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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Egwene condujo a Daishar a lo largo de la columna de iniciadas, hermanas a caballo entre las carretas, Aceptadas y novicias a pie a pesar de la nieve. El sol brillaba en un cielo casi sin nubes, pero de los ollares de su castrado salían nubecillas de vapor. Sheriam y Siuan iban detrás de ella, hablando en voz baja sobre las noticias recibidas de los informadores de Siuan. Egwene ya había adivinado que la mujer pelirroja sería una eficaz Guardiana una vez que comprendiera que no era la Amyrlin, pero, día a día, Sheriam parecía mostrarse más diligente con sus obligaciones. Chesa las seguía en su rechoncha yegua por si acaso la Amyrlin necesitaba algo, y, cosa rara en ella, rezongaba porque Meri y Selane se hubiesen fugado, las muy ingratas, dejándola a ella el trabajo de las tres. Iban al paso, y Egwene ponía gran empeño en no mirar hacia la columna detenida.

Un mes de inscribir, de tener el libro de novicias abierto para todas, había resultado en una cifra sorprendente, un río de mujeres ansiosas de convertirse en Aes Sedai, de todas las edades y algunas procedentes de lugares a cientos de kilómetros de distancia. Ahora había el doble de novicias que antes. ¡Casi un millar! Muchas, muchísimas, nunca llevarían el chal, pero aun así su número había sorprendido a todo el mundo. Algunas podrían ocasionar pequeños problemas, y una de ellas, una abuela llamada Sharina con un potencial superior incluso al de Nynaeve, había dejado estupefactas a todas las hermanas; sin embargo, la razón de no querer mirar hacia la columna no era el hecho de ver a una madre y a una hija enzarzadas porque la hija sería mucho más fuerte algún día, ni a las nobles que empezaban a pensar que habían cometido un gran error al pedir que se les hiciera la prueba, ni siquiera las miradas directas e inquietantes de Sharina. La mujer canosa obedecía todas las reglas y mostraba el debido respeto, pero había dirigido a su numerosa familia a fuerza de un carácter enérgico; incluso algunas de las hermanas la evitaban recelosamente. Lo que Egwene no quería ver era el grupo de jóvenes que se les había unido unos días antes. Las dos hermanas que las llevaron se habían quedado más que estupefactas al saber que Egwene era la Amyrlin, pero las chicas a su cargo no podían creerlo; no de Egwene al’Vere, la hija del alcalde de Campo de Emond. No quería ordenar que se castigase a nadie más, pero tendría que hacerlo si pillaba a otra de ellas sacándole la lengua.

Gareth Bryne también tenía a su ejército situado en una ancha columna, caballería e infantería en formación, que se extendía hasta perderse de vista entre los árboles. El pálido sol arrancaba destellos en petos, yelmos y puntas de picas. Los caballos pisoteaban impacientemente la nieve.

Bryne condujo su robusto bayo a su encuentro antes de que Egwene llegara hasta donde esperaban las Asentadas montadas en sus caballos, en un amplio claro que se abría un poco más adelante de la posición de las dos columnas. El general le sonrió tras las barras de la visera del yelmo. Una sonrisa animosa, a su entender.

—Una excelente mañana para ello, madre —dijo—. Aquí al menos.

Ella se limitó a asentir con la cabeza, y el general se situó detrás, junto a Siuan, la cual no empezó a escupirlo de inmediato. Egwene no sabía exactamente a qué acuerdo había llegado con el hombre, pero rara vez rezongaba sobre él cuando Egwene podía oírla, y jamás en presencia del general. Se alegró de que estuviese allí en ese momento. La Sede Amyrlin no podía dar a entender que necesitaba su apoyo moral, pero sentía necesidad de él esa mañana.

