El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—¿Qué…? —empezó, temblorosa la voz, pero después dejó la pregunta sin acabar. Cualquier necio podía ver qué había ocurrido—. ¿Quién? —inquirió, en cambio.
Cubiertos de polvo, con el cabello revuelto y las chaquetas desgarradas, los dos hombres parecían haber rodado por el corredor, y tal vez lo habían hecho. Min tenía la impresión de que se encontraban diez pasos más lejos de las puertas que antes. De donde habían estado las puertas. A lo lejos se alzaban gritos ansiosos que resonaban en los corredores. Ninguno de los hombres le contestó.
—¿Puedo confiar en ti, Morr? —preguntó Rand.
Fedwin lo miró a los ojos directamente.
—Como si en ello fuera vuestra vida, milord Dragón —respondió simplemente.
—Eso es precisamente lo que te confío —repuso Rand. Acarició la mejilla a Min y después se incorporó bruscamente—. Protégela con tu vida, Morr. —Dura como acero, su voz. Sombría como la muerte—. Si siguen en palacio, notarán que intentas abrir un acceso y te habrán machacado antes de que puedas acabar. No encauces a menos que sea preciso, pero estáte preparado. Llévala abajo, a las dependencias de la servidumbre, y mata a cualquiera que intente apoderarse de ella. ¡A cualquiera!
Tras dirigirle una última mirada —¡oh, Luz, en cualquier otro momento, Min habría pensado que podría morir feliz al ver aquella mirada en sus ojos!— salió corriendo, alejándose de la zona destruida. Alejándose de ella. Quienquiera que hubiese intentado matarlo, estaría rastreándolo ahora.
Morr le palmeó el brazo con la mano llena de polvo y le dirigió una sonrisa de niño.
—No te preocupes, Min. Yo cuidaré de ti.
Pero ¿quién cuidaría de Rand? Había preguntado si podía confiar en él a ese muchacho que fue uno de los primeros en acudir a su llamada, pidiendo aprender. Luz, ¿quién lo mantendría a salvo a él?
Rand giró en una esquina del pasillo y se paró, apoyando una mano en la pared, para asir la Fuente. Una estupidez, no querer que Min lo viera tambalearse cuando alguien intentaba matarlo, pero ¡así eran las cosas! Y no era simplemente cualquiera. Demandred, o quizás Asmodean, había vuelto finalmente. O tal vez los dos; había habido una singularidad, como si el tejido hubiese llegado de distintas direcciones. Había percibido el encauzamiento demasiado tarde para hacer nada. Podría haber muerto en sus aposentos. Estaba preparado para morir, pero no para que muriera Min. Ella no. Mejor que Elayne se encontrara lejos, volviéndose contra él. Sí, mejor para ella, pero ¡oh, Luz, cómo dolía!
Aferró la Fuente, y el saidin lo inundó de hielo candente y de fuego helador, de vida y dulzura, de inmundicia y muerte. Se le revolvió el estómago, y vio una doble imagen del pasillo. Durante un instante vislumbró un rostro, no con los ojos, sino en su mente: el de un hombre, rielante e irreconocible, que desapareció al punto. Flotó en el vacío, aislado y henchido de Poder.
«No ganarás —le dijo a Lews Therin—. Si muero, ¡moriré siendo yo!»
«Debí hacer que mi Ilyena se fuera —susurró Lews Therin—. Habría sobrevivido».
Rechazando firmemente la voz, se apartó de la pared y empezó a recorrer los corredores de palacio con el mayor sigilo posible, pisando sin hacer ruido, avanzando pegado a las paredes adornadas con tapices, rodeando arcones con incrustaciones de oro y vitrinas doradas que contenían delicadas porcelanas y estatuillas de marfil, escudriñando en derredor en busca de sus atacantes. No se darían por satisfechos hasta dar con su cadáver, pero se acercarían precavidamente a sus aposentos por si acaso había sobrevivido merced a un golpe de suerte ta’veren. Esperarían, para ver si se movía dando señales de vida. Dentro del vacío estaba fundido en uno con el Poder hasta donde un ser humano podía hacerlo sin perecer. Dentro del vacío, al igual que con una espada, era uno con su entorno.
