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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Por supuesto, si dejaba que se viesen sus rasgos demasiado pronto, una dosis de correazos sería lo menos que podía temer que le pasara, como la Sabia y ella sabían muy bien. Perrin no tenía que mirar hacia atrás para saber que los tres Guardianes de las hermanas, en la retaguardia, abrigados con capas corrientes, eran hombres a la expectativa de que en cualquier momento surgiese la necesidad de desenvainar las armas o abrirse paso a golpe de espada. Tal había sido su actitud desde que partieron del campamento al amanecer. Perrin pasó el pulgar, enfundado en el guante, a lo largo del hacha colgada al cinto, y después se agarró la capa justo antes de que una repentina ráfaga la hinchara como una vela. Si eso salía mal, quizá los Guardianes tuvieran razón.

A la izquierda, a corta distancia de donde la calzada cruzaba un puente de madera por encima de un arroyo helado, el cual se curvaba siguiendo el trazado de la ciudad, unos maderos carbonizados sobresalían del blanco manto, encima de una gran plataforma cuadrada de piedra, con la nieve apilada en sus bases. Remiso en proclamar su lealtad al Dragón Renacido, el señor del lugar había tenido suerte de ser meramente flagelado y que se le requisara todo cuanto poseía. Un puñado de hombres apostados en el puente observaba al grupo que se aproximaba. Perrin no vio yelmos ni armaduras, pero todos ellos empuñaban lanza o ballesta, aferrándolas con tanto empeño como sus capas. No hablaban entre ellos, sólo observaban; el vaho de sus respiraciones formaba volutas ante sus rostros. Había más guardias agrupados por el perímetro de la ciudad, en cada arranque de calzada, en cada hueco entre dos edificios. Éste era territorio del Profeta, pero los Capas Blancas y el ejército del rey Ailron todavía controlaban grandes extensiones del país.

—Hice bien en no traerla aquí —murmuró Perrin—, pero en cualquier caso pagaré por ello.

—Por supuesto que lo pagarás —resopló Elyas. Para ser un hombre que había pasado la mayor parte de los últimos quince años desplazándose a pie, dominaba bien su castrado pardusco. Se había agenciado una capa forrada con piel de zorro negro jugando a los dados con Gallene. Aram, que marchaba al otro lado de Perrin, dirigió una mirada sombría a Elyas, pero el barbudo hombre no le hizo el menor caso. No congeniaban—. Con una mujer, un hombre siempre paga antes o después, tanto si lo merece como si no. Pero yo tenía razón, ¿a que sí?

Perrin asintió. A regañadientes. Seguía sin parecerle correcto aceptar el consejo de otro hombre con respecto a su esposa, incluso con comedimiento, indirectamente; sin embargo, parecía funcionar. Ni que decir tiene que levantarle la voz a Faile era tan difícil como no levantársela a Berelain, pero había conseguido hacer esto último con bastante frecuencia, y lo primero en varias ocasiones. Había seguido el consejo de Elyas al pie de la letra. Bueno, casi al pie de la letra. Hasta donde le fue posible. Aquel penetrante aroma de celos seguía surgiendo en presencia de Berelain, pero, por otro lado, el efluvio a sentirse dolida había desaparecido durante el lento avance hacia el sur. Aun así, se sentía inquieto. Cuando le dijo firmemente que no iría con él esa mañana, ¡no había pronunciado una sola palabra de protesta! Incluso olió a… ¡complacida! Entre otras cosas, incluido un repentino sobresalto. Además ¿cómo podía sentirse complacida y furiosa a la vez? Ni el menor indicio de ello había asomado a su semblante, pero su olfato no fallaba nunca. ¡De algún modo, parecía que cuanto más conocía a las mujeres, menos sabía!

Los guardias del puente se pusieron ceñudos y toquetearon sus armas mientras los cascos de Recio sonaron sobre los tablones con un ruido hueco. Era la clásica mezcolanza de tipos que seguía al Profeta, hombres de caras sucias, con chaquetas de seda demasiado grandes para ellos, camorristas callejeros con cicatrices en el rostro y aprendices de mejillas sonrosadas, antiguos mercaderes y artesanos, con aspecto de llevar meses durmiendo con sus otrora finas ropas de paño puestas. No obstante, se notaba que sus armas estaban bien cuidadas. Algunos tenían un brillo febril en los ojos; los otros mostraban una expresión cautelosa, inflexible. Además de a suciedad, olían a ansiedad, impaciencia, fervor, miedo, en un confuso revoltijo.

