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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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A diferencia de la multitud que abarrotaba las calles en otros lugares de la ciudad, no había gente frente a la alta casa; sin embargo, el número de guardias armados, iguales a los del puente, casi compensaba esa ausencia. Miraron a Perrin con gesto sombrío, cuando no con insolente mofa. Las dos Aes Sedai mantenían los rostros ocultos y las cabezas gachas, el vaho de la respiración saliendo entre los pliegues de las capuchas. Con el rabillo del ojo, Perrin vio a Elyas toquetear la empuñadura de su largo cuchillo. A decir verdad, a él le costó un gran esfuerzo no acariciar su hacha.

—Traigo un mensaje del Dragón Renacido para el Profeta —anunció. Al ver que ninguno de los hombres se movía, añadió—: Soy Perrin Aybara. El Profeta me conoce.

Balwer le había advertido del peligro que implicaba llamar a Masema por su nombre o de referirse a Rand de otro modo que no fuese el Dragón Renacido. No había ido allí para provocar un disturbio.

Su afirmación de que conocía a Masema hizo reaccionar a los guardias. Varios intercambiaron miradas y uno de ellos corrió al interior de la casa. Los demás se quedaron mirándolo de hito en hito, como si fuese un juglar. En cuestión de segundos, una mujer salió a la puerta. Atractiva, con un toque blanco en las sienes y luciendo un vestido de cuello alto, en paño azul de buena calidad pero sin adornos, podría haber sido la propia mercader en persona. Masema no echaba a las calles a quienes le ofrecían hospitalidad, pero sus sirvientes o peones de labranza por lo general acababan formando parte de una de las bandas que «difundían las glorias del lord Dragón».

—Si tenéis a bien seguirme, maese Aybara —empezó tranquilamente la mujer—, vos y vuestros amigos, os conduciré ante el Profeta del lord Dragón, que la Luz ilumine su nombre.

Su voz sonaría tranquila, pero el olor a terror emanaba de ella. Tras ordenar a Neald y a los Guardianes que se quedaran vigilando los caballos hasta que regresaran, Perrin siguió a la mujer al interior de la casa, seguido por los otros. Dentro estaba oscuro, con muy pocas lámparas encendidas, y la temperatura no era mucho más cálida que en la calle. Hasta las Sabias parecían apocadas. No es que oliesen a miedo, pero sí a algo muy parecido, al igual que las Aes Sedai, y Grady y Elyas olían a cautela, a vello de la nuca erizado y orejas echadas hacia atrás. Curiosamente, el efluvio de Aram era de impaciente ansiedad. Perrin esperaba que el chico no desenvainara la espada a su espalda.

La amplia y alfombrada estancia a la que la mujer los condujo, con lumbres encendidas en sendas chimeneas a ambos extremos, podría haber pasado por el estudio de un general, con todas las mesas y la mitad de las sillas cubiertas de mapas y papeles; la temperatura era lo bastante alta como para que Perrin se retirara la capa hacia atrás y lamentara llevar dos camisas debajo de la chaqueta. Sin embargo, fue Masema, de pie en mitad de la habitación, quien atrajo su mirada de inmediato como atraería un imán las virutas de hierro: un hombre atezado, ceñudo, con la cabeza afeitada y una pálida cicatriz triangular en una mejilla, vestido con una arrugada chaqueta gris y botas raspadas. Sus ojos oscuros, muy hundidos, ardían como negras ascuas, y su olor… El único calificativo que se le ocurría a Perrin para ese efluvio, duro como acero, afilado como una cuchilla y vibrante de intensidad, era locura. ¿Y Rand creía que él podría ponerle una correa a eso?

—Así que eres tú —gruñó Masema—. No pensé que te atrevieses a aparecer por aquí. ¡Sé lo que has estado haciendo! Hari me lo contó hace más de una semana y me he mantenido informado.

Un hombre se movió en una esquina de la habitación, un tipo de ojos juntos, con una prominente nariz, y Perrin se recriminó por no haber reparado antes en él. La chaqueta de seda verde de Hari era mucho más fina que la que había llevado cuando negó que coleccionase orejas. El individuo se frotó las manos y sonrió ferozmente a Perrin, pero guardó silencio ya que Masema siguió hablando, la voz creciendo en ardor con cada palabra, pero no con ira, sino como si quisiera grabar a fuego cada sílaba en la piel de Perrin.