Gritos frenéticos y tumulto resonaban en todas direcciones, algunas voces clamando saber qué ocurría, otras chillando que el Dragón Renacido se había vuelto loco. El puñado de sensaciones y frustración dentro de su cabeza que era Alanna le procuró un pequeño consuelo. La mujer se encontraba fuera de palacio, como lo había estado toda la mañana, tal vez incluso fuera de las murallas de la ciudad. Ojalá Min también hubiera estado ausente. A veces veía hombres y mujeres, sirvientes de uniforme negro en su mayor parte, corriendo por uno u otro pasillo, tropezando y cayendo y levantándose de nuevo para reanudar la carrera. Ellos no lo vieron. Con el Poder hinchiéndolo podía oír cada susurro, incluido el de botas flexibles trotando ligeramente.
Se pegó contra la pared, junto a una larga mesa sobre la que reposaban piezas de porcelana, tejió rápidamente Fuego y Aire alrededor y permaneció completamente inmóvil envuelto en Luz Plegada.
Las Doncellas aparecieron, un tropel, velados los rostros, y pasaron a su lado sin verlo. Hacia sus aposentos. No podía permitir que lo acompañaran; lo había prometido, pero dejarlas combatir, no que las masacraran. Cuando encontrara a Demandred y a Asmodean, lo único que las Doncellas podrían hacer era morir, y él ya tenía otros cinco nombres que aprender y añadir a su lista. Somara, de los Daryne de Pico Corvo, ya estaba incluida en ella. Una promesa que no tuvo más remedio que hacer; una promesa que estaba obligado a cumplir. ¡Sólo por esa promesa merecía la muerte!
«A las águilas y a las mujeres sólo se las puede mantener a salvo dentro de una jaula», dijo Lews Therin, como citando textualmente, y entonces, de repente, rompió a llorar mientras la última Doncella se perdía de vista.
Rand siguió avanzando, desplazándose adelante y atrás por el palacio en arcos que lo alejaban lentamente de sus aposentos. La Luz Plegada requería una mínima cantidad de Poder —tan insignificante que ningún hombre habría percibido el uso del saidin a menos que se diese de bruces con él— y Rand la utilizaba cada vez que parecía que alguien estaba a punto de verlo. Sus atacantes no habían arremetido contra sus aposentos confiando en que se encontrara allí por azar. Tenía que haber espías en palacio. Tal vez había sido el efecto ta’veren lo que lo había impulsado a salir de sus habitaciones, si es que un ta’veren podía influir sobre sí mismo, o tal vez sólo fue casualidad, pero quizás el efecto de atracción que ejercía en el Entramado tiraría de sus atacantes hacia él, poniéndolos a su alcance cuando aún lo creyeran muerto o herido. Esa idea hizo que Lews Therin soltara una risita. Rand casi podía sentir al hombre frotándose las manos ante la perspectiva.
Tuvo que esconderse tras el tejido del Poder en otras tres ocasiones, al paso de Doncellas veladas, y una vez cuando vio a Cadsuane avanzando a buen paso corredor adelante, con nada menos que seis Aes Sedai pisándole los talones, a ninguna de las cuales reconoció. Parecía estar a la caza. No es que tuviese exactamente miedo de la hermana de cabello gris. ¡No, pues claro que no! No obstante, aguardó a que ella y sus compañeras se hubieran perdido de vista antes de soltar el tejido que lo ocultaba. A Lews Therin no le hizo reír Cadsuane. Se quedó callado como una tumba hasta que la mujer desapareció.
Rand se apartó de la pared; una puerta que había justo a su derecha se abrió de repente y Ailil asomó la cabeza. Rand ignoraba que se encontraba cerca de su habitación. Detrás de ella se encontraba una mujer de tez oscura, con gruesos aros de oro en las orejas y una cadena llena de medallones que unía uno de los pendientes con el aro de la nariz: Shalon, Detectora de Vientos de Harine din Togara, la embajadora Atha’an Miere que se había trasladado a palacio con su comitiva casi en el mismo momento en que Meara le había informado a él del acuerdo. Y estaba reunida con una mujer que quizá deseaba que muriera. Los ojos de las dos se desorbitaron al verlo.