Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Amys y las otras Sabias guardaron un sombrío silencio, iracundas. Mat y Egwene los miraban con una expresión igualmente desconcertada. Sólo Lan parecía no estar escuchando una palabra de lo que se hablaba; estaba concentrado en sí mismo, sin duda preocupado por la seguridad de Moraine.
Rand se sentía raro. Ver a través de los ojos de sus antepasados. Hacía unos meses que sabía que Tam al’Thor no era su verdadero padre, que lo habían encontrado, recién nacido, en las laderas del Monte del Dragón después de la última batalla de la Guerra de Aiel. Un recién nacido junto a su madre muerta, una Doncella Lancera. Había proclamado su ascendencia Aiel al demandar la entrada a Rhuidean, pero era ahora, en este momento, cuando su cerebro empezaba a asimilar la realidad de tal hecho. Sus antepasados. Aiel.
—Entonces, también viste Rhuidean al inicio de su construcción —musitó—. Y a las dos Aes Sedai. ¿Oíste lo que dijo una de ellas? —«Y os destruirá».
—Lo oí. —La actitud resignada de Rhuarc era la del hombre que se ha enterado de que no hay más remedio que cortarle una pierna—. Lo sé.
—¿Qué era lo de «compartir el agua»? —cambió de tema Rand.
Las cejas del jefe de clan se arquearon por la sorpresa.
—¿No lo reconociste? Claro que no veo por qué habrías de recordarlo. No has crecido oyendo los relatos. Según las historias más antiguas, desde el día en que empezó el Desmembramiento del Mundo hasta el que entramos por primera vez en la Tierra de los Tres Pliegues, sólo hubo un pueblo que no nos atacó, que nos permitió coger agua libremente cuando la necesitamos. Nos llevó tiempo descubrir quiénes fueron. En cualquier caso, eso ya acabó. El compromiso de paz se rompió; los Asesinos del Árbol nos escupieron a la cara.
—Cairhien —murmuró Rand—. Te refieres a Cairhien y a Avendoraldera y a Laman, que taló el Árbol.
—Con la muerte, Laman expió su castigo. —La voz de Rhuarc carecía de inflexiones—. Los quebrantadores del juramento acabaron con la tradición. —Miró a Rand de soslayo—. Algunos, como Couladin, lo entienden como prueba de que no podemos confiar en nadie que no sea Aiel. En parte es por lo que te odia. En parte. Tendrá por mentira tu ascendencia y tus rasgos. O al menos será lo que manifieste en voz alta.
Rand sacudió la cabeza. A veces Moraine hablaba sobre la complejidad del Entramado de una Era, de la Urdimbre tejida por la Rueda del Tiempo con los hilos de las vidas humanas. Si los antepasados de los cairhieninos no hubieran permitido a los Aiel coger agua tres mil años atrás, entonces Cairhien jamás habría obtenido el derecho a utilizar la Ruta de la Seda a través del Yermo, con un retoño de Avendesora como prenda del compromiso. Sin esta prenda, el rey Laman no habría tenido el Árbol para cortarlo; no habría habido Guerra de Aiel; y él no habría nacido en la ladera del Monte del Dragón para ser recogido y criado en Dos Ríos. ¿Cuántos pormenores más como ése había habido que, al llevar a una decisión en un sentido u otro, afectaron el tejido del Entramado durante miles de años? Un millón de pequeños detalles ramificándose, todos cambiando el Entramado hacia nuevos diseños. Él mismo era un punto ramificándose, y tal vez Mat y Perrin también. Lo que hicieran o dejaran de hacer crearía ondas que se expandirían a lo largos de años, a lo largo de Eras.
Miró a Mat, que subía la cuesta a trancas y barrancas, sosteniéndose en su lanza, con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados en un gesto de dolor. «El Creador no debía de estar pensando lo que hacía cuando puso el futuro sobre los hombros de tres muchachos campesinos. No puedo desentenderme de esa responsabilidad. He de cargar con ella, cueste lo que cueste».