—Sé que has asesinado a hombres que acudieron a las filas del lord Dragón. ¡Sé que intentas forjar tu propio reino! ¡Sí, sé lo de Manetheren! ¡Tu ambición! ¡Tus ansias de gloria! ¡Has vuelto la espalda a…!

De repente los ojos de Masema se desorbitaron y, por primera vez, la ira impregnó su olor. Hari soltó un sonido ahogado y se pegó a la pared como si quisiera retroceder a través de ella. Seonid y Masuri se habían retirado las capuchas y mostraban sus rostros, sosegados y fríos, y obviamente de Aes Sedai para cualquiera que conociera su aspecto. Perrin se preguntó si estarían abrazando el Poder. Habría apostado que las Sabias lo hacían. Edarra y Carelle miraban en todas direcciones a la vez, y con sus rostros relajados o no, si Perrin había visto alguna vez a una persona lista para luchar, eran ellas. A decir verdad, ese estar aprestado a la lucha era en Grady algo tan natural como el respirar; tal vez también aferraba el Poder. Elyas estaba recostado en la pared, junto a las puertas abiertas, aparentemente tan tranquilo como las hermanas, pero olía a estar listo para morder. ¡Y Aram observaba a Masema boquiabierto! ¡Luz!

—¡De modo que eso también es verdad! —espetó Masema, saliéndole gotitas de saliva—. ¡Además de ir difundiendo sucios rumores contra el sagrado nombre del lord Dragón, te atreves a viajar con esas… esas…!

—Han jurado lealtad al lord Dragón, Masema —lo interrumpió Perrin—. ¡Le sirven! ¿Lo haces tú? Me envió para detener las matanzas. Y para llevarte a su presencia. —Como nadie le ofrecía una silla, tiró el montón de papeles de una y se sentó. Ojalá los demás hicieran lo mismo; parecía más difícil gritar cuando uno estaba sentado.

Hari lo miraba con los ojos abiertos como platos, y Masema temblaba de ira. ¿Por haberse sentado sin que se lo pidiera? Ah, sí. Ahora lo entendía.

—He renunciado a los nombres mundanales —manifestó fríamente Masema—. Soy simplemente el Profeta del lord Dragón, que la Luz lo ilumine y el mundo se arrodille ante él. —Por su tono, tanto la Luz como el mundo lamentarían no hacer lo uno o lo otro—. Queda mucho por hacer aquí. Grandes empresas. Todos deben obedecer cuando el lord Dragón llama, pero el invierno entorpece los viajes. Un retraso de unas pocas semanas no tendrá mucha importancia.

—Puedo situarte en Cairhien hoy —dijo Perrin—. Una vez que el lord Dragón haya hablado contigo, podrás regresar del mismo modo y estar de vuelta aquí en unos pocos días. —Si es que Rand lo dejaba volver.

Masema reculó enseñando los dientes y asestando una mirada feroz a las Aes Sedai.

—¿Con alguna artimaña del Poder? ¡No entraré en contacto con el Poder! ¡Es una blasfemia que los mortales lo toquen!

Faltó poco para que Perrin se quedara boquiabierto.

—¡El Dragón Renacido encauza, hombre!

—¡El bendito lord Dragón no es un hombre cualquiera, Aybara! —bramó Masema—. ¡Es la Luz hecha carne! ¡Obedeceré a su llamada, pero no dejaré que me toque la inmundicia que hacen estas mujeres!

Recostándose pesadamente en la silla, Perrin suspiró. Si el tipo se tomaba así de mal que las Aes Sedai encauzaran, ¿qué haría cuando se enterara de que Grady y Neald podían hacerlo? Durante un instante se planteó la posibilidad de atizarle un golpe en la cabeza simplemente y… Por el corredor pasaban hombres que se detenían para echar una ojeada antes de seguir caminando apresuradamente. Con que sólo uno de ellos lanzase un grito de alarma, Abila se convertiría en un matadero.

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