Las Asentadas tenían sus caballos en línea al borde de los árboles, y otras trece hermanas aguardaban en los suyos a corta distancia, observando con atención a las Asentadas. Romanda y Lelaine espolearon sus monturas casi al mismo tiempo, y Egwene no pudo contener un suspiro al verlas acercarse, con las capas ondeando tras ellas, los cascos de los animales levantando nieve como si los hubiesen lanzado a la carga. La Antecámara le obedecía porque no tenía más remedio. Lo hacía en lo relativo a la guerra contra Elaida, pero, Luz, ¡qué de peros ponían sobre lo que tenía relación o no con la contienda! ¡Cuando era que no, entonces sacar algo en limpio con ellas era como intentar sacar dientes a un pato! De no ser por Sharina, habrían encontrado un modo de detener la inscripción de mujeres de cualquier edad. Incluso Romanda estaba impresionada con Sharina.

Las dos mujeres frenaron delante de ella, pero antes de que tuviesen tiempo de abrir la boca, Egwene se les adelantó.

—Es hora de que os pongáis a ello, hijas, y no hay tiempo que perder en charlas inútiles. Proceded.

Romanda resopló, aunque quedamente, y a Lelaine le faltó poco.

Hicieron volver grupas a sus caballos a la par, y entonces se asestaron una mirada furibunda. Los sucesos del último mes sólo habían conseguido acentuar el recíproco desagrado. Lelaine echó bruscamente la cabeza hacia atrás en un gesto de concesión y Romanda sonrió, una mínima mueca curvando las comisuras de sus labios. También Egwene estuvo a punto de sonreír. Esa animosidad mutua seguía siendo su mayor fuerza en la Antecámara.

—La Sede Amyrlin ordena que procedáis —anunció Romanda al tiempo que alzaba la mano con gesto pomposo.

El brillo del saidar irradió de golpe alrededor de las trece hermanas que estaban cerca de las Asentadas, envolviéndolas juntas, y una gruesa línea plateada apareció en el centro del claro, rotando hasta formar un acceso de diez metros de alto y cien de ancho. Se colaron copos de nieve del otro lado. Gritos de órdenes impartidas sonaron entre los soldados, y los primeros jinetes con armadura de la caballería pesada pasaron a través del acceso. La densa nevada del otro lado no permitía ver a mucha distancia, pero Egwene imaginó que podía vislumbrar las Murallas Resplandecientes de Tar Valon.

—Ha empezado, madre —dijo Sheriam en un tono que sonaba casi sorprendido.

—Ha empezado —convino Egwene. Y, si la Luz quería, Elaida caería muy pronto. Se suponía que debía esperar hasta que Bryne dijera que habían pasado suficientes soldados, pero no pudo contenerse. Clavó talones en los ijares de Daishar y entró bajo la nevada en la llanura donde el Monte del Dragón se perfilaba negro y humeante contra el blanco cielo.

31

Después

Los vientos y las nieves invernales redujeron el tránsito del comercio terrestre, cuando no lo interrumpieron por completo hasta la primavera, y por cada tres palomas enviadas por mercaderes, dos cayeron presa de los halcones o del mal tiempo, pero allí donde el hielo no cubría los ríos, los barcos siguieron navegando y los rumores se extendieron más deprisa que relámpagos. Cientos, miles de rumores, cada cual plantando miles de semillas que germinaron y crecieron en nieve y hielo como si fuera suelo fértil.

En Tar Valon, decían algunos, se habían enfrentado grandes ejércitos, la sangre había corrido a raudales por las calles y las Aes Sedai rebeldes habían clavado la cabeza de Elaida a’Roihan en una pica. No; Elaida había ganado la batalla, y las rebeldes que sobrevivieron se arrastraban a sus pies. No había habido rebeldes ni división en la Torre Blanca. Era la Torre Negra la que se había destruido y escindido, por designio Aes Sedai y poder Aes Sedai, y Asha’man perseguían Asha’man por todos los países. La Torre Blanca había destrozado el Palacio del Sol de Cairhien, y el propio Dragón Renacido estaba ahora atado a la Sede Amyrlin, como una marioneta a su servicio. Algunos rumores decían que eran Aes Sedai las que estaban atadas a él, a los Asha’man, pero eran pocos los que daban crédito a tal rumor, y esos pocos eran la risión de todo el mundo.

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