manos de Kari al’Thor. ¿Qué más podía querer o desear un hombre? La muchacha se mostró decepcionada y hasta un poco molesta con él; por su parte, las Sabias parecían compartir su opinión en uno u otro grado, desde el claro ceño desaprobador de Bair al bufido y el ostentoso gesto de ajustarse el chal de Melaine. Las mujeres nunca lo entendían. Rhuarc, Lan y Mat sí, y lo dejaron en paz, como deseaba.
Por alguna extraña razón, no le apeteció comer nada cuando Melaine trajo algunas viandas, así que fue a tumbarse al borde de la tienda, recostado el codo en un cojín, desde donde podía contemplar la ladera y también la ciudad envuelta en niebla. El sol caía a plomo sobre el valle y las montañas de alrededor, abrasando las sombras. Los remolinos de aire que se colaban en la tienda parecían salidos de un horno.
Al cabo de un rato Mat se acercó, vestido con una camisa limpia. Se sentó junto a Rand, en silencio, y observó el valle allá abajo, con la extraña lanza apoyada sobre una rodilla. De vez en cuando pasaba los dedos por la escritura tallada en el negro astil.
—¿Qué tal la cabeza? —preguntó Rand, y Mat dio un brinco.
—Eh… ya no me duele. —Retiró las yemas de los dedos de la escritura y entrelazó las manos sobre el regazo, a propósito—. Al menos, no tanto. Fuera lo que fuera esa mezcla, funcionó.
De nuevo se sumió en el silencio, y Rand lo dejó tranquilo. Tampoco él tenía ganas de hablar. Casi percibía el paso del tiempo, los granos de arena cayendo, uno a uno, en un reloj de arena, lentamente. Pero al mismo tiempo todo parecía temblar, como si la arena estuviera a punto de irrumpir en un violento torrente. Absurdo. Debía de estar afectado por el rielante calor que ascendía de la desnuda roca de la montaña. La llegada de los jefes de clan a Alcair Del no se acortaría en un solo día aunque viera aparecer a Moraine en este mismo instante. En cualquier caso, ellos sólo eran una parte y, quizá, la menos importante de todas. Al cabo de un rato vio a Lan apostado en cuclillas en lo alto del peñasco utilizado horas antes por Couladin, sin reparar en el sol abrasador. El Guardián también escudriñaba fijamente el valle. Otro hombre que no tenía ganas de hablar.
Rand también rehusó la comida de mediodía a pesar de que Egwene y las Sabias intentaron convencerlo de que tomara algo, cada una por separado, como si siguieran un turno. Aceptaron su rechazo al alimento con bastante calma, pero cuando sugirió regresar a Rhuidean para buscar a Moraine —y también a Aviendha— Melaine explotó.
—¡Necio! ¡Ningún hombre puede ir dos veces a Rhuidean! ¡Ni siquiera tú saldrías vivo de allí! ¡Oh, muérete de hambre, si es eso lo que quieres! —Le tiró a la cabeza una rebanada de pan. Mat la atrapó en el aire y empezó a comérsela calmosamente.
—¿Por qué queréis que viva? —le preguntó Rand—. Sabéis lo que esa Aes Sedai dijo delante de Rhuidean. Os destruiré. ¿Cómo no estáis maquinando con Couladin para matarme?
A Mat se le atragantó el pan y Egwene se puso en jarras, dispuesta a soltarle una reprimenda, pero Rand no apartó los ojos de Melaine. En lugar de responder, la Sabia le asestó una mirada furibunda y salió de la tienda.
—Todos creen que conocen la Profecía de Rhuidean, pero lo que realmente saben es lo que las Sabias y los jefes de clan les han contado durante generaciones. —Fue Bair la que habló—. Ninguna mentira, pero no toda la verdad. La verdad puede muy bien derrumbar al hombre más fuerte.
—¿Y cuál es toda la verdad? —insistió Rand.