Llegaron a las tiendas bajas y sin laterales de las Sabias, y las mujeres se agacharon para entrar al tiempo que murmuraban algo sobre agua y sombra. Agarraron a Mat y lo metieron tirando de él; prueba de lo mucho que le dolían la cabeza y la garganta fue que el joven no sólo obedeció sino que lo hizo en silencio.
Rand se dispuso a entrar a continuación, pero Lan le puso la mano en el hombro y lo detuvo.
—¿La viste ahí dentro? —preguntó el Guardián.
—No, Lan, lo siento. Pero si hay alguien capaz de salir a salvo de ese lugar, es Moraine.
El Guardián asintió con un gruñido y retiró la mano.
—Ten cuidado con Couladin, Rand. Conozco a los de su clase. La ambición le corroe las entrañas y sacrificaría el mundo entero con tal de alcanzar su meta.
—Aan’allein está en lo cierto —abundó Rhuarc—. Los dragones de tus brazos no significarán nada si mueres antes de que los demás jefes de clan conozcan su existencia. Tomaré medidas para que siempre haya algunos Jindo de Heirn cerca de ti hasta que lleguemos a Peñas Frías. E, incluso entonces, Couladin tratará de crear problemas y los Shaido al menos lo apoyarán. Puede que también lo hagan otros. La Profecía de Rhuidean dice que te criarían gentes que no pertenecen al linaje, pero cabe la posibilidad de que Couladin no sea el único que sólo vea en ti a un hombre de las tierras húmedas.
—Procuraré estar alerta y tener ojos en la espalda —contestó secamente Rand. En los relatos, cuando alguien cumplía una profecía, todo el mundo gritaba «¡Helo ahí!» o algo por el estilo y luego sólo quedaba ocuparse de los villanos. Por lo visto en la vida real no ocurría de ese modo.
Cuando entraron en la tienda Mat ya estaba sentado en un cojín rojo de borlones dorados y le habían quitado la chaqueta y la camisa. Una mujer vestida con una túnica blanca con capucha acababa de lavarle la sangre seca de la cara y empezaba a hacer lo mismo con la del pecho. Amys sujetaba un almirez de piedra entre las rodillas y mezclaba algún tipo de ungüento con el majador mientras que Bair y Seana vigilaban la cocción de unas hierbas en un puchero.
Melaine hizo una mueca de disgusto al ver a Lan y a Rhuarc entrar en la tienda, y después clavó sus verdes ojos en Rand.
—Descúbrete el torso —instó fríamente—. Los cortes de la cara no parecen importantes, pero quiero ver qué te hace ir doblado.
Golpeó un pequeño gong de bronce, y otra mujer vestida con túnica blanca entró agachándose por la parte posterior de la tienda; traía una palangana de plata con agua caliente y unos lienzos sobre el brazo.
Rand tomó asiento en un cojín y se obligó a adoptar una postura erguida.
—No es nada de lo que debáis preocuparos —le aseguró.
La mujer de blanco se arrodilló grácilmente a su lado y, rechazando la mano de Rand, que intentaba coger el paño retorcido que había mojado en la palangana, empezó a lavarle la cara con suavidad. El joven se preguntó quién sería; parecía una Aiel, pero no actuaba como tal. Sus ojos grises manifestaban una resuelta mansedumbre.
—Es una vieja herida —informó Egwene a la Sabia de cabello rubio—. Todos los intentos de Moraine para sanarla por completo han resultado infructuosos. —La mirada que asestó a Rand manifestaba que, por pura cortesía, debería haber aclarado este punto.
No obstante, por las miradas que intercambiaron las Sabias Rand sacó la conclusión de que Egwene había sido muy explícita. Una herida que una Aes Sedai había sido incapaz de curar; aquello las desconcertaba. Moraine siempre había aprovechado la ventaja de saber, aparentemente, más que él sobre sí mismo, y la relación entre ambos había sido difícil y compleja. A lo mejor no tenía tantos problemas con las Sabias si éstas no sabían a qué atenerse.
Mat hizo un gesto de dolor cuando Amys empezó a frotar los cortes del pecho con el ungüento. Si el escozor que producía era tan fuerte y desagradable como el olor que soltaba, no era de extrañar que su amigo se encogiera. Bair le tendió una copa de plata a Mat.