No hicieron movimiento alguno para cerrarles el paso, limitándose a mirarlos, sin apenas pestañear. Por lo que Perrin había oído, todo tipo de gentes, desde damas vestidas con sedas hasta pordioseros cubiertos de andrajos, acudían al Profeta con la esperanza de que al someterse personalmente contarían en su favor. O quizá para obtener una mayor protección. Tal era la razón de que hubiese ido por ese camino, con sólo un puñado de acompañantes. Asustaría a Masema si la situación lo requería —y si es que había algo que asustara a ese hombre—, pero le había parecido mejor intentar llegar hasta él sin tener que librar una batalla. Pudo sentir los ojos de los guardias clavados en su espalda hasta que él y los demás hubieron cruzado el corto puente y entrado en las calles pavimentadas de Abila. Dejar atrás aquella opresiva vigilancia, sin embargo, no significó que experimentara alivio.

Abila era una ciudad bastante grande, con varias torres de vigilancia altas y muchos edificios de hasta cuatro pisos, todos ellos techados con pizarra. Aquí y allí, montones de piedras y vigas llenaban un hueco entre dos construcciones, donde una posada o la tienda de algún mercader había sido derribada. El Profeta desaprobaba la riqueza obtenida comerciando tanto como las francachelas o, como sus seguidores lo llamaban, la conducta lasciva. Desaprobaba un montón de cosas, y dejaba claras sus opiniones con duros castigos ejemplares.

Las calles estaban abarrotadas de gente, pero Perrin y sus compañeros eran los únicos que iban a caballo. La nieve pisoteada hacía mucho que se había convertido en una masa medio congelada que llegaba a la altura del tobillo. La abundancia de carros tirados por bueyes hacía lento su avance entre la muchedumbre, pero apenas se veían carretas y ni un solo carruaje. Excepto los que vestían ropas desechadas o posiblemente robadas, todo el mundo llevaba prendas de lana, pardas y sin gracia. La mayoría caminaba apresuradamente, pero al igual que las gentes en la calzada, con la cabeza gacha. Los que no iban con prisa eran grupos dispersos de hombres armados. En las calles, el olor predominante era a suciedad y a miedo, e hizo que a Perrin se le pusiera de punta el vello de la nuca. Al menos, llegado el caso, salir de una ciudad sin muralla no resultaría más difícil que entrar en ella.

—Milord —murmuró Balwer mientras pasaban ante uno de aquellos montones de escombros. Apenas aguardó el gesto de asentimiento de Perrin antes de dar media vuelta a su montura, separándose del grupo y encaminándose en otra dirección, encorvado sobre la silla y arrebujado en la capa marrón. A Perrin no le preocupaba que el reseco hombrecillo deambulara solo, ni siquiera allí. Para ser un secretario, se las ingeniaba muy bien para enterarse de un increíble montón de cosas durante sus correrías. Parecía saber muy bien lo que hacía.

Apartando a Balwer de sus pensamientos, Perrin se concentró en lo que él hacía allí.

Sólo tuvieron que preguntarlo una vez, a un joven larguirucho con una expresión extasiada en el rostro, para saber dónde se albergaba el Profeta, y a otros tres tipos en las calles para dar con la casa de la mercader, un edificio de cuatro pisos, de piedra, con molduras y marcos de ventanas de mármol. Masema desaprobaba que se amasara dinero, pero sí parecía dispuesto a aceptar alojamiento de aquellos que lo hacían. Por otro lado, Balwer afirmaba que también había dormido en chozas con goteras con igual frecuencia y se había dado por satisfecho. Masema sólo bebía agua y, allí adonde fuera, contrataba a una pobre viuda y comía los alimentos que ésta le preparaba, mejores o peores, sin protestar. El hombre era responsable de que hubiese muchas viudas como para que ese gesto caritativo tuviera peso en opinión de Perrin.

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